Colau no hará campaña a favor de la participación en la consulta de octubre

Puigdemont y Colau, durante el acto del pasado 19 de junio en homenaje a las víctimas del atentado de Hipercor. :: Josep LAGO / afp

Catalunya en Comú, alianza de izquierdas que lidera la alcaldesa de Barcelona, se alinea con las tesis de Pablo Iglesias

CRISTIAN REINO BARCELONA.

Catalunya en Comú, la fuerza que lidera Ada Colau, decidió ayer que su posición respecto al referéndum del 1 de octubre será todo menos clara. Los comunes, en un ejercicio de equilibrio interno, anunciaron que apoyarán la votación del 1 de octubre como una «movilización legítima» y como un acto de «afirmación por el derecho a decidir». Hasta ahí las buenas noticias para Carles Puigdemont. Las malas son que la confluencia de izquierdas que gobierna en el ayuntamiento de Barcelona y que ganó las dos últimas elecciones generales en Cataluña no considera la votación como un referéndum vinculante y, lo que es peor para los independentistas, en principio no tiene intención de llamar a la participación.

La decisión de la dirección de Catalunya en Comú, que recibió un amplio apoyo de las bases, coincide con la que mantiene Pablo Iglesias y la ejecutiva de Podemos a nivel nacional. No así la de los morados en Cataluña, al menos su dirección, que va por libre y que ya se quedó fuera de la confluencia entre los comunes e Iniciativa.

La ambigüedad es marca de la casa de la formación de la izquierda alternativa, que es rehén de su propia configuración. Por un lado, hay dirigentes que son (o han sido) independentistas. La propia Ada Colau confesó que en el 9-N votó a favor de la secesión; mientras, Xavier Domènech y Jaume Asens proceden de posiciones cercanas a la CUP. Pero en Catalunya en Comú también están muy presentes los dirigentes de Iniciativa, que no están por la ruptura. Y, sobre todo, tienen muy en cuenta el perfil de sus votantes: de izquierdas, del área metropolitana y contrarios a la separación.

La apuesta de Colau es crear un PSUC del siglo XXI, con aires 'maragallianos', en referencia al expresidente catalán del PSC. Por esa razón, no se alinea con el frente nacionalista de Esquerra, PDeCAT y la CUP. Pero al mismo tiempo no quiere que se le encasille junto a Ciudadanos, PSC y PP. Una calculada ambigüedad que al PSC le resultó en el pasado y que los comunes han actualizado, pero que en el contexto del proceso exige todo un encaje de bolillos.

Revés para el soberanismo

El desmarque de los comunes ejemplifica que Puigdemont tiene aún una enorme tarea por delante para convencer a los catalanes no independentistas de que el 1-O será decisivo y no un nuevo 9-N para presionar a Madrid a sentarse a negociar. Ahí radica uno de los principales problemas para el presidente de la Generalitat. Su baza es que el carácter vinculante se lo dé el porcentaje de participación. De ahí la relevancia de que los comunes no hagan campaña para llamar a los suyos a la participación.

Se trata de una decisión que no es definitiva y que podría variar si dejasen de ver tantas «incógnitas» respecto a la convocatoria. Una abstención por encima del 55% supondría un fracaso para los secesionistas, que cuentan con dos millones de votos casi fijos, el 36% del censo. A partir de esa cifra, la posición de los votantes de Catalunya en Comú, PSC, Ciudadanos y el Partido Popular y su nivel de movilización serán claves para decidir si el 1-O se queda de nuevo o no en un simulacro de consulta. Está por ver, además, la actitud que tendrá Colau cuando la Generalitat pida colaboración a los ayuntamientos en la cesión de locales para la votación.

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