Los incendios roban a Asturias su amanecer

Impotencia. Unos vecinos observan cómo  el fuego se acerca en Carballeda de Avi. :: Efe/
Impotencia. Unos vecinos observan cómo el fuego se acerca en Carballeda de Avi. :: Efe

Al temor por la cercanía de las llamas se sumó la presencia de una densa capa de humo que bloqueo el cielo

BELÉN G. HIDALGO

degaña (asturias). Será difícil olvidar el 16 de octubre de este año. Ese día en el que los vecinos se asomaron a la ventana a lo largo de la mañana sin llegar a ver para ver el sol, escondido tras una densa capa de humo que cubría toda la comarca. Se resistía a amanecer. En el ambiente flotaban las cenizas que arrastraba el aire desde cualquiera de los fuegos que asolaban la región. En las calles, solo se distinguía un olor que resultaba inconfundible: hectáreas y hectáreas devoradas por las llamas en una noche en la que el viento le declaró la guerra al fuego.

No había un alma en el pueblo de Larón, tampoco en La Viliella. Sus vecinos fueron desalojados la noche del domingo. El humo allí concentrado hacía imposible respirar. «Jamás se nos pasó por la cabeza que nos desalojarían», cuenta Desiré González desde el domicilio que su familia tiene en Moal, donde han pasado la noche. Afirma que cuando les avisaron de que tenían que abandonar las casas, se les pasó de todo por la cabeza. «En ese momento, coges lo más necesario: algo de ropa, dinero...», relata. Junto a ella se encuentra Manuela Álvarez, con casi un siglo a sus espaldas e incapaz de recordar un episodio similar. Marisol García, también vecina de La Viliella, no puede reprimir las lágrimas: «Tememos por la casa. A mis padres se les quemó una vez cuando era una niña y no quiero que se repita la historia. Es muy triste», asegura. Afortunadamente, no han pasado ni 24 horas y todas las familias desalojadas en Larón, La Viliella y Gillón han podido regresar a sus casas.

Los robles crujían

A apenas unos kilómetros se encuentran los vecinos de Fondos de Vega, en el concejo de Degaña. Las llamas aún siguen formando parte del paisaje del pueblo; también las mangueras, el humo, las piedras que no dejan de caer en la carretera... «Toda la noche estuvo rumbando el aire y se escuchaba como crujían los robles que ardían en el monte», explicó Delia García, nacida en Larón, pero casada en este pueblo degañés que ya suma cuatro días sin teléfono.

Sin embargo, la situación en Degaña también se ha complicado en otros puntos del concejo. No hace falta irse muy lejos. En Tablao, la madrugada del domingo fue complicada y los vecinos amanecían recurriendo a mascarillas para poder respirar. A media mañana, al pueblo llegaban una decena de voluntarios procedentes de Cerredo para «echar una mano a esta gente». Se referían a los vecinos que habían partido de madrugada a tratar de sofocar las llamas. No habían bajando aún. Sus refuerzos, armados con botas, guantes, mascarillas y una mochila con agua, salieron en su ayuda. Rosa Rodríguez, madre de uno de los vecinos, les había preparado una nevera con bebida fría y bocadillos. «Hay que fijar prioridades, si se hubiese extinguido en su momento, no estaríamos así», dice.

En Seroiro, Ibias, la noche fue más tranquila, al menos para sus habitantes. Lo peor se encontraba en el alto de Valvaler, que ardía sin cesar arrojando a la carretera (AS-29) piedras y más piedras. El Valledor, en Allande, también sufría las consecuencias de esta oleada de incendios. Con varios incendios activos, quizás la peor parte se la llevó Cornollo, donde las llamas tocaron a la puerta de dos viviendas en ese momento deshabitadas, cinco paneras y dos garajes, uno de ellos con maquinaria agrícola por valor de más de 20.000 euros.

La entrada ya de testimonio de la trágica noche que han vivido los vecinos. El pueblo se ha quedado reducido a escombros. José Manuel Pérez, ganadero de Cornollo, se ha abrasado las manos intentando salvar la maquinaría que guardaba en un garaje devorado por las llamas. Apenas puede mantener abiertos los ojos por el daño que ha sufrido en la vista. «Me metí en el fuego dos veces: para sacar la maquinaria y para evitar que se asfixiasen las vacas», explica. Ardieron hasta las mangueras con las que luchaban contra el fuego. Ninguno de los tres vecinos que viven allí de forma continua logró pegar los ojos. «Tengo visto fuegos, pero jamás uno como éste. Nunca pensé que podría pasar algo así», comenta entre la rabia y el dolor.

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