«¿España? Es el país de al lado»

Fotografía aérea facilitada por la ANC de las miles de personas que abarrotan el paseo de Gracia durante la manifestación con motivo de la Diada. :: efe
Fotografía aérea facilitada por la ANC de las miles de personas que abarrotan el paseo de Gracia durante la manifestación con motivo de la Diada. :: efe

Un paseo entre las apreturas de la Diada, con esteladas colosales, camisetas de 'Rufián power', cuñados cabreados y batucada

CARLOS BENITO ENVIADO ESPECIAL BARCELONA.

El forastero llega estos días a Cataluña con un equipaje extra de ideas preconcebidas, y casi se sorprende cuando sale del aeropuerto y se encuentra con que Barcelona no ha sufrido ninguna extraña mutación, ni muestra ningún signo externo de una repentina extranjería: para ser una jornada como la de ayer, los balcones y las ventanas lucían una cantidad de banderas relativamente discreta, por mucho que algunas viviendas acumulasen la senyera oficial, la estelada y el estandarte del 'sí' en el referéndum. Pero se celebraba la Diada, claro, y en el centro de Barcelona las barras rojas y amarillas se volvían una presencia constante y obsesiva a pie de calle. Las dibujaban los globos del McDonald's de Pelai, junto a la boca de las Ramblas, y también habían llegado hasta el cartel de una mujer que pedía limosna, con el mensaje «buen día y buena Diada» escrito en un cartón. Muchísima gente portaba una o varias esteladas -la senyera tradicional prácticamente ha desaparecido de la movilización del Día de Cataluña-, pero un ejército de subsaharianos y bangladesíes aún trataban de colocarles alguna más, a dos euros, con un palito de plástico para ondearlas. A veces los vendedores lograban abrir nuevos mercados, como los tres turistas japoneses que las llevaban muy contentos de camino al hotel.

El acto central de la Diada se celebra por la tarde, pero la jornada festiva se anima ya a partir del mediodía. Van llegando los 1.800 autobuses de toda Cataluña y los inscritos en la manifestación acuden a comprar sus camisetas oficiales, de color amarillo fosforescente, con la palabra 'sí' escrita en lenguas que van del occitano al urdu. «No es una venta, es una donación», puntualiza uno de los voluntarios de la Asamblea Nacional Catalana: seis de los quince euros de cada prenda están destinados a la campaña por el 'sí'. En algunos puestos también hay cajas de solidaridad, para contribuciones espontáneas a la causa, y artículos menos convencionales como una estelada arcoíris («ama a Cataluña como quieras», dicen los folletos) o una fundita para el DNI que tapa toda referencia a España y lo convierte mágicamente en un carné catalán. Hay cola para retratarse junto al busto de Francesc Macià, el hombre que proclamó la República Catalana en 1931, y también para sacarse una foto cómica depositando una papeleta en una urna y con unas rejas carcelarias ante la cara.

Las esteladas de los bangladesíes son la variante más modesta, un poco de principiante. La juventud suele optar por banderas de tamaño medio, ideales para anudárselas a modo de capa de superhéroe. Y luego hay colosos como los que enarbolan Elena Llopart y Joan Maria Freixas, un matrimonio venido de Calafell, en Tarragona, con dos de las enseñas más grandes de toda la manifestación. Joan Maria completa el efecto con barretina y unas zapatillas deportivas estampadas con la estelada. «La Diada siempre es una fiesta, pero este año es muy especial. El 1 de octubre votaremos y ganará el sí. Y después tiraremos para adelante: las negociaciones con Europa serán difíciles, pero creo que a ellos les interesa tenernos», plantea Elena. «Y, si no, tampoco Andorra está en la UE y les va bien», propone su marido, con el que lleva 46 años e muchas manifestaciones.

«Vamos a votar aunque se a en mitad de la calle con una caja», se ufana un manifestante

- Ese pedazo de mástil tiene que pesar lo suyo, ¿no, Joan Maria?

- No pesa nada. Lo compré en Cambrils. Estaba en un barco y llevaba la bandera española. Costaba 18 euros y me lo dejaron en ocho; la bandera española se la regalé.

