Diario Sur

El Rey defiende la regeneración de la política para frenar el desencanto de los ciudadanos

Arriba, los diputados de Unidos Podemos se mantuvieron en sus asientos mientras el Hemiciclo ovacionaba al Rey. Abajo, los Reyes junto a sus hijas presidieron el desfile militar. :: EFE
Arriba, los diputados de Unidos Podemos se mantuvieron en sus asientos mientras el Hemiciclo ovacionaba al Rey. Abajo, los Reyes junto a sus hijas presidieron el desfile militar. :: EFE
  • Apela al diálogo y la generosidad de los partidos en la ceremonia de apertura en el Congreso de una legislatura sin mayorías

Felipe VI huyó del discurso protocolario en su primera ceremonia de apertura de la legislatura en el Congreso y sus palabras tuvieron hondura política sin escabullirse de las cuestiones candentes. Fue de la regeneración política y el desencanto ciudadano a la crisis institucional sin olvidar el conflicto en Cataluña. Los lugares comunes y la retórica alambicada que adornaron muchos discursos de su padre en este mismo escenario, casi desaparecieron en los cinco folios de su parlamento, en el que, sabedor de las dificultades que apareja una legislatura sin mayorías parlamentarias, emplazó al Gobierno y a la oposición a que actúen con generosidad y dediquen las horas que haga falta al diálogo para que el cuatrienio que se abre llegue a buen puerto.

El discurso del jefe del Estado se redactó en la Zarzuela y recibió el visto bueno de la Moncloa (solo dos intervenciones del Rey están exentas de ese filtro, la de Nochebuena y la de la entrega de los premios Princesa de Asturias). Felipe VI estuvo acompañado por la reina Letizia, así como por la princesa Leonor y la infanta Sofía, que participaron en su primer acto político con la circunstancia, recordada desde la Zarzuela, de que la heredera al trono, de 11 años, tiene la misma edad que tenía su padre cuando asistió en 1979 a la también primera apertura de legislatura presidida por su padre, el rey Juan Carlos. Se dirigía por primera vez al Poder Legislativo tras su proclamación en junio de 2014 y quiso que el estreno en uno de los actos más políticos de su reinado no pasara inadvertido. Y no lo fue, como reconocieron todos los grupos parlamentarios, desde el popular a Podemos aunque la valoración fuera del blanco al negro.

Aplaudió, para satisfacción de socialistas y Ciudadanos, que «la crisis de gobernabilidad» surgida tras las dos elecciones generales del 20 de diciembre y 26 de junio y sendas investiduras fallidas se superó gracias al «diálogo, la responsabilidad y también generosidad» de unas fuerzas políticas que permitieron romper un bloqueo de diez meses que había generado «inquietud, malestar, desencanto y distanciamiento» de los ciudadanos hacia la política. El Rey reclamó que ese talante dialogante y generoso sean «valores permanentes» en una legislatura marcada por la ausencia de una mayoría parlamentaria que va a obligar a pactar todas las iniciativas legislativas.

Para paliar ese desapego ciudadano hacia la política, apuntó Felipe VI, se necesita regenerar y dignificar la vida pública con «voluntad y capacidad de llegar a acuerdos». Una reflexión que podría firmar Ciudadanos, y hasta Podemos. En definitiva, resumió ante más de 400 diputados y senadores apretujados de mala manera en un hemiciclo vestido de gala, es imprescindible que «dignifiquemos la vida pública y prestigiemos las instituciones». El Rey se hacía eco así de que todos los estudios de opinión constatan que el descrédito de los partidos y sus líderes es creciente -son el tercer problema de España solo por detrás del paro y la corrupción, según el CIS- mientras que el Parlamento, el Poder Judicial o el Gobierno se arrastran en la valoración ciudadana. Incluso la Corona suspende pese a la mejoría que ha experimentado a ojos de la población desde el relevo de Juan Carlos I por Felipe VI.

Valores éticos

Para esa dignificación de la política, abundó, un elemento clave es «la regeneración de nuestra vida democrática» porque haber conseguido la instauración de la democracia hace 40 años, con ser «una gran conquista», no es suficiente si no se mantiene viva la llama de la ilusión y se perfecciona su funcionamiento. El Rey subrayó que «los valores éticos», y no otros que han aflorado en los últimos años, deben inspirar la actividad política.

El jefe del Estado dedicó unas contundentes palabras a «la corrupción» porque, además de haber «indignado a la opinión pública» con la proliferación de casos, amenaza con corroer el sistema. Esa lacra, dijo con marcado énfasis, tiene que ser cuanto antes «un triste recuerdo» siempre que se combata «con firmeza».

Felipe VI tampoco eludió el conflicto catalán, aunque no lo mencionó por su nombre, habló de «la diversidad» de España, pero se le entendió todo. Advirtió de que el «respeto y observancia» de las decisiones de los tribunales, en los que están encausados cinco altos cargo independentistas catalanes entre ellos el expresidente Artur Mas, son «una garantía esencial» para la democracia al eliminar «la arbitrariedad de los poderes públicos». Pero ese acatamiento de las resoluciones judiciales debe ir acompañado del «diálogo y el entendimiento». En síntesis, resumió, «diálogo dentro del respeto a la ley».

Felipe VI no concibe ni una España inequitativa ni una España rota. A partir de ese planteamiento reclamó que el autogobierno de las comunidades «preserve las exigencias de igualdad entre todos los ciudadanos»; y con respecto a la integridad territorial, dejó sentado que «España no puede negarse a sí misma, no puede renunciar a su propio ser y no puede renunciar al patrimonio común construido por todos». Unas reflexiones que es probable que expliquen por qué le negaron el aplauso los nacionalistas vascos y catalanes.