NO TINC POR

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

AUNQUE parece chino mandarín, es catalán, un idioma precioso que estuvimos a punto de perder si las cosas hubiesen durado un poco más. La frase es perfecta, oportuna, suena inigualablemente bien si se corea en multitud. En castellano sería no tengo miedo lo que es igual de valiente pero nada musical. En inglés, I am not fraid, que evoca el título de un musical, en francés, je n'ai pas peur que suena como el nombre popular de la parotiditis epidémica y en italiano, para no seguir aburriendo y porque hasta ahí llego, Io non ho paura que no puede compararse... aunque las comparaciones, ya se sabe. Por respeto al sitio desde donde escribo hoy me habría gustado consignar como se dice en mapucundún, pero no lo sé y lo más probable, si seguimos a don Alonso de Ercilla, la expresión miedo no está en su lenguaje. Averiguaré.

Había querido no hablar de la atrocidad de Las Ramblas pero no puedo. Cualquier otro tema, dada la proximidad de la salvajada, en el tiempo y en el espacio, hace que se vea banal y hasta irrespetuoso y fuera de tono. He sostenido que es mejor no airear demasiado los atentados terroristas porque se les hace el juego a los malos. Cuando, a primeros del siglo pasado, se pusieron de moda los magnicidios -en Portugal, como se sabe, se cargaron al rey y al príncipe heredero, en España, Mateo Morral casi lo consiguió, limitándose a amargarle la vida y el día de su boda al monarca, en Austria, cobró el archiduque y su abnegada esposa, con resultados imprevisiblemente funestos- la gente no se sentía concernida porque la mayor parte no era de sangre real, ni siquiera azul y se estimaba que estas desgracias iban en el sueldo. Pero, cuando ves que se atropella a la vecina del quinto y que la sobrina de un amigo está en la UCI empiezas a pensar que esto te podía haber ocurrido a ti y que igual, si Dios no lo impide, puede acontecerte en el futuro. Y, entonces, según los cálculos de los autores del desaguisado, se consigue el propósito. Te invade el terror y cambias tu modo de vida. Pero si no te enteras, se frustra el plan. Hemos entrado en un círculo vicioso. Suceden tantas cosas que la magnitud de la barbaridad tiene que ser muy importante para que llame poderosamente la atención. Se va a más. Hace unas décadas, un simple apuñalamiento en la calle de un indefenso ciudadano habría sido objeto de comentarios y de primeras planas durante semanas. Hoy, de un suelto en páginas interiores. Aunque lo hubiese reivindicado el maligno. Calidad de la víctima, difícil de obtener porque ya las autoridades no se inclinan sobre los escaparates de las librerías de la Puerta del Sol sino van en automóvil blindados con escoltas y, además, salvo honrosas excepciones, leen poco. Entonces, a por la cantidad. Antes que a un bandido se le ocurriese esta nueva modalidad había que esforzarse, comprar explosivos, montar una bomba, arriesgar la vida. Ahora, el terrorismo está al alcance de la clase media. Cualquier infeliz puede hacerse con un vehículo y transformarlo en un arma mortífera.

No he dejado de preguntarme estos días qué es lo que pasa por la cabeza de los desalmados en cuestión para tramar una brutalidad de estas dimensiones. ¿Qué les han hecho los inocentes viandantes que pasean con sus niños, con sus novios, con sus amigos? ¿Qué le hemos hecho la sociedad entera además de acogerlos, dales una nacionalidad, tratar de educarlos, otorgarles asistencia médica, incorporarlos a nuestro modo de vivir, abrirles las puertas de nuestra cultura, respetar las suyas, más allá de lo respetable, matrimonios concertados, ablaciones varias, sujeción marital, velos, burkas...? ¿Qué quieren, por qué arriesgan su miserable existencia, qué persiguen? ¿Tan mal los hemos tratado? ¿Tantos perjuicios les hemos causado? ¿Por qué se han jurado ser nuestros enemigos? ¿Qué clase de guerra es la que nos han declarado?

Cada vez parece que nos acercamos al blanco. Hace un par de semanas llevé a pequeño Nicolás -al mío, no se confunda- tres veces a la zona cero. Y si me lo dejan, volveré a llevarlo.

No soy muy corajudo pero jo tampoc tinc por.

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