El ocaso de un expresident sin batuta

El ocaso de un expresident sin batuta

Artur Mas tira la toalla ante su irrelevancia política, sus desencuentros con Puigdemont y la sentencia del 3%

RAMÓN GORRIARÁN MADRID.

Una vez más la historia ha demostrado su afición por las travesuras con el calendario. Artur Mas dimitió ayer como presidente del PDeCAT, y tal día como ayer de hace dos años renunció a ser investido presidente de la Generalitat. Lo hizo forzado por la presión de la CUP que desconfiaba de la voluntad independentista de aquel político de traje y corbata y pasado 'pujolista', y que, para sus verdugos, solo tenía un destino, «la papelera de la historia». Aquel 9 de enero de 2016 anunció que daba «un paso al lado» y cedía el testigo al casi desconocido alcalde de Girona, Carles Puigdemont.

Han sido 24 meses de cohabitación, primero amable, después seca, y ahora polar. El huido en Bruselas ha impuesto sus tesis políticas y ha convertido al partido y a él mismo en ceros a la izquierda. Mas, resignado, dice ahora que da «otro paso al lado», un desplazamiento que parece más bien una salida por la puerta de atrás.

No conocía mucho a su delfín y enseguida tuvo motivos para fruncir el ceño. Puigdemont, desde el primer minuto, tomó las decisiones clave del 'procés' al son que marcaba la CUP, su verdugo político. El expresident, que también dejó el escaño para salvar del naufragio los restos de Convergència, comprobó que su estrella languidecía. Aunque formaba parte del misterioso sanedrín que asesoraba en la sombra a Puigdemont, sus opiniones no pesaban. Su presencia o su ausencia eran pasaban inadvertidas, cuentan algunos asistentes a aquellas citas clandestinas.

El PDeCAT ha dejado de ser un referente político en el secesionismo tras ser fagocitado po Puigdemont

Convenció al presidente para convocar elecciones después del referéndum del 1 de octubre para aprovechar el buen momento político del movimiento independentista, pero tras un encierro de Puigdemont con los líderes de Esquerra y la CUP desistió, y no solo no las convocó sino que el 10 de octubre declaró la república y acto seguido la suspendió en una declaración rocambolesca con pocos parangones históricos.

Tras el convulso 27 de octubre, nueva declaración de independencia y aplicación del 155, Puigdemont huyó a Bruselas y, lejos de debilitarse, construyó una candidatura para el 21 de diciembre en la que Mas y el PDeCAT no pintaron nada. Dos veces se reunieron en la capital belga para compartir proyecto electoral, pero no hubo acuerdo. Excluyó a toda la dirección del partido de las listas, hizo y deshizo a su antojo y el PDeCAT tuvo que conformarse con las migajas de 14 de los 34 escaños conseguidos. Un resultado espectacular que dejó a Mas y su entorno con un palmo de narices.

El interlocutor de Esquerra no es el PDeCAT es Junts per Catalunya, lo mismo que para la CUP. El último pulso a cuenta de la repetición de las elecciones también lo ha perdido. Mas quiere evitarlas a toda costa, pero Puigdemont está dispuesto a asumir ese coste si no es investido. No hay puntos de tangencia, la desconfianza es mutua y creciente, pero solo uno tiene la sartén por el mango, y no es el 129 presidente de la Generalitat, es su sucesor.

De motor a fogonero

Ha comprobado que es un expresidente sin batuta, de atrezo, y aunque trató de vestir su renuncia de lo que no era (arguyó que se iba para «no frenar» la nueva etapa del PDeCAT) sabe que su hora ha pasado. El que fuera el motor del 'procés' es consciente de que ya no es ni fogonero. «Los enredos del Artur», que decían sus compañeros de partido en los buenos momentos, ya no funcionan. Ha pagado el precio de ser un converso en la causa secesionista, para la que los matices y las medias tintas no tienen cabida.

Pero como ha apuntado en su despedida, hay una segunda razón judicial, y no es, como dijo, por su papel en los referendos del 9-N y 1-O, es menos épica y más prosaica. La sentencia por el 'caso Palau' con las comisiones del 3% para Convergència está a la vuelta de la esquina. Se conocerá el lunes, y es más que previsible que el Tribunal Superior de Cataluña condenará por corrupción al partido que lideró desde 2003.

Todo un baldón para una carrera política de 30 años que ha tratado de sortear antes de que los jueces hagan público su fallo. Además siempre podrá presumir de haber asumido responsabilidades políticas por unos turbios manejos que siempre ha jurado desconocer. Mas siempre halla resortes para convertir en favorables las malas noticias. Incluso si se trata de disfrazar una dimisión.

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