Aquel verano de Rafael de la Fuente: Un viaje iniciático

Relax. Rafael de la Fuente, en la reserva del Vallée de Mai, en las Seychelles.
Relax. Rafael de la Fuente, en la reserva del Vallée de Mai, en las Seychelles.

En septiembre de 1993 recorrió algunas de las islas más hermosas del Índico, donde aprendió que un desarrollo turístico sostenible es posible

Nieves Castro
NIEVES CASTROMarbella

Por su vida profesional, los veranos de Rafael de la Fuente (Málaga, 1941) tienen un punto novelesco. En una conversación puede sacar a relucir sin darse cuenta anécdotas relacionadas con un buen puñado de aristócratas europeos, estrellas norteamericanas de cine y artistas e intelectuales de fama internacional, a los que ha tratado en los hoteles donde ha desempeñado desde funciones de recepcionista a director. Sorprende que cuando se le pide que rememore un verano épico deje de lado aquellos en los que, por ejemplo, conoció a la actriz Brigitte Bardot tras la recepción del antiguo Hotel Santa Clara de Torremolinos o al escritor John le Carré cuando ya dirigía Los Monteros en Marbella. Incluso esos otros en los que entró en contacto con la buena hornada de cocineros que salió de La Cónsula en su etapa de director entre 1994 y 2006. Suelta sobre la mesa su inseparable sombrero panamá que hace inconfundible su silueta. Toma aire. Duda entre el verano del 57 y del 93. Finalmente se decanta por este último. Un verano que no está asociado al nombre de ningún famoso, sino a un viaje que realizó al Índico junto a su mujer, Concha. Aquel viaje por las Seychelles e isla Mauricio marcó para siempre su vida profesional y personal: descubrió que el desarrollo turístico no tiene porqué pagar el peaje de la destrucción medioambiental y paisajística.

Rafael de la Fuente

Su figura está vinculada al auge y consolidación de la Costa del Sol. En Marbella estuvo al frente de Los Monteros y Don Carlos. Además, ejerció como máximo responsable de otros dos establecimientos de cinco estrellas, Villamagna de Madrid y Palm Beach de Maspalomas. Fue director de la escuela de hostelería de La Cónsula

De la Fuente confiesa que nunca ha narrado en público este episodio y se afana en recordar cada detalle. Para la ocasión ha desempolvado su cuaderno de bitácora. El viaje se gestó por casualidad unos meses antes en Frankfurt, adonde había sido invitado a la presentación del nuevo programa de la agencia de viajes Airtours International para el verano de 1993. Al evento asistían más de un centenar de vendedores ‘top’ de los principales touroperadores de Alemania. Cada hotel hacía su presentación y De la Fuente les habló de las maravillas de la Costa del Sol y del hotel donde entonces trabajaba en Marbella, Don Carlos, el antiguo Marbella Hilton. Recuerda que al final de aquel maratoniano evento se acercaron dos personas, la delegada de turismo de las Seychelles y la directora de Ventas y Marketing de la Beachcomber Hotels, la cadena hotelera líder de isla Mauricio. Fue invitado junto a su mujer a visitar ambos destinos. «Era más que un privilegio. Acepté en aquel mismo momento», recuerda.

El 9 de septiembre la pareja voló de Londres a Mahé, la isla principal de las Seychelles. De allí, en un pequeño bimotor de la Air Seychelles a Praslin, la isla mágica. «Siempre asociaré a esa isla y la milagrosa reserva natural del Vallée de Mai con el descubrimiento de una realidad turística nueva. Por mis experiencias profesionales, había llegado hacía tiempo a la conclusión de que era inevitable que el desarrollo turístico en las costas mediterráneas llevara casi siempre una contrapartida de destrucción medioambiental y de deterioro de patrimonios culturales y paisajísticos muy importantes. No era así en las Seychelles en aquellos años. Las 112 islas del archipiélago funcionaban de maravilla», afirma todavía con entusiasmo. Cuenta que el presidente de entonces, el abogado France-Albert René había decretado que las islas eran la casa de todos y que ninguna construcción se elevaría por encima de los cocoteros. La arquitectura autóctona era sagrada, como la utilización exclusiva de la madera, el granito isleño, con sus tonalidades rosáceas, la palma y el brezo. Las leyes eran sensatas y sencillas y todos las acataban.

Vehículos y tortugas enormes

Cuando llegaron al bungalow asignado en el hotel La Reserve, en la ensenada de Petit Cour, realizaron otros sorprendentes descubrimientos vinculados a un desarrollo turístico que les era ajeno. «Nos dijeron que en la isla de Praslin no había ladrones. Todo se podía dejar abierto. Gracias a la brisa marina, no era necesario el aire acondicionado. Ni de día ni de noche. Unas pequeñas salamanquesas de color verde esmeralda que andaban por la techumbre de brezo eliminaban los insectos, inofensivos. No había mosquitos. Los pocos automóviles cedían el paso a las enormes tortugas. Todo el mundo era amable. Y la playa estaba a unos metros de nuestro dormitorio», rememora.

La otra mitad de esa inolvidable estancia del 93 sería en la isla de Mauricio, la antigua Île de France, la otra joya del Índico, más al sur. «Más sofisticada y de mayores dimensiones que las Seychelles y marco de algunos de los mas deslumbrantes hoteles del planeta», apunta este experto turístico. La pareja se alojó en el hotel Paradis, «inolvidable en muchos aspectos y donde pude aprender tanto...». El momento no lo olvidará: «allí, sentado una tarde junto al mar, llegué a la conclusión de que existían otras soluciones en ese mundo fascinante del turismo». El Vallée de Mai de Praslin le había marcado e isla Maurico le concedió el sosiego necesario para darse cuenta y asimilar lo aprendido para ponerlo en práctica. Años más tarde entraba a formar parte como colaborador voluntario de la Convención Europea del Paisaje del Consejo de Europa. Dice que se lo debía a su oficio y a su tierra andaluza, pero también a los que nunca dudaron que un mundo mejor para todos es posible.

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