«Ya no somos ciudadanos de segunda»

Unidos. Dos jóvenes corean los lemas a favor de la unidad de España y contrarios a la independencia de Cataluña, ayer en las calles de Barcelona. :: Alvaro Ybarra Zavala/
Unidos. Dos jóvenes corean los lemas a favor de la unidad de España y contrarios a la independencia de Cataluña, ayer en las calles de Barcelona. :: Alvaro Ybarra Zavala

Los cientos de miles de manifestantes que rechazaron ayer la independencia dibujan un mosaico social heterogéneo

O. BELTRÁN DE OTÁLORA BARCELONA.

«Ya no aguanto ser un ciudadano de segunda en mi país. Espero que hoy todo cambie y dejemos de ser parias en nuestra tierra». Juan Castro Rodríguez, 57 años, vecino de Santa Perpetua de Moguda, pero nacido en Córdoba, agitaba una bandera española una hora antes de que comenzase la manifestación que ayer colapsó Barcelona en contra del tsunami independentista. «Me manifesté en la transición y no había vuelto a hacerlo. Y todo lo que quiero es respeto, que los independentistas me respeten como yo a ellos. Y que mis vecinos de toda la vida que me han retirado el saludo se lo piensen». A Juan se le quebraba la voz. Su mujer lo calmaba sin dejar de sujetar una pancarta con el lema 'No somos fachas. Somos catalanes'.

Como Juan, decenas de miles de individuos salieron a las calles en busca de una catarsis tras una semana de tragedia constante en Cataluña. Es la parte de la sociedad que se ve marginada en el discurso soberanista y que se ha sentido agraviada en los años recientes de ofensiva nacionalista. Las emociones eran de asombro y alegría. En la pancarta de David Martínez y Belén Ansio, que rompieron a llorar, se podía leer: 'Somos los catalanes de la mayoría silenciosa. Premiá de Mar por la unidad de España'.

«No pensaba que fuéramos tantos, que un día puedas andar por la calle con tu bandera, como hacen los 'indepes' con la estelada. Por un día no me he sentido solo», confesaba David. No se manifestaba desde que sus padres le llevaron a las movilizaciones por el asesinato de Miguel Ángel Blanco. «Ahora sé que deberíamos haber salido más a la calle para no llegar a esto», se lamentaba.

«Mis padres eran de La Carolina, en Jaén, de allí era la abuela de Puigemont», subrayó una manifestante

Chinos y pakistaníes vendían banderas españolas por 2,5 euros en una calle que ya era una marea rojigualda. En el punto de salida era imposible dar un paso y comenzaron a producirse desmayos de gente mayor. Las ambulancias no se podían acercar a las calles saturadas y los hoteles tenían que abrir sus puertas para atender los desfallecimientos.

«Si esto sigue así se va a producir una avalancha», suspiraba un hombre con la frente perlada de sudor. Sobre un remolque, el voluntario de Sociedad Civil Carlos Bruguera intentaba organizar la masa humana con un megáfono. «Hemos superado 25 veces la previsión de afluencia», relataba, intercalando de vez en cuando el mantra: «¡Visca Cataluña, viva España!». En ocasiones interrumpía su arenga para encargarse de que alguna ambulancia se abriera paso entre el río humano que intentaba dirigirse al Parlament.

Fernando Navarrete desfilaba con una bandera arco iris del movimiento gay unida a la española. Junto a él se encontraban otros miembros LGTB catalán. «Como miembro del movimiento gay yo no quiero fronteras. Quiero ser libre, ciudadano del mundo. No acepto que me impongan una forma de ser, sea la de nacionalista catalán o la que sea», afirmaba Navarrete. La marcha comenzaba a abrirse paso por la vía Layetana pero cada poco se detenía. A la una y media, apenas había conseguido desplazarse unos cientos de metros.

Probablemente, el lema más coreado en ese instante era «Puigdemont, a prisión». La gente también gritaba «¡Boti, boti, boti, indepe el que no boti!». Ante la imposibilidad de proseguir, muchos lo intentaban por otras calles. Ese cambio de rumbo hizo que en poco segundos bajo el Arco de Triunfo desfilasen cientos de banderas españolas. Alguien escaló al cercano monumento a Pau Claris -el presidente de la Generalitat que en el XVII provocó un cataclismo al entregar Cataluña a la corona francesa- y lo cubrió con enseñas españolas. Algunos acudían a sus móviles para mirar en la Wikipedia quién era Claris y corrían a sacarse fotos con la escultura españolizada.

En el gentío se mezclaban personajes pintorescos como los miembros de la Asociación Ibérica, con senyeras, banderas españolas, pelo engominado, uniforme blanco y negro y escudos sacados de Juego de Tronos. Reclamaban la unión de España con Portugal. Más allá, la megafonía alternaba el 'Que viva España' de Manolo Escobar -el himno no oficial de la marcha- con canciones de Julio Iglesias.

«Los Berenger»

Valencianos que habían llegado en un autobús ironizaban: «¡Puigdemont, toma las pastillas!». Entre ellos se deslizaba la pancarta 'Los Berenguer, con Cataluña, España y Europa'. María Teresa Berenguer, cuyo bisabuelo catalán se fue a vivir a Rodalquilar, Almería, había viajado desde Andalucía para reunirse con toda su familia catalana y salir a la calle. «No nos pueden tratar así. Mis cuatro hijos se vinieron a Cataluña y cada día paso más miedo por ellos. Con lo bien que podíamos vivir todos juntos... ¿Por qué están haciendo esto los independentistas?».

Otra familia que había acudido a Barcelona, pero desde mucho más cerca, era la de María Dolores Fernández, de 68 años y nacida en Hospitalet. «Mis padres eran de La Carolina, en Jaén, de donde dicen que también era la abuela de Puigdemont, por eso me llevan los demonios cada vez que le veo». María Dolores acudía por primera vez en su vida a una manifestación. «Llevo dos semanas llorando por mis hijos. A veces parece que nos quieren echar de Cataluña y nosotros somos catalanes».

Una de sus hijas intentó mandar un mensaje en Facebook pero cientos de miles de móviles saturaban la red. «Este es Puigdemont que nos ha bloqueado», bromeaba. El discurso de Vargas Llosa había finalizado pero gran parte de los manifestantes no lo habían podido escuchar. Llegar a la cabecera fue imposible.

La movilización se estaba transformando en una fiesta. Hinchas del Espanyol pedían que el Barça jugase en la tercera francesa, y algunos ciudadanos aislados con pancartas del 'Parlem' (hablemos), lema a favor del diálogo, veían cómo sus mensajes eran ignorados por los partidarios del artículo 155 de la Constitución que permite suspender la autonomía. Otros personas ataviada con polos de marca y naúticos gritaban: «¡Este es nuestro referéndum!».

Adrián, de 20 años, mostraba una bandera española con la leyenda 'Mataró', población desde donde se había desplazado con unos amigos. «No me imaginaba que pudiésemos ser tantos los catalanes que no nos queremos ir de España. Supongo que los 'indepes' han ocultado tanto tiempo esta realidad que al final ha estallado».

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