La Diada proporciona material para un museo de la camiseta. Hay lemas clásicos ('Catalonia is not Spain', 'Ara és l'hora'...), nuevos hallazgos (se ve mucho el 'Bueno, pues molt bé, pues adiós' del jefe de los Mossos), reliquias de antiguas movilizaciones y también creaciones personales. Josep Casado, su hijo Juli y su nuera Esther Rufas se han confeccionado un modelo con dos mensajes referidos a políticos: por delante, 'Forcadell amb dos collons', y por detrás, 'Rufián power'. «Esto no tiene vuelta atrás. Estamos desconectados. Vamos a votar aunque sea en mitad de la calle con una caja», afirma Josep. «La relación con España ya nunca será la misma», añade Juli.

La familia viene de Begues, en el Baix Llobregat, una zona no muy entusiasta del independentismo, pero Josep es un veterano de esta pelea, al que sus ideas le han llevado por la inesperada senda de las manualidades. «Me hice mi primera estelada en 1975. Entonces no existían, así que busqué retales en el mercado y me la cosí yo. Aún la tengo, pero está muy jodida. La colgué en el balcón, delante de un vecino de Fuerza Nueva», se ríe. Además, tiene costumbre de fabricarse todos los años algún artilugio para dar ambientillo a la Diada: esta vez, ha diseñado un paraguas con una estelada en cada varilla.

A las cuatro de la tarde, la multitud va acercándose a los tramos de calle que les han sido asignados, porque la manifestación es más bien una ocupación organizada de las calles. Entre los miles de esteladas se ven algunas ikurriñas y enseñas gallegas. Llega un nutrido grupo con banderas que muestran un león rampante negro sobre fondo amarillo: son de Flandes, tal como explica uno de ellos (en voluntarioso catalán) a una mujer que les pregunta. Antoni Clavera ha escogido otra bandera singular, negra con aspa y estrella blancas: «Viene de la que izaron el último día del sitio de Barcelona», aclara. Antoni se ha desplazado desde Sant Cugat con su esposa, Bibiana Buch, y su hijo de 15 años, Gerard, y se ha citado en la concentración con una veintena de parientes. «Traemos mucha ilusión, como cada año pero todavía más. ¡Que no tengamos que hacer más 'performances' de estas!», dice él. «O que las hagamos para celebrar», matiza ella.

-¿Y para ti, Gerard, que significa España?

--Es el país de al lado

Recuerdo a las víctimas

Grupos de 'castellers' amenizan la espera. Las bandas de tambores se superponen a la emisión de Catalunya Radio por megafonía, de manera que se puede escuchar una entrevista a Otegi con ritmo de batucada. Hay tramos, como la parte del Paseo de Gràcia más próxima a la Plaza de Cataluña, donde ya no cabe nadie, y la gente que intenta salir se tira veinte minutos inmovilizada. Aina Lamora, de Mataró, va repartiendo octavillas de las Asambleas de Jóvenes por la Unidad Popular, que contemplan la ruptura con España como un paso previo hacia la revolución socialista. «Es muy emocionante comprobar que tanta gente quiere la independencia», sonríe la joven, que atisba una Cataluña ecologista, feminista, donde «todo el mundo que venga será bienvenido». Al despedirse, se disculpa por sus dificultades con el idioma: «Y eso que mi abuela es castellana». A otros la emoción les empuja hacia el pasado. Salvador Paretas se conmueve al acordarse de su abuelo Pere: «Era de la antigua Esquerra y llegó a alcalde de Sitges. Hoy estaría en primera fila, diciendo 'a ver si ahora...'. Porque a ellos no les salió muy bien».

Frente a la revolución de Aina, Salvador no imagina la Cataluña independiente muy distinta de la actual: «Nada, no va a cambiar nada. El sentimiento será el mismo y se irá igual a Madrid o Valencia. Es un tema fundamentalmente político y económico». «Y seremos un país libre de una puta vez», irrumpe un hombretón que está al lado, con esa confianza que dan las apreturas. ¿Y usted quién es? «Yo soy Quim, su cuñado. El cuñado cabreado. A los catalanes nos han robado todo lo que han querido y estoy superresentido con España».

El minuto de silencio por las víctimas de los atentados de las Ramblas, roto solo por los motores de los helicópteros, es un momento emocionante más allá de ideologías. Después, sigue el estruendo, los gritos de «independència» y «votarem», los mil discursos, las actuaciones de artistas como Jarabe de Palo o Els Pets. Los bangladesíes continúan con sus ramilletes de esteladas: el sonriente Abu Nacher ha sacado unos cien euros, pero se queja de que había demasiada competencia.

- ¿Y mañana qué venderá?

- Mañana, abanicos e imanes.

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