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Barberá y Camps celebran sus triunfos en las municipales y autonómicas de 2011. :: mikel ponce
Barberá y Camps celebran sus triunfos en las municipales y autonómicas de 2011. :: mikel ponce

El 'caloret' o el hundimiento de Rita

  • El final de Barberá comenzó en febrero de 2015 con un discurso en Fallas que terminó siendo la caricatura de su propio declive

Rita Barberá era, hasta aquella noche, la mujer todopoderosa de la política valenciana, una máquina de votos, rotunda, sonriente, decidida. Hasta la madre de la vicepresidenta del Gobierno quería que su hija fuera como ella. Representaba el non plus ultra de la política en Valencia. Fue ella misma quien, a orillas del Turia y en el congreso del PP de 2008, anunció quién sería el presidente del partido. «¡Mariano Rajoy!», dijo con esa voz tan honda y a la vez tan metálica, como de altavoz. Rajoy le devolvió: «Rita, eres la mejor». Formaba parte de esa remesa de mujeres alcaldesas decididas, espontáneas, poderosas y admiradas que alumbró con inesperado desparpajo la derecha española y en la que figuraban los bastones de mando de Teófila Martínez y Yolanda Barcina. Curiosamente, cayeron todas con cierto estrépito. Ahora en Valencia manda Joan Ribó; en Cádiz, Kichi, y en Pamplona, Joseba Asirón, y este mundo casi no parece aquel. Aquella noche de hace dos años, Rita era dinamita, pero a punto de estallar. Estaba a un tris de convertirse en el monstruo de la pantalla final de su propio videojuego. En política, cualquier viga de acero es susceptible de quebrarse.

El hundimiento de Barberá, rematado con su trágica muerte ayer por la mañana en un hotel de Madrid, comenzó esa noche 23 de febrero de 2015. Como cada año, desde hacía 24, se asomó en lo alto de las torres de Serrano para dar comienzo a las Fallas, el andamiaje folclórico que la sostenía, y sorprendió a todos con un discurso inconexo y plagado de errores. Se inventó esa noche una palabra, el 'caloret', que no existía y que terminaría por titular la caricatura de su propio final.

Los políticos tienen a veces extrañas maneras de caer. Rita saltó a su propio abismo con ese vocablo, una anécdota que no lo fue tanto y que rompió la presa de los rencores, las desilusiones, las vergüenzas, los socavones en Valencia. A todo lo que vendría después le apodarían 'el caloret'. La chanza marcó como una etiqueta el alud político y judicial que si no se cernía sobre ella, al menos la rodeaba. Un par de meses después, la cosa se puso seria con Ritaleaks, una web que abrió Compromís con la filtración masiva de facturas de 278.000 euros en gastos municipales, muchos de ellos atribuidos a la alcaldesa, que resultaron escandalosos para algunos.

En plena campaña estalló el 'caso Imelsa' que se llevó por delante a su concejala de Cultura María José Aldón y al presidente de la Diputación Valenciana, Alfonso Rus. Barberá, quizás conociendo la traca que se le venía encima, no había querido presentarse a las municipales, pero aceptó la petición de Génova y estaba caminando hacia el precipicio de su final político.

Valencia, que había sido el orgullo popular, estaba sumida en las deudas y sus obras faraónicas eran el símbolo de una España decidida a olvidar a esa parte de sí misma. Los gritos que recibía por la calle cambiaron de bando y terminó por enzarzarse en una discusión con una vecina en un mercado. El 24 de mayo se fraguó su hecatombe política: perdió la mitad de sus votos y obtuvo un concejal más que Compromís. La habían cazado. La exalcaldesa intentó entonces que el derrumbe de su incólume figura fuera controlado. Entregó su acta de concejal y la de diputada en las Cortes Valencianas y se escondió en la última fila del Senado, como si quisiera pasar desapercibida en el gallinero de la Cámara alta, lejos de los focos y protegida por el aforamiento de su cargo.

Una estrella del rock

Tampoco le funcionó. El 'caso Taula' investigaba a numerosos cargos del PP por presunto blanqueo de capitales, entre ellos, muchos de sus exconcejales. El 14 de septiembre, un día después de que el Supremo abriera causa contra ella por blanqueo de capitales, cedió a las presiones de Génova y dejó el PP, aunque se aferró a su escaño de senadora. Se habían acabado los piropos de Génova. Entonces, Rita conoció la soledad, que es tan árida en política. Estaba cansada. El primer día en el Grupo Mixto, le hicieron una fotografía aparentemente dormida en plena sesión. Quedaban dos meses para que declarara ante el juez, pero ya estaba hundida. Dos días después de declarar ante el Supremo, un infarto ha acabado con ella en un hotel de la capital, como una estrella del rock olvidada. Su muerte física coincidió con su muerte política.