PATRIAS, BANDERAS Y MOSSOS

Sin cierta ingenuidad la realidad se desliza peligrosamente hacia la desesperación, así que recomiendo consultar el significado de la palabra antes de burlarse de ella y de los que han decidido esgrimirla como bandera en estos tiempos de hechos consumados. Porque solo desde la ausencia de prejuicios puede atisbarse cierta salida a este callejón.

Nadie sabe con exactitud qué pasará en los próximos días y los que lo saben lo callan por prudencia, temor o cálculo. El resto son especulaciones. En la calle, tensa espera.

Se temía lo peor con la convocatoria de manifestaciones y contramanifestaciones para este domingo, pero me he despertado con un rayo de esperanza. Será el precioso sol que luce en Barcelona, será que las banderas caen sin brisa ni furia sobre los balcones o será que no soy cliente de La Caixa. Algo me empuja a creer que alcanzado el punto crítico de paroxismo se percibe cierta deceleración en la calle. La ciudad parece preguntarse si no hemos ido todos demasiado lejos.

En estos días cada balcón es una patria, las banderas muestran a los otros un sentimiento de pertenencia que identifica a quien habita en esa casa, desde Cádiz a Barcelona, pasando por la calle Génova de Madrid. Esta manifestación de patriotismo tiene algo de futbolera, una significación sin resultado permanente, como las caceloradas nocturnas que pretenden decirnos que esta es la Argentina de Videla y que van a menos porque uno se acaba sintiendo un poco ridículo dándole a la zambomba cuando se queda solo. Yo no he encontrado bandera que anudarme como capa y en la tienda de todo a 100 ya se han agotado. Además, no sé cómo colgar del alféizar una fotografía de mi familia o un poema de Miguel Hernández. Supongo que a las grandes corporaciones catalanas les ha pasado lo mismo, se les han acabado las banderas. Hablando de ingenuidad, hay quien se sorprende al comprobar que el dinero no conoce el romanticismo, y sin dinero ya se sabe, la Patria se queda en el sentimiento.

Sentimiento de gran pesar el que transmitía el rostro del mayor Trapero al entrar en la Audiencia Nacional, no tanto por su suerte personal o por su asunción de responsabilidad como por la misma melancolía que invadió a Hamlet preguntándose si ser o no ser. Los mossos, tantas veces convertidos en arma arrojadiza, vivieron sus días más duros no el 1-O sino en los atentados de Barcelona, pero ese heroísmo obligado por la necedad de otros se ha disuelto en el limo de la lucha política al que un policía nunca pertenecerá. Parecida paradoja emocional la que viven estos días policías y guardias enviados a representar el papel autoritario de un Gobierno que nunca ha sabido cómo atajar sin grandilocuencia los excesos ilusorios y delictivos de quienes han secuestrado la vida parlamentaria para arrojarnos a la confrontación, al acoso y a la humillación.

Lluís Llach, mi antiguo héroe de adolescencia y hoy desconocido para mí, lanzaba estos días una especie de llamada al toque de queda voluntario a sus huestes para no ofrecerle «carne a los buitres». Por suerte, ya nadie tiene el monopolio de la verdad y el sol nos invita a la calle para vivirla como lo que nunca debería dejar de ser: un espacio de dinámica y reivindicativa convivencia.

Ojalá no tenga que arrepentirme de haberme dejado llevar por la ingenuidad al escribir este artículo y los pirómanos bomberos no vuelvan a las andadas.

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