El banquillo toma la escena política

Mas da el relevo a Puigdemont como presidente. :: Albert Gea / reuters/
Mas da el relevo a Puigdemont como presidente. :: Albert Gea / reuters

Los representantes de la política catalana eran unos desconocidos en 2012 y los actores de entonces están ahora en segunda fila o retirados

CRISTIAN REINO BARCELONA.

«No la va a conocer ni la madre que la parió». La frase de Alfonso Guerra se refería a España en 1982, pero la podía haber pronunciado sobre Cataluña en el 2012. La Diada de hace cinco años, en la que se manifestaron cientos de miles de personas, como ocurrió en los 11-S sucesivos, marcó el inicio de lo que se conoce como el proceso soberanista catalán, que en solo un lustro ha dado un vuelco espectacular al panorama político catalán.

La transformación alcanza a los partidos: CiU, CDC, Unió e Iniciativa per Catalunya han desaparecido; el PSC ha perdido relevancia; Ciudadanos se ha hecho grande (primera fuerza de la oposición); la CUP ha salido de la marginalidad; y han nacido nuevas formaciones, como el PDeCAT o Catalunya en Comú. Pero la renovación también se ha producido entre los líderes. Hace cinco años estaban en primera línea Artur Mas, Pere Navarro, Albert Rivera (aún no había dado el salto a la política nacional), Alicia Sánchez Camacho, Joan Herrera, Jordi Pujol aún tenía el tratamiento de molt honorable y Josep Antoni Duran Lleida tenía plenos poderes en Madrid. De los candidatos que concurrieron a las elecciones hace un lustro solo se mantiene, y además muy reforzado, Oriol Junqueras, el hombre tranquilo: entonces era poco conocido pero a la chita callando es el virtual triunfador del proceso. Carles Puigdemont, Carmen Forcadell, Anna Gabriel, Xavier García Albiol, Inés Arrimadas o Xavier Domènech estaban hace cinco años en segunda fila o fuera de la política. Lo mismo que Ada Colau, por entonces una activista de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca.

«El giro en 2012 lo ha cambiado todo de manera sustancial como no había pasado en la política catalana desde 1980», mantiene Francesc de Carreras, cadedrático de Derecho Constitucional, y uno de los impulsores de Ciudadanos. «Estamos viviendo una revolución, un cambio de 180 grados que puede acabar con la independencia y un nuevo estado», opina Jordi Sánchez, presidente de la ANC, entidad fundamental para entender qué ha pasado en Cataluña en los últimos tiempos.

Oriol Junqueras es el único político que se mantiene desde entonces en primera línea, y, además, reforzado

Desde la decisión de Mas de convocar elecciones en 2012, después de pedir (sin éxito) el pacto fiscal a Mariano Rajoy, ya nada ha vuelto a ser igual. El expresidente catalán cometió un error de bulto. Pensó que los cientos de miles de personas que se manifestaron en la primera gran Diada le darían un apoyo mayoritario y se lanzó a por la mayoría absoluta. Dobló la apuesta: pasó del pacto fiscal a reclamar el derecho a la autodeterminación. La crisis económica y la sentencia del Estatuto incendiaron las calles e incrementaron el número de independentistas hasta niveles históricos. El electorado se polarizó. Aun así, las urnas no respondieron como esperaba el líder convergente, responsable del giro de su partido del nacionalismo al secesionismo. Ganó los comicios, pero perdió doce escaños. Tras gobernar con el PP, se unió a ERC y ahí arranca el desafío actual. Mas y Junqueras fijaron como objetivo celebrar un referéndum el 9-N de 2014, veinte días después del escocés.

El cambio en la agenda gubernamental obligó al resto de partidos a resituarse, como el PSC, que abrazó en un primer momento el objetivo del derecho a decidir, pero más tarde concluyó que no era el camino y se partidó la formación. El 9-N se celebró (37% de participación), pero no en los términos en que deseaban los secesionistas. Después llegaron las querellas y las condenas de inhabilitación a Mas, Ortega, Rigau y Homs. Mas insistió. Las elecciones de 2015 se plantearon como un plebiscito que debía dar inicio a un proceso de transición nacional de 18 meses para declarar la independencia.

Huida hacia adelante

Convergència, que para entonces estaba rodeada de casos de corrupción y en estado de shock por el descenso de Jordi Pujol a los infiernos, se vio obligada a renunciar a su marca. Primero aliándose con Esquerra para concurrir juntos bajo Junts pel Sí y más tarde fundando el PDeCAT para tratar de hacer un borrón y cuenta nueva que no acaba de producirse. Tras las elecciones del 27-S de 2015, que se vendieron como el «referéndum definitivo», el secesionismo puso la directa hacia la desconexión a pesar de que no pasó del 48% de los votos, su mejor marca histórica. Mas continuó con la huida hacia adelante y dio todo el poder a la CUP. Ese movimiento le costó la cabeza. Asumió el timón Puigdemont. Primero prometió la secesión exprés y en medio de la legislatura volvió a recuperar el objetivo del referéndum.

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