Diario Sur

Sánchez acepta irse si los críticos logran imponer su mayoría en el Comité Federal

Sánchez durante su comparencia de ayer en la sede federal del PSOE en la calle Ferraz. :: Javier López / efe
Sánchez durante su comparencia de ayer en la sede federal del PSOE en la calle Ferraz. :: Javier López / efe
  • Se abre a no centrar el debate sólo en la fecha del congreso exprés, pero reduce la discusión a permitir o no que gobierne el PP

El Comité Federal que se celebra hoy puede poner fin a la guerra civil que vive el PSOE. O no. Lo único que se atreven a decir los dirigentes del partido, independientemente del sector en el que se sitúen, es que la discusión será intensa, seguramente larga y probablemente muy bronca, pero quizá inútil. Tanto Pedro Sánchez como sus críticos llegan a la reunión enrocados en sus posiciones. Ni uno ni otro han dado medio paso para tratar de buscar una solución negociada. Ahora tendrán que medir sus fuerzas en votos, aunque ni siquiera está claro que quien demuestre tener mayoría en el máximo órgano entre congresos vaya a llevarse el gato al agua.

«El riesgo -dice un miembro de la dirección- es que acabemos enredados en asuntos procedimentales sin llegar a discutir siquiera el fondo del asunto, o sea, la celebración del congreso». No es en absoluto descartable. En el PSOE hay en estos momentos una disputa sobre quién tiene legitimidad para tomar decisiones después de que 17 miembros de la ejecutiva dimitieran el pasado miércoles con la intención de derribar al secretario general. Los oficialistas, que de facto siguen manteniendo el control, argumentan que, aún mermada y en funciones hasta la celebración de un congreso extraordinario, la dirección sigue al mando. Los críticos, en cambio, entienden que no hay dirección y que la presidenta de la Mesa del Comité Federal, Verónica Pérez, debe poner el partido en manos de una gestora.

Sin acuerdo sobre ese punto, el propio desarrollo de la reunión de este sábado parece imposible. En principio, el máximo órgano del PSOE ha sido convocado por la ejecutiva de Sánchez, no reconocida por los críticos, con un orden del día -el calendario del próximo congreso extraordinario, que los 'sanchistas' quieren resolver el 23 de octubre-, que tampoco aceptan. De modo que el asunto puede enredarse en asuntos como si los miembros de la dirección no dimitidos pueden votar o no, la composición de la Mesa o qué debatir.

Gestora o militantes

Sánchez dio anoche, sin embargo, un paso para facilitar de una vez por todas el desenlace de esta batalla fraticida. Por primera vez, aceptó la posibilidad de dimitir y de que el partido quede, en consecuencia, en manos de una gestora por un tiempo indefinido (al menos, hasta que haya Gobierno en España, que es lo que plantean los críticos). El líder de facto del PSOE compareció en Ferraz, a apenas 12 horas para la celebración del histórico encuentro de hoy, para lanzar a los críticos un mensaje: «Si el Comité Federal decidiera cambiar su posicion (respecto al 'no' sin matices a un Gobierno del PP) no podría administrar una posición que no comparto». Es decir, se irá. Algo parecido dijo Felipe González poco antes del referéndum de la OTAN y se llevó el gato al agua, ganó el sí.

Con su intervención, Sánchez trató de situar el debate donde él siempre ha querido colocarlo, en una disyuntiva en la que optar por él significa no colocar al PSOE en una «posición subalterna» respecto al partido de Mariano Rajoy y no hacerlo es tanto como entregar a su enemigo acérrimo, carcomido por la corrupción, las riendas de España. Un debate en el que él representa la voz de los militantes y sus rivales, dice uno de sus fieles, la del «IBEX 35».

Es probable que este marco conceptual sirva más bien de poco para decantar la posición ya prefijada de los 285 miembros del Comité Federal (otro gallo cantaría si fueran las bases quienes decidieran ahora en asamblea), pero, en todo caso, le permite construir un relato que puede serle muy útil si el día de mañana decide presentarse a unas primarias. Algo que ya ha dejado claro que hará.

Con todo, en la dirección del partido advierten de que las fuerzas parecen estar tan ajustadas que cualquier movimiento de alguno de los cuadros medios con voto en el cónclave puede alterar el resultado. Sus cálculos son que ya hay un 50% de dirigentes de un lado y otro que han decidido qué hacer, que otro 30% no tanto pero es susceptible a la línea que marquen los líderes de su federación -de ahí la importancia de que finalmente haya o no voto secreto- y otro 20% al que quizá sí puedan hacer mella los discursos que se planteen.

Todo esto explica el tono épico que trató de imprimir a sus palabras. «No se decide solo si cambiamos el voto de los militantes por una gestora, como algunos pretenden. Decidimos algo más importante. El futuro del PSOE», zanjó.