Noches en vela antes del examen

Algunos colegios celebraron ayer en Barcelona actividades para mantenerse abiertos mientras en la calle se redobló la presencia policial y miles de personas se manifestaban ante la Generalitat. :: efe

Mientras los independentistas ocupan colegios para impedir su precinto, barceloneses y visitantes disfrutan de una ciudad en compás de espera

PASCUAL PEREA BARCELONA.

En la Escola del Traball del Eixample barcelonés, un herrero de bronce saluda al visitante desde el centro del vestíbulo, bajo unas imponentes arcadas que sostienen el trabajado artesonado del techo. En el suelo, por las esquinas, se extienden esterillas, mochilas y sacos de dormir, y en una mesa se amontonan bricks de zumos, refrescos, galletas y embutido. Allí ha pasado la noche Ester, que discute con su compañera Emma si llamar a la ANC porque en un colegio próximo no hay voluntarios suficientes para pasar la próxima noche. Ester, madre de una niña de diez años, ha dormido dos noches para impedir que lo precinten antes de la votación del referéndum.

-Y tu hija, ¿también ha pasado aquí la noche?

-Me lo pidió, está deseando venir, pero no me apetece que digan que usamos a los niños como escudos humanos.

«Mi hija me pidió venir, pero no me apetece que digan que usamos a los niños como escudos» «Los independentistas no son tan fuertes como nos están haciendo creer»

La pasada anoche, explica, recibieron la visita de una pareja de mossos. «Nos dijeron que hoy pasarán sobre las cinco de la madrugada, y que si somos bastantes no nos desalojarán», cuenta. Su amiga Emma relata que el director de un colegio cercano ha ordenado retirar las puertas del centro, por lo que no se podrán precintar. «Estaban en muy mal estado», dice con retranca, y se lleva el índice a la sien, orgullosa: «Somos ágiles de mente».

Miquel, un jubilado de 72 años, se ofrece para ayudar en los corrillos y promete que se dejará ver la próxima madrugada. «Lo hago por mis hijos y por mis nietos, no por mí. ¿Qué voy a vivir, cinco años más?». El dramatismo de sus palabras suena excesivo en este ambiente relajado. Es difícil imaginar un episodio de violencia en este escenario: en el patio, los niños colorean cartulinas o practican globoflexia, las actividades programadas para la mañana y que aparecen reflejadas en un enorme programa colgado de una ventana del edificio.

Beñat, un joven vitoriano que estudia fisioterapia en Barcelona, ha extendido su saco con los de sus compañeros de piso, otro vasco, un valenciano y un gallego, para defender el que, informa, es el colegio electoral más grande de Cataluña. «También han venido once amigos de Bilbao, se han movilizado autobuses de Valencia... La red de solidaridad está siendo un éxito. Y nos ha ayudado la actitud de los españoles: en esta plaza -señala a su alrededor- hay gente que antes no quería votar o votaría 'no'».

A Beñat, joven y apasionado, le puede el gusto por las expresiones ampulosas. «Este es un punto de no retorno. No es un final sino un principio. Esto es innegociable», recita de seguido. Se muestra seguro de que no se producirán actos de violencia: «Dicen que la Guardia Civil vendrá a requisar las urnas, pero si lo hacen esa imagen será nuestra victoria. Nos han pedido tranquilidad, nuestra disposición es sonreír».

A unos centenares de metros, en la escuela Auró, tienen la convicción de que por la mañana «vendrán los guardias civiles» a cerrarles las instalaciones. Una docena de padres de alumnos, profesores y vecinos han pasado la noche en sacos de dormir extendidos en el gimnasio. Los mossos han visitado tres veces el instituto para informar de que el domingo a las seis de la mañana debe estar vacío. «Pero no nos iremos», apostilla Guille, de 37 años.

A las puertas del colegio Maragall, en la calle Provença, han instalado un tenderete con café, ensaimadas y bollería traída por «gente del barrio» para que los encerrados y quienes pasen por allí desayunen. Dentro, los niños (una docena) tienen actividad de juegos de mesa, y por la tarde, torneos de fútbol y baloncesto. Más organizadas están las actividades en la escuela Auró, cuyo programa incluye talleres de taichí, de coreografía, cenas de «hermandad» y comidas de «fiambreras». Y antes de dormir, cinefórum.

