SUCEDÁNEOS DE LA GUERRA

ABOGANDO NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

SEGÚN nos cuenta la historia, el primer siglo de nuestra era fue de orden y paz. Es cierto que la tierra era bastante más reducida, por lo menos la que se conocía, por lo que el aserto es discutible porque no se registraba si los chichimecas y los chiricahuas se llevaban bien en aquellos tiempos o si estaban a matarse, en caso que por su proximidad geográfica pudieran hacerlo. En cualquier caso, a lo largo del tiempo es difícil encontrar un período tan prolongado donde no nos hayamos empeñado en sacarnos los ojos. Parece que últimamente hubiésemos llegado a un grado de madurez aceptable ya que llevamos más de setenta años sin dispararnos de manera sistemática. Es cierto que ha habido guerras pero podríamos decir que de menor cuantía. En Corea, Vietnam, los Balcanes, Siria, Irak se ha exterminado a mucha gente -para ellos, mis respetos- pero no se ha globalizado el conflicto como en las dos conflagraciones del pasado siglo o, en otra dimensión, la guerra de Sucesión, de los Treinta Años y otras epopeyas de las que no deberíamos sentirnos orgullosos. Hasta aquí, todo muy bien.

Pero, siempre hay un pero, la bestia que llevamos dentro está buscando otras vías de escape, otras oportunidades de expresarse. Tradicionalmente, se iba al campo de batalla, se cometían tantas atrocidades como se era capaz, se volvía a casa -o no se volvía según las circunstancias- se recibía unas cuentas piezas de latón, laurel u otro material y se dedicaba el resto de la vida a contar batallitas a los nietos. Hoy por hoy no existe ese, llamémosle, desahogo. Es preciso seguir atado a la rutina cotidiana, a la fábrica, al taxi, al despacho. Soportando colas, esperas, dificultades, malos modos, aglomeraciones, jornadas largas, congestiones en el tráfico, noticias desconsoladoras, regañinas domésticas. Todo sin una compensación visible. Sin medallas, condecoraciones, bandas, lazos que están, parece, reservados a otros, generalmente desconocidos. Si no hemos sido objeto de una esmerada educación donde alguien se ha esforzado en enseñarnos la diferencia entre un primate y un filósofo, entre el bien y el mal, entre lo que puede y debe hacerse en cada caso, es posible que emerja el animal y entonces, ¡cuidado!

Porque ¿qué otra explicación puede darse al clima de violencia extrema en que estamos sumergidos? No es necesario viajar a los Estados Unidos para apreciarlo. Es cierto que sólo en estos menos de dos meses que llevamos de año han sido tiroteados mil y pico ciudadanos varios de los cuales se han quitado de fumar pero no debe olvidarse que allí es más fácil adquirir un arma que entrar a una discoteca o adquirir alcohol. Ni a México, en reñida y triste competencia. Me refiero a las atrocidades que leemos todos los días en la prensa y vemos en los noticiarios de la televisión cuando hacen un hueco dentro del bloque que se refiere al del contundente flequillo vecino actual de Aurora. Un fulano asesta treinta puñaladas a una pobre e ilusionada mujer que confiaba en enmendar su suerte. La conocía hacía tan poco que es imposible encontrar la más mínima explicación de esa brutalidad. Una jovenzuela que maltrataba a un angelito ante la impasibilidad de su madre, de una edad que, si nada o nadie lo evita, verá a sus tataranietos. Una inglesa de Marbella que termino ahogando sus penas y desavenencias con su marido en las saladas aguas del Mediterráneo, de manera tremendamente involuntaria, niños que humillan a un compañero de clase, muchachitos que no han entrado todavía la adolescencia que cometen delitos de envergadura y que por mor de una legislación protectora no pueden ser imputados, hijos que matan a su madre como un moderno Nerón y otros que maltratan a los que les dieron el ser..

Me dirá Ud. que esto ha pasado siempre y que no lo sabíamos porque los medios de información no son lo que eran. Disiento y lo siento. Soy contemporáneo de «El Caso», quizá el único periódico que podía publicarse sin pasar por la censura y que empleando ávidos periodistas rebuscaban en toda la basura publicable en aquellas épocas y tenían que estirar las informaciones que trasmitían por su escasez. Hace unos años se emitió una serie sobre famosos crímenes y se compuso de una docena de capítulos que abarcaban una eternidad.

A lo mejor, valdría la pena enviar a unos cuantos a las Cruzadas.

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