La legislatura de las incógnitas

Puigdemont saluda a la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, tras uno de los tormentosos plenos de septiembre pasado. :: toni albir / efe/
Puigdemont saluda a la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, tras uno de los tormentosos plenos de septiembre pasado. :: toni albir / efe

Las dudas rodean el escenario político en Cataluña por la indefinición de las estrategias de sus protagonistas

RAMÓN GORRIARÁN MADRID.

Nadie tiene en estos momentos certeza sobre los derroteros que tomará la legislatura en Cataluña. Todo son preguntas y pocas las certezas. Se sabe que Mariano Rajoy ha convocado la sesión constitutiva del Parlamento catalán el 17 de enero. Pero a partir de ahí, reinan las incógnitas. No se sabe, y esa es la encrucijada clave, si el independentismo utilizará su mayoría en la Cámara para regresar al escenario de la legislatura pasada o rectificará el rumbo. También se desconoce si el Gobierno de Mariano Rajoy va a revisar su estrategia ante el desafío secesionista y primará la política sobre la vía judicial. Se ignora asimismo si los tribunales van a mantener la línea de mano dura de los últimos meses.

Los interrogantes se multiplican pero podrían sintetizarse en uno binario. ¿Volverá la calma o seguirá la convulsión? Los resultados electorales no permiten atisbar una respuesta, y la campaña tampoco arrojó luz. El soberanismo no enseñó sus cartas, se aglutinó en el no al 155, no a la represión estatal y liberación de los líderes presos. El constitucionalismo se agrupó en torno al no a la independencia. Con dos negaciones enfrentadas no hubo espacio para el discurso propositivo. No hubo un relato de intenciones y, por tanto, se carece de un terreno de juego político delimitado.

La construcción de la república catalana sigue anclada en el imaginario secesionista pero sin concreciones. El mejor exponente fue el diputado de Esquerra Joan Tardá, que preguntado poco después de las elecciones sobre cómo se va a construir la Cataluña independiente declarada el 27 de octubre, respondió: «no lo sabemos». El programa de su partido habla de «conseguir una negociación que haga posible el acceso de Cataluña a la plena independencia». El de la candidatura de Junts per Catalunya tampoco aporta más claridad y aboga por «continuar la construcción de la república catalana». Es presumible que la estrategia de ir por las bravas quede como recuerdo para la historia, pero nadie, ni Rajoy según confesó el pasado viernes, tiene una idea clara del rumbo que va a tener la legislatura.

Por no saber no se sabe si habrá uno o dos presidentes de la Generalitat, uno, el autotitulado «legítimo» de Carles Puigdemont instalado en Bruselas y fugado de la justicia; y otro en Barcelona elegido por el Parlament. El sueño del expresidente y su entorno es la dualidad y que el inquilino del Palau de la Generalitat sea un 'conseller en cap', un delegado suyo en Cataluña que gobernaría al son marcado desde la capital comunitaria. Un esquema inviable desde todo punto de vista hasta para la mayor parte de los secesionistas.

El nudo gordiano radica en determinar quién será el candidato del independentismo ante la imposibilidad de que lo sea Puigdemont a control remoto, como se lo ha recordado alguien tan poco sospechoso de antinacionalista como el lehendakari Iñigo Urkullu. La opción de Oriol Junqueras pasa por su excarcelación, una decisión que está en manos del Tribunal Supremo y que la resolverá este jueves. Si el candidato de Esquerra sigue en prisión sus posibilidades de ser presidente son casi nulas. Sin sus dos líderes en la palestra, los secesionistas pueden sumirse en una batalla cainita de imprevisible resultado.

Esperanza

Si en el mundo soberanista reina la confusión, en el constitucionalista las certezas también brillan por su ausencia. Inés Arrimadas mantiene un tenue hilo de esperanza de convertirse en presidenta de la Generalitat siempre que las disputas fratricidas del independentismo lleven la sangre al río. Pero parece más un ejercicio desiderativo que de realismo. Son tres y mal avenidos. Ciudadanos, PSC y PP, con más fuerza que en la pasada legislatura, podrán ejercer una oposición más poderosa siempre que el soberanismo regrese al cauce de la normalidad democrática, pero con pocas posibilidades de concertar una estrategia.

Sobre todo porque liberales y populares van a moverse con el rabillo del ojo puesto en el resto de España. Ciudadanos ha encontrado en Cataluña un trampolín nacional, y no esconde que esas son sus intenciones. Albert Rivera lo ha dejado muy claro al dar por hecho «el fin de ciclo» de los partidos tradicionales. El PP lo sabe y se prepara para hacer frente a lo que puede ser un tsunami en próximas convocatorias electorales. Los socialistas catalanes volverán a moverse por el filo de la navaja de sus intereses en Cataluña y los del PSOE en el resto del país. Un cuadro global que también apunta a la imprevisibilidad y las sorpresas.

Rajoy, entretanto, deberá decidir qué camino toma ante la apuesta soberanista. Si persiste la vía unilateral, lo tiene claro y echará mano de nuevo de los resortes constitucionales del artículo 155. Pero si la apuesta secesionista pasa por la negociación tendrá que cambiar el paso de los últimos años. Tendrá que resolver qué hace para satisfacer dentro de la ley las demandas que lleguen desde Barcelona. Ahí estarán sobre la mesa de diálogo el reconocimiento de las singularidades o la financiación, en definitiva, el encaje de Cataluña en España, un problema irresuelto que hunde sus raíces en la Transición, y que se ha visto agudizado ahora por la existencia de un colectivo de dos millones de separatistas.

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