Un estratega discreto

El vicepresidente Junqueras entra al Parlamento de Cataluña. :: JOSEP LAGO / afp/
El vicepresidente Junqueras entra al Parlamento de Cataluña. :: JOSEP LAGO / afp

El líder de Esquerra se ha convertido en la figura de referencia tras la última crisis del Gobierno soberanista de CataluñaJunqueras ejerce de copresidente y tiene todas las papeletas para ser el próximo inquilino del Palau de la Generalitat

RAMÓN GORRIARÁN

madrid. Compañeros y adversarios comparten que es el más listo de todos. Es independentista a carta cabal desde pequeñito (dicen que a los ocho años ya lo era, aunque es probable que sea la apreciación de algún exégeta); más documentado está que hace veinte años, cuando tenía 28, trabajaba en una productora de televisión y ni siquiera militaba en Esquerra, vaticinó que sería el primer presidente de la república catalana. Así es Oriol Junqueras, un hombre de vista larga aunque alguno se empeñe en decir que es tuerto; en realidad tiene desde que nació un desprendimiento del párpado que no le impide ver estupendamente.

Ya era el político más consistente y poderoso del bando soberanista, y esos atributos se han visto reforzados con la crisis de Gobierno que solventó el viernes Carles Puigdemont, aunque los hilos los moviera un vicepresidente que ejerce de copresidente. De hecho el escenario fue inédito, el presidente daba cuenta de los cambios, y en un atril al lado y a la misma altura Junqueras compartía protagonismo y explicaciones. No podía ser menos. Sus peticiones de cortes de cabeza y sus sustitutos fueron atendidas al pie de la letra. Lo de número dos del Gobierno catalán es ordina, en lo politico es, al menos, el uno bis.

Sin sex appeal, le sobran kilos y le falta pelo, no es buen orador por culpa de un tono pobre en registros, pero es, aunque trata de quitarse quilates, una figura irremplazable del mundo soberanista, a diferencia de otros que sí se lo creyeron y han paladeado la bilis del olvido.

Es un heterodoxo para los perfiles de un político republicano y de izquierda. Se siente «español administrativo», pero no rezuma el antiespañolismo de muchos de sus colegas. Católico, va a misa «cuando puede» y participa en la procesión de Semana Santa de su pueblo, Sant Vicenç dels Horts. Acredita una sólida formación académica, doctor en Historia del Pensamiento Económico, lee libros de los que invitan al bostezo, pero es como quien dice un recién llegado a la política. Lo suyo era la universidad, enredar por los archivos vaticanos, los guiones para series históricas de televisión, la radio y escribir textos con acento nacionalista.

En 2003 logró ser concejal en su pueblo como independiente en las listas de Esquerra, partido al que no se afilió hasta comienzos de 2011, y en un plis plas, en septiembre de ese mismo año fue elegido presidente del partido. Antes ocupó un escaño en el Parlamento europeo, tarea que compaginó unos meses con la alcaldía de Sant Vicenç dels Horts. Como líder de Esquerra puso paz en un partido consumido por las eternas disputas internas. Los republicanos se convirtieron en una organización sin fisuras que en los últimos años no ha hecho más que crecer en silencio y sin dar tres cuartos al pregonero. «El junquerismo es amor», dijo hace poco para explicar su receta política. La frase hizo fortuna y se plasmó en camisetas a 15 euros.

Sáenz de Santamaría

Fuera por amor o inteligencia, se ha convertido en una figura de referencia. A pesar de sus posiciones a la izquierda y un independentismo sin filtro, es el interlocutor preferido por el Gobierno de Mariano Rajoy, sobre todo para Soraya Sáenz de Santamaría (impagable la foto con sus manos en los hombros de la vicepresidenta). «Con él uno se puede entender aunque no se sepa bien para qué», comentaba un alto cargo gubernamental, que recordaba que su única participación en el Consejo de Política Fiscal y Financiera, como responsable de Economía del Ejecutivo catalán, fue una «delicia» porque era «un encantador de serpientes, simpático con todos y presto a dar consejos». Experto en no responder a las preguntas comprometidas, contesta con voluntarismos y evita el enfrentamiento.

Se ha convertido en el faro del independentismo con una mezcla de astucia y estrategia sin decir una palabra más alta que otra, aunque no es carne de santoral. Dejó caer sin pestañear a su socio Artur Mas, con el que mantiene un amor cainita, cuando la CUP lo derribó hace dos años. Con Carles Puigdemont ha impuesto sus posiciones, y al mismo tiempo se ha hecho querer en Madrid.

Tiene el camino expedito hacia la plaza de Sant Jaume. Hasta Jordi Pujol ve «fácil» que sea el próximo presidente de Cataluña, aunque él quisiera serlo de la república catalana.

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