El nacionalismo se juega 37 años de hegemonía

Después de once citas electorales, los constitucionalistas tienen por primera vez posibilidades reales de gobernar en Cataluña, aunque las reticencias del PSC y el retroceso del PP pueden llevar el acuerdo al naufragio

RAMÓN GORRIARÁN MADRID.

Cuentan los veteranos del PSC que en 1980 estaban tan seguros de su victoria en las primeras elecciones autonómicas que tenían las botellas de cava enfriando para celebrar el triunfo. Allí se quedaron porque ganó Jordi Pujol. Fue el primero de una cadena ininterrumpida de éxitos en las urnas de CiU hasta 2003 porque hasta cuando fue derrotada en las urnas por los socialistas ganó en los despachos. Pasó en 1999, cuando el PSC fue el más votado pero Pujol pactó su investidura con el PP de José María Aznar.

De una forma u otra, el nacionalismo ha triunfado en las once convocatorias electorales catalanas. Es cierto que los socialistas fueron la primera fuerza hace 18 años aunque no gobernaron; lo volvieron a ser en 2003, y esta vez sí se instalaron en el Palau de la Generalitat merced al primer pacto tripartito con Esquerra e Iniciativa. En ambas ocasiones fueron los más votados con un programa de acusado acento catalanista que podía suscribir cualquier nacionalista. Nadie hasta ahora ha ganado unas elecciones autonómicas en Cataluña con un proyecto al margen del nacionalismo.

Una tradición que se puede romper el 21 de diciembre. Cataluña se juega entrar en el 'postprocés' o volver a la senda autonómica. Por primera vez, las fuerzas constitucionalistas están en condiciones de discutir la victoria a un nacionalismo devenido en independentismo. Todavía ninguna encuesta apunta a la mayoría de Ciudadanos, PSC y PP porque el hundimiento de los populares lastra el ascenso de liberales y socialistas. El partido de Miquel Iceta, además, no se siente cómodo ante la perspectiva de pactar con esos compañeros de viaje, su proyecto es romper la política de bloques con un acuerdo transversal. Pero la realidad es la que es, y una mayoría de su electorado, seis de cada diez, ve con buenos ojos el acuerdo constitucionalista con Ciudadanos y PP. Iceta, siempre práctico, ya no descarta votar la investidura de Inés Arrimadas si se confirma que es la primera del bloque.

Las dos veces que ganaron los socialistas lo hicieron con su discurso más catalanistaEl nacionalismo ha retrocedido cuando se ha convertido en independentismo

Pero para llegar a este escenario, los no nacionalistas en Cataluña han soportado 37 años de travesía del desierto. En 1980, CiU tomó el relevo de Esquerra en la Segunda República y se convirtió, para sorpresa de muchos, en la fuerza más votada pero sin mayoría absoluta. Pujol logró ser investido presidente de la Generalitat, para disgusto de un Josep Tarradellas que aspiraba a ser legitimado en las urnas y no solo por la historia. Lo consiguió a la segunda y gracias a la colaboración de la UCD de Adolfo Suárez y la Esquerra del histórico Heribert Barrera.

Ahí comenzó un rosario de victorias con mayorías absoluta encadenadas hasta 1995. Aquel año, CiU se quedó en 60 escaños, pero Pujol fue reelegido gracias a las abstenciones de PSC, PP y Esquerra. Era el preludio de un declive que volvió a manifestarse cuatro años después, cuando la coalición nacionalista perdió cuatro diputados más. Pujol salvó los muebles gracias a Aznar en una devolución del pacto del Majestic que permitió al líder del PP acabar con trece años de Felipe González en el Gobierno de España.

El PSC y el tripartito

Ya pintaban bastos para el catalanismo moderado, y en 2003 el socialista más catalanista, Pasqual Maragall, trenzó un pacto con Esquerra e Iniciativa que puso fin a 23 años de 'pujolismo'. Aquel tripartito fue cualquier cosa menos pacífico, pero pese a todo se reeditó en 2006, ya sin Maragall y con el entonces líder del PSC, José Montilla, al frente. CiU, con Artur Mas al timón, volvió a ser la fuerza más votada pero no pudo seducir a una pujante Esquerra, con la que hubiera sumado la mayoría suficiente para gobernar.

El nacionalismo todavía moderado de Mas tuvo que esperar a 2010 para regresar a la plaza de Sant Jaume. En aquellas elecciones se quedó a seis escaños de la mayoría, pero la abstención de los 28 diputados socialistas en la investidura permitió que CiU volviera a gobernar. El PSC fue el punto de apoyo, no Esquerra, que votó en contra de un Artur Mas que ya por entonces tenía el pacto fiscal con el Estado como santo y seña de su programa. No lo pudo negociar con el socialista José Luis Rodríguez Zapatero, acuciado por la crisis, y lo intentó dos años después con Mariano Rajoy y recibió un sonoro portazo como respuesta.

Envalentonado por la potencia soberanista en las calles, ola a la que se subió en plena tormenta de movilizaciones contra su Gobierno por los recortes del gasto, adelantó las elecciones. Pero cosechó un revés que auguraba la debacle histórica de CiU. El independentismo 'pata negra' nunca se fio de aquel tecnócrata reconvertido en adalid de la soberanía, aunque logró seguir en la Generalitat del brazo de Esquerra. Y se mantuvo tras las elecciones de 2015, a las que quiso dar carácter plebiscitario, pero en las que el soberanismo volvió a retroceder y solo salvó la cara por la fortaleza de Esquerra y la irrupción de la CUP, que exigió y consiguió la cabeza de Mas.

Llegó Carles Puigdemont, y con él la desaparición de CiU y el fracaso de su refundación encarnada en el PDeCAT. Los republicanos de Oriol Junqueras acarician ahora la posibilidad de recuperar la hegemonía dentro del nacionalismo, pero a costa de haber estancado el proceso y haber dividido a la sociedad de Cataluña.

En ese teatro de batalla, el constitucionalismo ve por primera vez el triunfo al alcance, pero los requiebros transversales del PSC y el previsible descalabro del PP hacen que lo que es una posibilidad pueda convertirse en un 'lo que pudo ser'.

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