«Él podía matarse, pero lo de los niños no tiene nombre»

Vías del tren de Cercanías de Getafe Industrial. :: alberto ferreras/
Vías del tren de Cercanías de Getafe Industrial. :: alberto ferreras

Los vecinos de José Alberto lo recuerdan como un hombre volcado en el cuidado de su hijo discapacitado

A. AZPIROZ GETAFE.

Ayer solo había hueco para el dolor en la localidad madrileña de Getafe, después de que la noche del martes un padre, José Alberto Gálvez, matase a sus hijos y después se lanzase a las vías del tren. Vecinos que conocían a la familia no pueden explicarse lo sucedido porque, aseguran, el padre no se separaba de su hijo Alejandro, aquejado de parálisis cerebral, y se volcaba por completo en su cuidado. Aunque se le recuerda de carácter callado, era habitual verle pasear al menor en el carrito que usaban para sus traslados. Todos los cuestionados coinciden en el afecto que derrochaba hacia el chico de 13 años.

La madre, Raquel, es profesora en un colegio de la localidad. A raíz de la enfermedad de su hijo se implicó a fondo en organizaciones de ayuda a personas con minusvalías, lo que la ha hecho especialmente apreciada en Getafe. Recientemente creó su propia asociación, llamada Alma.

Este miércoles, del portal número 8 de la plaza Benjamín Palencia que da acceso al piso en el que murieron los chicos y al que el parricida prendió fuego después entraban y salían agentes de la Policía Científica en busca de las pruebas para cerrar un caso que no suscita dudas. Tras acabar con la vida de sus hijos «para que no sufrieran», José Alberto se dirigió a la estación de tren de Getafe Industrial. No fue una decisión al azar. Se trata de un apeadero sin vigilancia por el circulan convoyes de mercancías y pasajeros a gran velocidad. Ayer, aún se podían reconocer señales del atropello.

Los vecinos de la plaza Benjamín Palencia aún no se podían creer lo sucedido doce horas después de hallarse los cuerpos sin vida de los menores. «Podía matarse él si quería, pero lo de los niños no tiene nombre», afirmaba una mujer de avanzada edad después de que comenzara a difundirse que el padre dejó una nota manuscrita en la que confesaba las muertes de sus hijos. Los residentes intentaban a media mañana recuperar la normalidad pese a la presencia policial y la avalancha de cámaras. El cartero repartía sus cartas como un día más y personas mayores sacaban a pasear sus perros. Pero sobre el ambiente sobrevolaban los asesinatos de Alejandro y Marina y una pregunta sin respuesta: ¿por qué?

Mientras se cerraban los últimos flecos de la investigación, Getafe lloraba. El Ayuntamiento decretó tres días de luto. Ayer, las banderas ondeaban a media asta en los edificios oficiales, los colegios o la base del Ejército del Aire. Cientos de personas se concentraron a las 12.00 frente al consistorio para repudiar el doble crimen. Casi todas lo hicieron con el mismo pensamiento en la cabeza. «Qué horror, qué horror, pobres pequeños», se repetían unos y otros.

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