Diario Sur

El armario de los fantasmas del PP

  • Al coincidir los dos procesos, en la Audiencia Nacional se amontonaron los acusados de toda una época corrupta de España

Si a la mujer de Luis Bárcenas le ponen ayer una copa de champagne en la mano y a los abogados les quitan sus togas de raso, el 'hall' de la Audiencia Nacional hubiera sido un cóctel de aquellos años en los que Madrid era aún una fiesta. En la sede de San Fernando de Henares, en las afueras de Madrid, coincidieron la primera parte del marcroproceso por la trama 'Gürtel' y el juicio por las tarjetas 'black' y dada la lista de invitados, se estaba juzgando una época entera de la historia de España. Eran 37 acusados por el asunto de 'Gürtel' y 65 de las tarjetas. 102 nombres. El país andaba ayer en los jardines de la abstención socialista, pero en la Audiencia Nacional se juntaron un exvicepresidente del Gobierno declarando sobre las tarjetas, dos extesoreros populares, una exministra que mandó a su abogado, exconsejeros, exalcaldes, concejales, etc. El día de ayer fue la tormenta judicial perfecta, el armario de los fantasmas del PP.

El recibidor del edificio de la Audiencia Nacional en San Fernando pareció una versión procesal del 'Jardín de las Delicias' de la corrupción: allá, en la ventana, un Francisco Correa envejecido -pesan siete años de instrucción y los 125 que le pide la Fiscalía- conversaba con Álvaro Pérez 'El Bigotes' en una charla casi íntima. 'El Bigotes', al que ahora le gusta que le llamen 'El Barbas', apareció en la sala convertido en un desafiante hipster: un polo blanco por fuera de los pantalones, unas gafas de sol y una bolsa al hombro como las que llevaba Pocholo cuando pinchaba. Tres preferentistas que acudieron a la cita le llamaron corrupto, baboso y cabrón. Había cola en la entrada de la Audiencia y allí tuvo que aguantar mecha, así que se paró y los miró altivo, medio vuelto hacia los gritos, como si posara para Mario Testino. Después, dentro también mantuvo una charla imposible con Virgilio Latorre, abogado de la acusación particular del Partido Socialista Valenciano. Intimando con el enemigo.

A dos metros de allí, Bárcenas hacía corro con Jesús Sepúlveda (ex de Mato), el diputado Jesús Merino y, un poco más allá, el que fuera tesorero de Alianza Popular, Ángel Sanchis. Navegaba en aquellos mares Rosalía Iglesias, señora de Bárcenas, muy envejecida. También otras vedettes de este teatro, por ejemplo José Luis Peñas, el concejal de Majadahonda que destapó la trama, vestido cual pescador de río. No hablaba con nadie, y menos aún con el exalcalde de Majadahonda, Guillermo Ortega, 'Willy El Rata', que pasaba sin mirar. 56 años de petición de cárcel les contemplan.

Paseaba por allí Pablo Crespo, del brazo de su abogado invidente Miguel Durán -no se sabe quién guiaba a quién- y el presunto contable de la trama, José Luis Izquierdo. Esa manera suya taciturna de moverse con las manos en los bolsillos era un claro homenaje al día de 2009 en que la policía registró su despacho en Serrano y en un forcejeo tuvo que abrirle el puño como a los niños cuando esconden algo. En la mano llevaba una pequeña memoria con la presunta contabilidad de la trama, A.K.A. «El puto pendrive, macho», según dejó dicho para los anales Francisco Correa.

«No le atropelle»

Si la máquina de café de la Audiencia Nacional hablara, no habría periódicos para contarlo. Entre susurros, abogados y clientes se tomaron un café. Resulta una lástima periodística que los recesos de los dos juicios no coincidieran en el tiempo. En la planta de arriba declaraba Rodrigo Rato, que se mostró tranquilo ante las preguntas del fiscal, que lo siguió pertinaz como un perro de rastro. «No le atropelle», le advirtió el tribunal. Solo se alborotó cuando tuvo que explicar de qué manera las tarjetas eran parte de su remuneración y terminó con un «¿me ha entendido» al que el fiscal respondió lacónico: «No». Cuando comentó que las 'black' no le parecían ni bien ni mal, alguien carraspeó fuerte e irónicamente. También cuando dijo que su sueldo en Bankia era «razonable». El empresario Arturo Fernández, que usaba las tarjetas en sus restaurantes, se quedó dormido y se despertó en un sobresalto. La pesadilla era real.