Diario Sur

Barberá, ayer. :: efe
Barberá, ayer. :: efe

Barberá busca el calor del PP en su estreno del escaño 301 en el Senado

  • La exalcaldesa, muy desmejorada, renuncia a más de 2.000 euros extra en el Grupo Mixto y sus funciones quedan reducidas al mínimo

madrid. El bolso de Rita Barberá ocupaba ayer el escaño 301, reservado al Grupo Mixto, cuando a las cuatro de la tarde la megafonía del Senado llamaba a asistir al pleno. La exalcaldesa de Valencia, relegada ahora a la última fila del hemiciclo, se entretenía conversando con antiguos compañeros de partido, como los senadores canarios Mariano Hernández o Claudio Gutiérrez. Junto a ellos, en un sillón que no era el suyo, trató de encontrar acomodo el día de su reaparición tras haber sido forzada a abandonar el PP y mientras la oposición censuraba que haya convertido la Cámara alta en su trinchera.

No le será fácil pasar desapercibida en el Senado. Su resistencia a abandonar el acta le garantiza que sólo el Tribunal Supremo podrá investigarla por presunto blanqueo de capitales en el grupo popular del Ayuntamiento valenciano y que semana tras semana tendrá que soportar la presión de una Cámara que le señala la puerta de salida.

En el orden del día sobrevolaba, de hecho, su continuidad como senadora. El PP, libres sus filas de la exalcaldesa, resolvió estrenar la legislatura con una propuesta de Pacto de Estado por la Regeneración y la Calidad Democrática que Barberá, tozuda, aplaudió desde su rincón.

Los populares se quedaron solos en la defensa del acuerdo. No consiguieron sumar voluntades a sus votos, aunque los apoyos eran innecesarios al alcanzar en solitario la mayoría absoluta de la Cámara alta. Desde la izquierda, Compromís instó a la disolución de un partido «imputado», reclamó al PP no tirar «su basura» al Mixto y Unidos Podemos señaló a Barberá como símbolo de la falta de «regeneración» en la primera fuerza política. A esa hora la exalcaldesa, que se había ausentando brevemente, parecía estar absorta en su móvil. Nombrada desde la tribuna, sin embargo, levantó la mano en un gesto taurino, como en sus mejores tiempos cuando le faltaba ruedo en la plaza de Valencia para congregar a sus seguidores. De hecho, a lo largo del día hubo momentos en los que quiso creer que nada había cambiado. Especialmente cuando se acercó a compartir mesa a la hora del almuerzo con un grupo de senadores valencianos, entre los que se encontraba el expresidente regional, Alberto Fabra, quien días antes había reclamado a Barberá estar «a la altura de las circunstancias».

La sombra de un referente

Bailar de la soledad de su escaño al sillón más cercano al PP en busca de compañía no fue lo peor para la exalcaldesa. Pareció desorientada a su llegada a la Cámara en medio de una nube de cámaras que apenas permitía su avance. Estaba citada para participar en la reunión del Grupo Mixto en la que se iba a decidir un nuevo reparto de funciones tras su incorporación. «Les ruego, por favor, por sus propios medios, que me dejen pasar, no quiero ningún problema», trató de abrirse paso con un rostro desmejorado y un tono de voz inusualmente débil. Una vez dentro anunció su decisión de no ejercer la portavocía rotatoria del Mixto y rechazó, además, la parte proporcional que le corresponde de la subvención del grupo, más de 2.000 euros mensuales.