Diario Sur

Mariano Rajoy levanta el pulgar a su salida
del Congreso tras ser investido ayer
presidente del Gobierno por mayoría simple.
:: FERNANDO VILLAR / efe
Mariano Rajoy levanta el pulgar a su salida del Congreso tras ser investido ayer presidente del Gobierno por mayoría simple. :: FERNANDO VILLAR / efe

RAJOY YA GOBIERNA... EN MINORÍA

Los caminos de Mariano Rajoy y Pedro Sánchez se bifurcaron ayer puede que para siempre. El líder del PP logró la mayoría simple en la segunda votación del debate de investidura con 170 votos a favor, 111 en contra y 68 abstenciones, y se convirtió en presidente del Gobierno por segunda vez consecutiva. Puso así fin a semanas de incertidumbre. Igual que el ex secretario general del PSOE, pero en un sentido muy distinto. Sánchez anunció que mañana cogerá su coche, y carretera y manta en busca del calor de la militancia para recuperar el cargo del que fue descabalgado por un concierto de expresidentes y barones de su partido.

Rajoy no hizo la menor mención a la renuncia del que fuera su interlocutor en el PSOE en los dos últimos años largos y con el que nunca sintonizó. Tenía otras cosas en la cabeza, como dejar muy claros sus planes por si alguien se había equivocado al interpretar sus ofertas pactistas. Se había guardado las frases más duras y las advertencias más severas para el último día, cuando ya no se podía dar la vuelta al resultado. Clavó en las puertas del Congreso sus condiciones: «Accedo al Gobierno para perseverar»; que nadie espere que «traicione mi propio proyecto político»; «no me pidan ni pretendan imponerme lo que no puedo aceptar»; «lo digo hoy para que nadie se llame a engaño»; «no estoy pidiendo el voto para un Gobierno carente de orientación». Solo «pido una oposición responsable» frente a un Gobierno que será «previsible».

Se sacó la espina de diez meses de críticas de sus adversarios y hasta incomprensiones en su partido por una estrategia de difícil comprensión. Que nadie piense, vino a decir, que un Ejecutivo en minoría va a ser un Ejecutivo débil. Rajoy tiene 137 diputados de 350, la minoría gobernante más pequeña desde la transición, pero que, aseguró, no se va a dejar doblegar por una confluencia opositora, que por otra parte es difícil que se produzca para los asuntos clave de la gobernabilidad.

En su breve intervención señaló que está dispuesto a gobernar con el rumbo trazado en la singladura de 2011 a 2015 y sin cambiar de derrota. A lo sumo, algún golpe de timón para salvar escollos y sortear tormentas. A poco más está dispuesto. Es, a su juicio, lo razonable; de hecho afirmó que no pedía «la luna ni un cheque en blanco». Rajoy resumió sus demandas a la oposición en una palabra que adora, «madurez».

Sánchez no escuchó desde el hemiciclo el discurso del candidato del PP y, aunque casi consiguió eclipsar el día de gloria de Rajoy con su emotiva, a la vez que ácida, renuncia a su escaño, tuvo un mal día. Anunció que está dispuesto a recorrerse los 45.000 kilómetros que hizo desde enero a junio de 2014 de casa en casa de los militantes para darse a conocer y competir en las primarias. Unas elecciones que ganó por la potente propulsión que le dieron los barones, entre ellos la que acabaría siendo su puntillera, Susana Díaz.

Medir apoyos

Ahora quiere testar si el predicamento que cree tener entre la militancia se corresponde con la realidad, algo que los barones del partido ponen en duda. El mejor banco de pruebas serán las primarias para elegir al secretario general, que él reclama que sean inmediatas al igual que el congreso extraordinario, pero que la gestora que tiene las riendas del PSOE no tiene prisa por convocar. La dirección provisional pretende que baje la temperatura en el partido y de paso, aunque no se explicite, que se enfríe el impacto del gesto de Sánchez con la convicción de que el tiempo jugará en su contra.

Si para Rajoy y el PP fue una jornada de gloria, para Sánchez y el PSOE lo fue de ceniza. Para el primero, porque se queda a la intemperie institucional con el reto de no perder visibilidad política sin la plataforma de su escaño en el Congreso. Para el partido, porque las palabras de despedida del que fuera su secretario general constituyeron una declaración de guerra y una andanada en la línea de flotación de su dirección provisional, a la que reclamó que presente su dimisión mañana, una vez concluida su misión con la investidura. Aunque el daño mayor llegó a la hora de votar la investidura de Rajoy. Ahí afloró con toda su crudeza el desgarro interno que viven los socialistas, en su mayoría cabizbajos durante el pleno. Hasta 15 diputados, entre ellos los siete del PSC, hicieron mangas y capirotes de la decisión de abstenerse aprobada en el Comité Federal del pasado domingo y votaron en contra. Incluso entre los 68 que acataron la consigna hubo quien proclamó en voz alta que lo hacía por «imperativo».

Iscariotes

La desazón interna soportó encima un subidón con las muy duras palabras que tuvieron todos los portavoces de los grupos de izquierda hacia los diputados del PSOE. El de Podemos anunció que Rajoy «ha sentado las bases para que tarde o temprano» su partido gane las elecciones porque ha liquidado el bipartidismo al «haber destrozado por dentro al PSOE». Ha finiquitado, resumió, el régimen de 1978. Iglesias, como hizo el jueves, mantuvo un debate de investidura con el PSOE, casi obviando al candidato del PP, y sin disimular que sus objetivos políticos pasan por ocupar el espacio socialista.

Pero el culmen de los despropósitos llegó al hemiciclo con el portavoz de Esquerra Republicano, Gabriel Rufián -lo que se ha perdido el Club de la Comedia-, que en un tono difícil de definir repartió estopa viniera o no a cuento, aunque se cebó en el PSOE «sociedad anónima» y en los socialistas «iscariotes». Tarea en la que fue secundado por el portavoz de Compromís, Joan Baldoví, que reprochó al PSOE que se haya prestado a «la gran operación quitamanchas que amnistiará a la corrupción del PP».

Así y todo, Mariano Rajoy logró 170 apoyos, escuchó 111 noes y otras 68 abstenciones.