Diario Sur

De dimisiones y golpes de mano

  • La trayectoria socialista reciente comienza con una revuelta en Suresnes y tiene su última estación en la crisis de Ferraz

  • Las renuncias del líder y las revueltas son capítulos ya escritos en la historia del PSOE

Las rebeliones contra la dirección del partido no son extraordinarias en el PSOE. La historia reciente de ese partido comienza en el congreso de Suresnes en 1974, cuando los militantes del interior arrinconan a los del exterior y aúpan a Felipe González al liderazgo. Los motines contra la dirección no se habían vuelto a dar hasta ahora, aunque sí se han producido en los últimos años intrigas palaciegas de ámbito autonómico y dimisiones de secretarios generales.

El acuerdo entre los socialistas andaluces y vascos propició hace 42 años la caída del histórico Rodolfo Llopis y el encumbramiento de González. Los protagonistas de aquella operación recuerdan que recurrieron a todo tipo de argucias para desbancar a los veteranos del exilio. Aquel golpe de mano dio paso a una etapa de relativa estabilidad en el PSOE hasta que llegó el 28º Congreso de mayo de 1979 y se suscitó el debate sobre el mantenimiento o el abandono de la tesis marxistas.

González, partidario de la supresión, se quedó en minoría y dimitió como secretario general. Se creó una gestora presidida por José Federico de Carvajal, que convocó un cónclave extraordinario cuatro meses después que sepultó los postulados marxistas y abrazó la socialdemocracia con González al frente. Recuperado el liderazgo, nadie le hizo sombra hasta que se fue en 1997.

El largo rosario de congresos posteriores fue una sucesión de asambleas plácidas con algún pulso vibrante de Alfonso Guerra y los suyos contra los renovadores de González sin que la sangre llegara al río. El signo de los tiempos cambió con la dimisión de Joaquín Almunia en 2000 tras la derrota electoral a manos José María Aznar, una renuncia que dio pie a una gestora presidida por Manuel Chaves hasta el congreso que encumbró a José Luis Rodríguez Zapatero tras derrotar en una apretada votación (nueve votos) a José Bono. También compitieron sin posibilidades Matilde Fernández y Rosa Díez. Aquel primer duelo nominal desde Suresnes apenas dejó algún rasguño, pero no heridas.

La renuncia a un nuevo mandato de Zapatero sembró la semilla del enfrentamiento que ahora ha estallado con toda su virulencia. Alfredo Pérez Rubalcaba y Carme Chacón midieron sus fuerzas en 2012 en un congreso en Sevilla, que ganó el primero por un puñado de 22 votos. La exministra de Defensa tuvo una aliada por entonces poco conocida, Susana Díaz. Desde ese cónclave el PSOE ya no fue la organización monolítica que era. Rubalcaba se desgastó en mil escaramuzas internas con los perdedores del congreso hasta que arrojó la toalla dos años después. Esta vez sí, el candidato de la ya presidenta de la Junta de Andalucía, Pedro Sánchez, se instaló en el despacho noble de Ferraz.

Bajo el mandato de Rubalcaba se produjo, con su anuencia, un golpe palaciego en Castilla y León. El secretario federal de Organización, Óscar López, provocó en mayo de 2014 la dimisión de 27 de los 48 miembros de la ejecutiva autonómica y se llevó por delante al secretario general, Julio Villarubia, con el argumento de que se negaba a convocar un congreso regional. Fue un ensayo exitoso de la vía utilizada ahora por los críticos contra Sánchez, solo que esta vez es el líder del partido el que busca el congreso.

Ya con Sánchez al timón del PSOE hubo otra operación de acoso y derribo contra una federación socialista, en este caso la madrileña dirigida por Tomás Gómez. En febrero de 2015, no hubo tretas reglamentarias y el secretario general del PSOE destituyó al líder regional, un rocoso adversario suyo y aliado de Susana Díaz. Se habló de las malas expectativas electorales de Gómez y hasta de supuestas irregularidades durante su gestión como alcalde del municipio madrileño de Parla. Fue, excusas al margen, un golpe de autoridad que ahondó las diferencias de Sánchez con otros barones territoriales.

Gobierno y oposición

Las dimisiones son otro componente de la crisis que viven los socialistas estos días. En el PSOE solo dimite el secretario general cuando no consigue la Moncloa. Cuando llega a la Presidencia del Gobierno renuncia a renovar su mandato. Es lo que hicieron González y Zapatero en 1997 y 2011. El primero dijo adiós en la apertura del 34º Congreso del PSOE. El segundo ni llegó a ese trance y, devorado por la gestión de la crisis, se negó a revalidar el cargo.

Los que fracasaron en las urnas, sin embargo, pasaron por el trago de la dimisión. Almunia tras la derrota en las generales de 2000 y Rubalcaba después de perder las europeas de 2014. Un dato que demuestra que el poder es la mejor amalgama del partido y lo que pone a salvo al líder de cualquier contingencia interna. La intemperie de la oposición, en cambio, fomenta que las filas se resquebrajen y el cuestionamiento del secretario general. Claro que nunca se había llegado a los extremos surrealistas de esta crisis.