LA MÁS QUERIDA

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

Y se nos va. Confieso que me va a costar pasar por calle Enrique del Castillo sin poder detenerme a mirar las últimas novedades editoriales y los siempre presentes libros de mis compadres que han honrado de modo singular esta tierra. Vendrá otro bar con sillas en la acera que dificultará el paso y aportará poco al decorado. Se entiende pero se lamenta. Quizá el alquiler del local es más rentable que el quemarse las pestañas cuadrando inventarios, recibiendo y devolviendo periódicos, atendiendo pesados que preguntan por el único ejemplar que ya se ha vendido, que no ha llegado o que se agotó hace muchas lunas. Todo con un margen muy escaso porque tiene que ganar el autor, el editor, el impresor, el transportista y lo de menos para el librero. Cada día se escribe más en cantidad y volumen porque en calidad, la cosa es muy discutible. La profusión de escribidores es tal que resulta imposible, o casi, leer a los clásicos y mantener unas existencias asumibles. No sé si aún la gramática es asignatura obligatoria en la educación primaria pero, a juzgar por los resultados, parecería que la sintaxis, por lo menos, ha pasado a ser un misterio para la mayor parte de la humanidad. No digamos nada de la ortografía. Hay algunas obras maestras de la forma como no se debe redactar con oraciones subordinadas, incisos y toda clase de tropezones. Hay un párrafo de una carta dirigida por un prócer, que fue fugaz mandamás de su partido, a otro que todavía, parece que por poco tiempo, lo es en la que, en ciento treinta y siete palabras, comete varios errores, a saber: le faltan cinco comas, le sobran siete, también dos tildes, se come unos necesarios dos puntos, se reparten mayúsculas y minúsculas, en fin. Parece una misiva redactada por el abominable hombre de las nieves. No tiene ni un punto seguido, conjuga los verbos a placer y se despacha con una cita de autoalabanza. Debería repartirse en las escuelas. Y eso que como todos escribimos con la ayuda de un programa informático, redactamos con red. Cuando la palabra no existe se colorea en rojo y cuando halla una falta de concordancia, se subraya en verde. Es cierto que, a veces, el programa no está al día de las expresiones que acepta como buenas la Academia pero, en caso de dudas, la informática vuelve en nuestra ayuda ya que el Diccionario del Tricentenario está en la red y gratis por lo demás. Es cuestión de teclear la palabra y agregar RAE y la docta institución viene inmediatamente en tu ayuda.

Nada de esto me consuela. Ya no me podré inclinar frente al nutrido escaparate recordando al presidente del gobierno cuya curiosidad literaria dio facilidades al desalmado que acabó con su vida hace más de un siglo. Por cierto, había tantos locales de venta de libros en el llamado kilómetro cero que precisar el lugar donde había caído resultaba difícil. Había para todos los disgustos y cada uno se disputaba el dudoso honor. Otros tiempos. Hoy sólo hay cafeterías y tiendas de recuerdos.

Hay que agregar otros placeres al de rebuscar en los anaqueles doblando el cuello a diestra y siniestra hasta que los impresores se pongan de acuerdo en el sentido del título y del autor en el lomo. En Palma hay unos locales donde te puedes perder y mientras curioseas unas chicas estupendas te ofrecen café y bebidas aunque no compres nada. Nunca había visto ediciones tan originales, diseños tan atractivos, temas tan sugerentes. Nuestra futura ausente creaba un ambiente así en épocas gloriosas de Marbella. Tertulias con actores, príncipes e intelectuales.

Hay que esforzarse para derrotar la venta por internet desde un establecimiento singular. Mi Álvaro, que es una fiera en esto de las redes sociales, consigue lo que le pidas con un proveedor que evoca el río gordo de Sudamérica y a las guerreras de la antigua Grecia. Los precios son competitivos y el despacho es súbito. A veces llega el pedido casi antes de haberlo formulado y con su correspondiente factura con IVA desglosado y todo. Me resisto al comercio electrónico, más que nada por atavismo, pero conmigo o sin mí, vencerá.

Por suerte nos queda Rafa que se desvive por atender mis modestos requerimientos. Pero me temo que podremos, dentro de poco, parafrasear aquello de Marbella, ciudad bravía, la de las mil tabernas y una sola librería.

Una Medalla de Oro bien solicitada y merecida.

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