En el instituto Ernst Lluch, junto a los jardines de Joan Miró, 50 adolescentes y media docena de padres han pasado la noche de guardia. «Pero muy cívicamente y sin ruido, no queríamos que ningún vecino facha nos denunciase por molestarles», comenta Marga Aguilar, que ejerce de portavoz de los okupas. «Aquí se va a declarar la República», declara Renán Alonso, de 93 años, que se ha atrincherado en el colegio junto a su nieta Esther y tiene la esperanza de revivir la felicidad que sintió cuando se instauró la Segunda República.

Escenas cotidianas

Salvo la actividad en estos colegios electorales y la imagen de la Delegación del Gobierno atrincherada tras una barrera de furgonetas policiales y agentes uniformados, nadie diría que Barcelona vive momentos trascendentales: Los turistas japoneses se fotografían ante la Sagrada Familia, parejas y niños pasean apaciblemente por las calles engalanadas con esteladas -en el centro son mucho más abundantes- y en la confluencia de Roselló con Enrique Granados dos chicas se besan apasionadamente, indiferentes al paso raudo de un joven en skate, de otro en un extraño monociclo eléctrico y de Miquel Iceta, el líder de los socialistas catalanes.

-Miquel, ¿cómo ve el ambiente?

-El ambiente está verbenero-, se escaquea-. Mañana habrá una gran movilización.

Por la Rambla de Cataluña bajan ocho jovencitas portando banderas españolas, que vienen de una concentración convocada contra el referéndum. Nadie les dice nada, salvo un extranjero de parecida edad que se acerca a ligar con ellas cantándolas el 'Que viva España'.

No hay tensión a la vista, pero sin duda está agazapada. «Cataluña está totalmente fracturada. Ha ganado la división, va a haber una mella enorme que no se curará en años. Se han roto familias, amistades... muchos hemos tenido que silenciar nuestros pensamientos. Otros saltan, pero yo soy un hombre de paz y prefiero morderme la lengua para no perder amistades, porque tengo amigos en los dos bandos». José Ribera -«con b, es catalán», puntualiza- es periodista deportivo en un diario digital de Barcelona. «No voy a votar, porque no contemplo la independencia ni el planteamiento del Gobierno a la hora de afrontar el referéndum, que se ha hecho a espaldas del 52% de los catalanes. Nos obligan a cumplir unas normas, a tributar, a acatar las leyes, y ellos se las saltan a la torera. Yo soy catalán por los cuatro costados, mis cuatro apellidos son catalanes, pero también me siento español, como por lo menos la mitad de los catalanes».

En su opinión, la visión de lo que ocurre en Cataluña está distosionada. «Los independentistas no son tan fuertes como nos están haciendo creer. Vienes a Barcelona y la ves llena de esteladas, pero ¿cuántos balcones no tienen banderas? ¿Cuánta gente se ha quedado en casa? Esto no es una campaña limpia, se trata de imponer una fotografía. Los independentistas están cargados de moral, la frase 'todos queremos votar' se oye a todas horas, pero los que no estamos de acuerdo somos muchos más de lo que se podría imaginar. No hay un debate, nosotros no estamos en campaña».

¿Y qué sucederá en el referéndum? Él cree que nada. «En los pueblos pondrán urnas porque si aparece la Guardia Civil puede salir trasquilada, pero en las ciudades no. Conseguirán su foto de largas colas para votar en algún colegio, la ciudad alterada, cacerolada a las once de la noche... es lo único que les queda».

Marta, un ama de casa de aspecto acomodado que pasea por la Rambla, mira al cielo, donde caen las primeras gotas. «Sí, voy a intentar votar, iré a primera hora. Lo he mirado en la web, una de esas que han ido cerrando y abriendo. Metí mi DNI y mi fecha de nacimiento y me salió un colegio electoral, que es donde siempre he votado. Quiero que mi voz conste en todo este proceso que se ha ido gestando desde hace años en Cataluña. Me preguntará qué voy a votar...».

-Lo imagino.

-Voy a votar 'sí', y me gustaría que los que no quieren la independencia también votaran; porque así serán mucho más medibles el sí y el no. Parece que tienen miedo a que se demuestre que hay una mayoría que quiere la independencia.

El sosiego imperante se rompe con bruscas carreras y exclamaciones, la gente busca refugio: empieza a arreciar la lluvia.

Más

Fotos

Vídeos