SACRIFICIO CERO

ABOGANDO NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

UN bienaventurado grupo de ciudadanos y algunos partidos políticos han acuñado esta frase sinónima de “Marbella, ciudad libre de sacrificios”. Me había entusiasmado con la noticia. Mi primer pensamiento fue que de alguna manera se mejoraría aún más nuestra calidad de vida y no tendríamos que hacer esfuerzos para sobrevivir. Es que pensaba en la quinta acepción de la palabra, peligro o trabajo graves a que se somete a una persona. Pero no, estábamos hablando de la tercera, matanza de animales, aunque no especialmente para el consumo. Me alegro también. Me he enterado que había una ordenanza, un pliego o una ley autonómica que autoriza eliminar a los pobres animalitos que, abandonados, no son reclamados o adoptados en un brevísimo plazo, diez días, creo. El amigo Jan que lidera una asociación que lamentablemente tiene las mismas siglas de grupo parapolicial y terrorista de extrema derecha de triste recuerdo en una nación hermana del hemisferio sur, se ha puesto en marcha y, juzgando por la amplia sonrisa con la que fue fotografiado junto a las autoridades municipales -que están bastante más serias en la imagen- está consiguiendo su propósito. Le felicito y le sugiero que sea más ambicioso en la denominación de su institución. Tiene cuatro letras -lo digo con todo respeto- por lo que, aunque no suene tan bien, podría denominarla cuádruple A.

Tarde hemos reaccionado los seres humanos en materia de respeto a nuestros compañeros de viaje. Después de siglos de considerarlos simples cosas estamos modificando su configuración y atribuyéndoles derechos y casi personalidad jurídica. Cuando me enseñaron derecho civil aprendí que los bienes se dividían en muebles e inmuebles según se pudieran trasladar de un lugar a otro sin alterar su sustancia y que aquellos se dividían en corporales e incorporales. Los primeros se subdividían en semovientes, si se podían trasladar por si mismos e inanimados que requerían de una fuerza externa al efecto. Estas clasificaciones están superadas porque se entiende que no es comparable un cachorrillo a un adoquín, por ejemplo.

Fue una Abogada, hace casi 40 años y en los Estados Unidos, la que creo la primera fundación para la defensa legal de los animales con el objeto de proteger sus derechos. El tema tiene muchos seguidores y se ha llegado a crear una asignatura en los currículos de las facultades en un montón de universidades. En los Colegios de Abogados -el nuestro no podía estar ajeno al fenómeno- se han creado comités y comisiones para aunar esfuerzos y profundizar en una disciplina novedosa que exige que derribemos criterios consolidados pero que adolecen de una evidente obsolescencia. Nadie hoy defiende que se pueda abusar impunemente de su mascota o de la res que pasta en su finca. Lentamente se va abriendo camino la proscripción de festejos en los que las bestias llevan la peor parte. Y pido perdón por la utilización de este apelativo por si alguien se siente ofendido pero lo hago solamente para no repetirme demasiado. Las corridas, vuelvo a pedir perdón, el toro embolado, enmaromado o ensogado, el de la Vega, la cabra que se precipita -no motu proprio, evidentemente- desde el campanario, las peleas de perros están en vías de extinción como tantas especies que hemos tratado de exterminar y, en algunos casos lo hemos conseguido. Es de mal gusto tener una alfombra con una cabeza de tigre seguida de su envoltorio o colgar en el salón la cabeza de algún felino con ojos de vidrio. Ir a cazar elefantes es peor que pegarle al padre según juzgó el respetable y lucir un abrigo de visón requiere cierto valor y estar dispuesto a arriesgar que venga uno con un spray y lo decore en señal de protesta. No sé si esta protección llegará a alcanzar a los simpáticos ratoncitos que nos sirven como cobayas para experimentar los avances de la medicina. Había uno que los comparaba con las víctimas del siniestro monstruo aquel que escapó y murió en su cama. Los hay exagerados, a fe mía.

Me han dicho que hay una teoría que defiende que los animales deberían tener tantos o más derechos que los humanos porque son los auténticos aborígenes del planeta. Estaban aquí antes de la llegada del hombre (y de la mujer, claro) que habría venido a colonizarles. No casa muy bien este postulado con don Charles ni con aquel célebre juicio de Dayton en Tennessee.

¡Qué razón les asiste a Diógenes de Sínope y a mi cuñado Rodrigo!

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