Diario Sur

Vivir bajo los cohetes de Hamás

Yael Shamir, con Idan en brazos; Daniel y Lorenzo Herrera, en la sala comunal de Nativ Ha Asará.
Yael Shamir, con Idan en brazos; Daniel y Lorenzo Herrera, en la sala comunal de Nativ Ha Asará. / M. Balín
  • «Puedes pasar del cielo al infierno en segundos, pero convives con ello por rutina», afirma este extremeño, padre de dos hijos

  • La crisis llevó a Lorenzo Herrera y a su familia al pueblo israelí más cercano a Gaza

Con solo 14 meses Idan juega en la sala comunal de Nativ Ha Asará, un pueblo al sur de Israel. Este niño de piel blanquecina, ojos azules y pelo rubio encrespado corretea de un lado a otro en busca de sus padres, a los que distingue sin pérdida entre un barullo de personas. Aunque amaneciera con unas décimas de fiebre, sus piernas se mueven ágiles y el rostro denota felicidad. Su virginal edad le permite desarrollar los estímulos en su particular libertad.

Daniel es el hermano de Idan y ha cumplido seis años. Llega del colegio y se dirige directo a abrazar a su madre. Metido en una conversación a la distancia, el padre reclama su atención con la mirada, incluso le llama, pero el niño no responde. «Es muy tímido», admite el español Lázaro Herrera Jiménez, de 34 años.

Daniel nació en el hospital Virgen del Puerto de Plasencia, en Cáceres, e Idan en un centro médico israelí. Su corta historia es la de sus padres. Pero también ofrece similitudes a la de sus abuelos maternos, una pareja de judíos que vivía en la península del Sinaí y que en los años ochenta tuvo que emigrar tras la cesión de ese territorio a Egipto por los acuerdos de Camp Davis. En aquel traslado forzoso, los padres de Yael Shamir, la mamá de Daniel e Idan, exigieron dos cosas: una casa donde vivir y un terreno para cultivar que estuviera ubicado en un lugar autorizado por los acuerdos internacionales.

El poblado de Nativ Ha Asará fue fundado en 1982 y recibe el nombre en recuerdo de diez soldados fallecidos en un accidente de helicóptero. Después de la retirada israelí de Gaza en 2005, este asentamiento se convirtió en la comunidad más cercana a la franja, apenas 400 metros de distancia.

De no ser porque el final del pueblo está custodiado por una torreta militar y porque existe una zona de nadie donde se levanta un muro de hormigón de unos diez metros, su arquitectura se asemeja a la de cualquier área residencial de casas bajas y jardines, que desprende una aparente vida apacible.

«Hasta que en 2003 empezamos a ser blanco de los cohetes y morteros de Hamás, éste no era un lugar peligroso. De niñas íbamos a Gaza de compras, a reparar el coche, a comer humus a un sitio que se llamaba en árabe 'restaurante de la paz'... convivíamos con nuestros vecinos. Si hoy fuera a comer humus con mis hijos a Gaza estaría loca», señala Hila Fenlon, una agricultora de 39 años y madre divorciada de dos adolescentes.

«Endeudarse o vivir aquí»

En Nativ Ha Asará viven 850 personas, de las cuales 250 son niños. En una amplia parcela, rodeada de árboles, y con vistas a un campo de olivos está la casa de Hila y a su espalda la vivienda de su hermana Yael, de 42 años, y de su cuñado Lorenzo Herrera, natural de Talayuela (Cáceres). La pareja se conoció en Sevilla en 2004. Ella, amante de las costumbres culinarias españolas, trabajaba como cocinera en el restaurante del novio del primo de Lorenzo.

Su primera aventura fue volver a Cáceres y montar una cafetería en Jarandilla de la Vera. Eran felices. El lugar donde querían formar una familia. Pero el negocio no les permitía disponer de ahorros y la crisis económica hizo el resto. «Valoramos si endeudarnos o irnos a otro lugar. Y pese a los inconveniente decidimos trasladarnos aquí, donde teníamos casa y trabajo», recuerda Lorenzo.

En 2012 llegaron a Nativ Ha Asará. Solo dos años antes un cohete iraní Qassam había matado a la última persona en el poblado, un trabajador tailandés. En las épocas duras en las que Hamás respondía a las operaciones militares del Ejército israelí podían caer hasta cinco proyectiles al día. Por lo que convivir con las alarmas, los nervios y las carreras a los habitáculos reforzados estaba a la orden del día.

«Al principio veíamos los cohetes y por su tamaño nos daba la risa. Creíamos que no nos podían hacer daño. Pero cuando se fueron sofisticando admitimos que nos podían matar», reconoce Lorenzo, que trabaja en una fábrica de comida tailandesa por unos 1.400 euros al mes, un sueldo medio para una vida más cara que en España. «Es verdad que puedes pasar del cielo al infierno en cuestión de segundos, pero acabas conviviendo con ello por mera rutina. Tratas de que el temor no te invada», explica Lorenzo en presencia de su mujer.

Pero no todas las mentes son iguales y existen grupos psicológicos de ayuda para cohabitar con este trance. «Los gazadíes no se dan cuenta de que los cohetes de Hamás hacen que ellos también sufran», interviene Yael, que se muestra igualmente crítica con la política del Gobierno conservador del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu. «Solo queremos convivir en paz. Y nuestro granito es explicarle a mis hijos que los niños en Gaza también sufren. Ellos son el futuro», confía Lorenzo.

La familia es consciente de que asumió riesgos, pero también de que vivir en Nativ Ha Asaará era la opción económica más viable. Este verano volvieron a su pueblo de Cáceres y Lorenzo se encontró con amigos que incluso le pidieron trabajo en Israel.