Pineda, donde policías y mossos ni se miran a la cara

Un mosso hace guardia en la localidad barcelonesa de Pineda del Mar frente a un grupo de policías nacionales. :: Albert Gea / reuters

La desconfianza entre los dos cuerpos se palpa en el municipio donde muchos vecinos se han solidarizado con los agentes desplazados a Cataluña por el 1-O

ÓSCAR B. DE OTALORA PINEDA.

«Los Mossos no son un cuerpo hermano como la Guardia Civil. Ya no». Quien así habla es uno de los agentes de la Unidad de Prevención y Reacción (UPR) de la Policía Nacional acantonados en el hotel Montpalau de Pineda de Mar. Sus palabras se escuchan mientras llega un relevo de compañeros y los Mossos, armados con fusiles de asalto, se mantienen a unos metros de distancia con rostro serio. Los agentes de los distintos cuerpos evitan mirarse a la cara.

Pineda de Mar, en pleno Maresme, fue escenario de uno de los momentos más tensos de los que se han generado en Cataluña. Unas horas después de que los guardias civiles fueran expulsados de los hoteles del cercano pueblo de Calella, y sometidos a un pasillo de insultos por parte de los independentistas, varios radicales se acercaron al hotel Montpalau para pedir la expulsión de la localidad de los agentes a los que culpaban de las cargas del domingo. Pero mientras que en otros lugares nadie apoyó a los agentes, en este municipio turístico de 26.000 habitantes, un centenar de personas salió a la calle con banderas españolas y se enfrentó a los nacionalistas. Los insultos y los gestos amenazantes se adueñaron de la noche. Los Mossos, que desde el lunes vigilan el hotel, tuvieron que colocarse en medio para evitar incidentes. Desde los balcones, los policías nacionales asistían preocupados y grababan la escena con sus móviles.

«Es que hay gente que nos ha apoyado en el pueblo», afirma un agente que sale del hotel con una bolsa de ropa en busca de una lavandería. «Solo sabemos lo que les está pasando a otros compañeros por lo que vemos en televisión; aquí no hemos tenido esos momentos tan humillantes», agrega. Mientras habla, cinco mossos permanecen al lado de una furgoneta antidisturbios. «Nuestra relación con ellos es distante. Ya no se trata de los mandos ni de que han recibido órdenes. Los propios agentes están con los independentistas. Por lo que nos han dicho, a los mossos 'españolistas' les han mandado de vacaciones y han dejado el campo libre a los más radicales», agrega el policía.

No hay evidencias de que eso haya sucedido, pero este es el ambiente de sospecha en el que conviven ambos cuerpos. El agente, con la cabeza rapada, bíceps como balones de rugby y una perilla que comienza a encanecer, no está preocupado por lo que pueda pasar a partir de ahora, una vez que la declaración de independencia se vislumbra como algo imparable. «Sabemos hacer nuestro trabajo y lo cumpliremos sin problemas», afirma con una sonrisa.

«Nos emocionamos»

Un grupo de compañeros, también de la UPR, pasa a recogerle para ir juntos a la lavandería. Un par de jóvenes que empujan un coche de niño se les acerca al grito de «yo soy española». Las mujeres sacan al niño del carrito para que los agentes lo vean y les dicen: «Llevároslo con vosotros. A ver si se pone tan fuerte». «Aquí hay mucha gente que nos ha mostrado su apoyo. Nos emocionamos cuando vinieron a manifestarse contra los independentistas y seguimos emocionándonos con estos gestos», confiesa el agente mientras las chicas se alejan. Ellas ignoran a los Mossos que custodian el hotel.

En Pineda gobierna el socialista Xabier Amor con 10 de los 21 concejales del consistorio. ERC tiene cinco ediles y el PDeCAT, dos. «¡Si en este pueblo somos todos descendientes de andaluces y extremeños!», se rebela Tomás cuando le preguntan por la actitud de los independentistas. No le ha gustado nada la declaración del alcalde tras los incidentes, cuando aseguraba que en el pueblo había imperado la normalidad. «¿Normalidad? Aquí estamos hartos de los independentistas. Son cuatro pero unos ruidosos y ahora nos quieren llevar a este horror».

Tomás no quiere dar su nombre completo porque, «aunque sean cuatro, te pueden hacerse la vida imposible». Procedente de Baeza, en Jaén, todo sus hijos han nacido en Cataluña. Reconoce que tiene una nuera independentista «con la que todavía se puede hablar». «Pero con su padre es imposible, ya no podemos ni charlar para no acabar a tortas», agrega. Está sentado en una cafetería de la Plaza Catalunya, a unos metros del hotel que acoge a los policías. De repente suena una sirena. En la mesa de al lado, una mujer se sobresalta. «Madre mía, ¿qué pasará ahora?», se sobrecoge. Es una ambulancia. La calma regresa.

El ambiente en Pineda es de tensión y desconfianza. «No sabemos lo que sucederá, pero ahora tenemos que tener cuidado con quién hablamos y qué decimos. Yo ya no me fío ni de los Mossos», se resigna Tomás. Se declara español, pero no quiso acercarse el lunes a la manifestación de apoyo a los policías. «Tengo un negocio, ¿sabe?», resume a modo de justificación.

Junto al hotel Montpalau hay una academia de baile. En el momento del relevo de los policías se escucha una clase de zumba. Tres mossos se alejan del hotel hacia una cafetería. Están tensos. Los policías nacionales que pasan a su lado ni les saludan. «Todo lo que digamos se va a manipular», se queja uno de ellos. Asegura que no tiene ningún problema con los policías y que espera tomarse una cerveza con ellos. «Mire, disputas siempre hay entre cuerpos. ¿O es que nadie se acuerda de que en el País Vasco la Ertzaintza y la Guardia Civil tenían problemas e incluso se enfrentaban a veces?». Cuando al mosso se le pregunta si cree que es comparable la situación vivida en Euskadi con la actual de Cataluña, se encoge de hombros para cortar la conversación. «Ya veremos qué pasa».

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