Semana decisiva

Semana decisiva
La lupa

Las partes enfrentadas en la negociación del convenio de hostelería tienen la obligación de ponerse de acuerdo cuanto antes

Héctor Barbotta
HÉCTOR BARBOTTAMarbella

Por suerte para la economía de esta ciudad y por desgracia para aquellos a quienes les gusta disfrutarla sin agobios, el verano en Marbella comienza antes que en muchos otros lugares. Hace ya semanas que se ven turistas por las calles y en cafeterías y restaurantes, y cuando acabe el Ramadán, el jueves que viene, seguramente su presencia será más notable todavía. El prólogo a otro verano de lleno total. Para entonces la negociación del convenio de hostelería habrá entrado en su etapa decisiva.

Todavía no se ha llegado a esa situación en que la tozuda realidad obliga a abjurar de la obligación de ser optimista, pero la temporada alta no parece este año acercarse de la mejor manera. La amenaza de huelga en pleno verano empaña unas previsiones de ocupación acordes con el auge de los últimos años. Un poco mejores, incluso. Las previsiones, sin embargo, se pueden quedar en eso si la huelga pasa de la advertencia a los hechos.

Aunque las alarmas se han levantado con razón, no es ésta la primera vez que una amenaza de huelga cubre con nubarrones el inicio de la temporada estival. No debe desestimarse la posibilidad de que la medida de fuerza finalmente se concrete, pero tampoco hay por qué olvidar que todo esto forma parte de un órdago, de una herramienta legítimamente utilizada en mitad de una negociación. Sin embargo, aún situándose en la posición más optimista no se puede descartar que el propio anuncio, por sí mismo, haga efecto y tenga su repercusión en la planificación que los potenciales visitantes hagan de sus vacaciones y por lo tanto en la evolución de las reservas. Es posible que si esto no se soslaya con prontitud, la solución llegue cuando las consecuencias sean ya inevitables.

Por eso es oportuno preguntarse cómo se ha llegado hasta aquí y por qué ha aparecido un conflicto en un sector que ha vuelto a vivir un momento de auge después de haber sabido sobrellevar la crisis con una gran dosis de esfuerzo, tanto por parte de la patronal como de los trabajadores.

La respuesta es, en apariencia, sencilla. Así como la crisis obliga por su propia dinámica a apretar los dientes y preocuparse sobre todo en no perder lo poco que se tiene, cuando llegan las vacas gordas no parece haber motivos que impidan que cada uno reclame el vaso de leche que le corresponde.

Después de que el escenario de crisis diera lugar a un retroceso del empleo en cantidad y en calidad -del que las 'kellys' pueden dar dramático testimonio- es la hora de recuperar terreno perdido. Si es verdad que con la crisis han perdido todos, es lógico que la recuperación se deje sentir en las cuentas de resultados, pero también en los salarios.

Los empresarios recuerdan que para mantener hoteles en funcionamiento y puestos de trabajo se vieron obligados a endeudarse y que aunque la situación ha mejorado las deudas contraídas siguen ahí y hay que pagarlas. También es cierto que el gobierno que se acaba de ir penalizó las retribuciones no salariales, a costa del bolsillo de las empresas, como nunca antes. Una verdad que los empresarios no han sabido o no han querido explicar. Esa es una parte de la verdad y debe ser tenida en cuenta. La otra es que es necesario alejar cualquier sospecha de que existe la tentación de mantener condiciones salariales y laborales propias de la recesión con la excusa de una situación que ya no existe.

Hace ya casi dos años que el presidente de AC Hotels by Marriot, Antonio Catalán, a quien difícilmente se lo podría acusar de ser un infiltrado de un sindicato anarquista en los círculos de poder empresarial, advirtió de la ilegitimidad de que algunas empresas hoteleras mejoren su cuenta de resultados a costa de bajos sueldos y de empeoramiento de las condiciones de trabajo, y recordó que el principal capital de las empresas turísticas son precisamente las personas. Su prédica, sin embargo, parece no haber calado lo suficiente. Por el contrario, algunos de sus colegas lo acusaron solapadamente de montar una campaña de marketing personal al margen de cualquier solidaridad corporativa. Pero la realidad era que en no pocos hoteles se externalizaban ilegítimamente servicios unas veces para subsistir y otras, por simple codicia.

Mucho más recientemente, el presidente de la Confederación de Empresarios de Andalucía, Javier González de Lara, afeó a la patronal hotelera, Aehcos, su aparente poca disposición a alcanzar un acuerdo frente a la buena voluntad de los sindicatos y de Mahos, la patronal de bares y restaurantes.

El viernes, en una entrevista concedida a SUR, el presidente de Aehcos, Luis Callejón Suñé, se despachó con unas declaraciones en las que afirmó que la intención de la patronal hotelera no es maltratar al trabajador (menos mal), sino la de tener una industria más flexible. En honor a la verdad debería haber dicho «aún más flexible», ya que pocos sectores menos rígidos que, precisamente, el turismo. Ni siquiera flexibilidad es un término que se pueda estirar sin límite.

Ya se ha cometido el error de llegar a las puertas del verano sin los deberes hechos. Hasta los más inexpertos deberían saber que los convenios de hostelería se comienzan a negociar en octubre y se suscriben, como muy tarde, en marzo. A partir de ahí las soluciones empiezan a ser urgentes y, por lo tanto, más caras. Haber llegado hasta aquí sin un acuerdo ya supone un error suficientemente grave. La semana que comienza será decisiva para evitar que el disparate vaya a más.

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