La Guardia Civil amarga el voto a Puigdemont, pero no lo evita

Puigdemont votó finalmente ayer en el centro instalado en Cornellá de Terri, a diez kilómetros del colegio que tenía asignado. :: efe

El presidente catalán deposita su papeleta en un centro electoral alternativo después de que Interior clausurase el que le correspondía

ANDER AZPIROZ

Sant Julià de ramis. Carles Puigdemont desafió el jueves al Gobierno de Mariano Rajoy al anunciar el lugar y la hora dónde iba a votar: en el polideportivo de la localidad gerundense de Sant Julià de Ramis a las 9.30 horas, anunció a bombo y platillo la Generalitat. Se desconoce si el presidente catalán lo hizo por chulería, determinación o interés por una foto de cara a la galería internacional en la que se le impidiese introducir la papeleta en las urnas chinas. El caso es que, a la hora señalada, allí le esperaba la Guardia Civil. En torno a las 9.00 horas un amplio dispositivo del instituto armado, incluido helicóptero, rodeó el centro electoral, primero, y bloqueó sus accesos, después.

La operación estaba igual de bien diseñada por los estrategas de la Benemérita como prevista por los organizadores del referéndum. Y es que unos y otros eran conscientes de que la imagen del presidente catalán con el voto en la mano significaba un triunfo o una derrota mediáticos. El cerca de medio centenar de guardias civiles desplegados tuvo que aplicarse. Asegurar la zona resultó sencillo. Lo complicado se lo encontraron al llegar a las puertas del centro electoral. La primera prueba fue sortear a las 200 personas que se concentraban frente al polideportivo. Fue ahí donde se produjeron los momentos de mayor tensión, con los antidisturbios retirando de uno en uno a cada independentista que se interponía. Hubo empujones y algunas caídas, una de las cuales obligó a retirar en una ambulancia a una mujer en apariencia inconsciente.

Una vez despejado el camino, el siguiente obstáculo con el que se toparon los agentes fueron las puertas cerradas. No solo con llave. Un enorme tractor colocado durante la madrugada bloqueaba la mayor parte del acceso. El vehículo no se pudo mover, ni las cerraduras abrir. La solución de los guardias civiles fue romper una de las puertas de cristal -«qué bárbaros» comentó una aspirante a votar-. Y entre unas y otras barreras, en el interior del polideportivo los miembros de las mesas dispusieron del tiempo suficiente para ocultar las urnas. Fue ahí cuando se disparó el esperpento.

El jefe del Ejecutivo regional había anunciado con antelación el lugar y la hora donde votaría Junqueras y Forcadell también encontraron dificultades para depositar su papeleta

Durante una hora agentes del instituto armado buscaron por cada rincón de la instalación el material electoral, mientras a sus compañeros se les increpaba en el exterior al grito de «votarem» (votaremos). Al final las urnas aparecieron. Una vez concluida la operación los agentes abandonaron el lugar por la puerta principal, por la misma que reventaron para entrar.

La intervención de la Benemérita se saldó con objetivos menores. Se decomisaron algunas urnas y papeletas. También se evitó que Puigdemont votase donde había anunciado. Una victoria pírrica en cualquier caso. El presidente catalán aprovechó la maniobra de la Generalitat de decretar el censo universal para, simplemente, irse a votar a Cornellà del Terri, el pueblo de al lado. Puigdemont lo hizo con gesto sombrío que, no obstante, se le despejó al regresar a San Julià de Ramis, ya cuando el municipio estaba despejado de guardias civiles. Ante sus vecinos denunció que «la imagen exterior del Estado español ha continuado empeorando y hoy ha llegado a unas cuotas de vergüenza que le acompañarán para siempre», unas palabras que fueron aplaudidas al grito de «president» y «votarem». Al final, ni uno pudo votar donde anunció, ni los otros evitar que lo hiciera, aunque fuese en otro lugar.

El presidente de la Generalitat no fue el único dirigente catalán que se vio obligado a buscar alternativa para votar. Oriol Junqueras, vicepresidente de la Generalitat y líder de Esquerra, también se topó con dificultades. Al final lo hizo pasadas las 10.00 horas, pero no en el colegio previsto. Para lograrlo se tuvo que trasladar a otro local del municipio barcelonés de Sant Vicenç dels Horts, del que fue alcalde cuatro años, después de encontrarse las puertas de su centro selladas con silicona. «Por acto vandálico se traslada este colegio electoral a la Escola Sant Jordi», rezaba un cartel colocado en la puerta.

La presidenta del Parlament, Carme Forcadell, también se vio en dificultades para dar su apoyo la independencia. Al igual que Puigdemont, la exlíder de la ANC anticipó que votaría en la escuela Nostra Llar de Sabadell, que en este caso ya fue precintada con antelación por la Policía Nacional. Forcadell fue la que mejor aprovechó el censo universal. Acudió como segunda opción a la Escuela Industrial, donde tampoco pudo depositar la papeleta por problemas informáticos. Sí lo pudo hacer a la tercera. Fue en el colegio Joanot Alisanda, donde declaró que «será el Estado español el que tendrá que explicar lo que ha hecho hoy en Cataluña».

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