MARBELLA FUE MARBALLA

CATALINA URBANEJA ORTIZ

BAJO este sugerente título, el doctor Virgilio Martínez Enamorado impartió una conferencia, enmarcada en el ciclo organizado por Cilniana en torno a los Talleres Infantiles de Patrimonio, que acogió a un amplio grupo de personas interesadas en la historia de al-Andalus. En su disertación, mostró un sugestivo abanico de hechos contrastados sobre la evolución de aquella antigua ciudad andalusí denominada Marballa integrada en la cora de Rayya, por entonces una alquería en expansión, que adquirió entidad propia a partir de la capitalidad de Archidona.

Lo que los castellanos llamaron la Tierra de Marbella, había tenido su precedente en época islámica, en una sociedad que se fue construyendo lentamente a lo largo de ocho siglos y que configuró un territorio con características propias. Era su alfoz, compuesto por numerosas alquerías, la mayor parte de ellas ubicadas en un traspaís cuyo centro rector era la medina de Marballa, que fue alcanzando relevancia a partir de la segunda mitad del siglo X. Este desarrollo urbano, auspiciado por un movimiento migratorio cuyas razones desconocemos, pudo ser debido a la llegada de los campesinos de su alfoz y que constituyó el punto de partida para su transformación en ciudad. Una apreciación emanada del análisis de la producción historiográfica de los viajeros árabes que pasaron por ella.

Escribió al-Idrisi que, «Marbella es una ciudad pequeña, pero de carácter plenamente urbano»; en tanto que al-Himyari, que también incide en calificarla como ciudad, aporta una curiosa información sobre su fortaleza: «es una ciudad pequeña, amurallada [con muros] de construcción antigua. Es una [fortaleza] sólida, difícil de ser expugnada», o al-Jatib, cuando pondera su riqueza pesquera y sus viñas, «que dan una uva excelente».

En líneas generales, la Marballa medieval era una urbe activa, con calles llenas de gente, su mezquita muy frecuentada los viernes y una alcazaba cuyos recios muros protegían a sus vecinos. Los cronistas hablan del puerto, del castillo, de la exquisitez de sus higos y la riqueza de sus sardinales. Un mundo variopinto que hacía de Marballa una próspera ciudad, hoy conocida en parte gracias al libro de Virgilio, Cuando Marbella era una tierra de alquerías. Sobre la ciudad andalusí de Marballa y sus alfoces, publicado en 2009.

Con la conquista de los Reyes Católicos se produjo una profunda transformación, especialmente en la capital jurisdiccional, cuyos vecinos se vieron obligados a abandonarla para iniciar un exilio forzoso que encontraba su respaldo jurídico en las capitulaciones. La consecuencia más lamentable de aquel éxodo fue la despoblación del litoral, ya que inmolaron a sus alquerías en aras de la necesidad de la Corona de saldar las deudas contraídas durante la guerra y repoblar Marbella con cristianos viejos. De aquel alfoz serrano sólo quedaron tres pueblos -Benahavís, Istán y Ojén-, como testimonio de esta desmembración territorial.

La expulsión de los musulmanes, unos emigrados al Norte de África y otros a las tierras del interior, seguida de la implantación del sistema castellano, son hitos que inciden en las dificultades que tuvieron las ciudades costeras para sobrevivir a un periodo convulso en el que los rebatos y los apresamientos de personas realizados por los berberiscos para obtener un rescate, sumían a sus habitantes en una continua zozobra.

Si la cultura nazarí desapareció bruscamente del medio urbano, no sucedió lo mismo con los pueblos del interior ya que, aquellos nazaríes sometidos, continuaron con la explotación de sus campos, la producción de seda o la pasa de lejía que, desde el puerto de Marbella, se exportaba a otros países europeos. Primero fueron mudéjares, más tarde moriscos, pero independientemente de la nominación que se les atribuyera, estos andalusíes constituyeron una cultura en resistencia que sobrevivió en el antiguo Reino de Granada hasta la deportación decretada tras la rebelión de 1569.

¿Y qué fue de aquella Marballa medieval? ¿Adónde fueron sus habitantes nazaríes? La primera desapareció con la llegada de soldados-colonos, nobles acreedores de la Corona, e instituciones eclesiásticas. Todos generosamente compensados con unas tierras expropiadas, cuya extensión variaba según la capacidad de cada receptor para hacerlas productivas. A los naturales, los 'marbelíes', sólo se les ofreció la opción de emigrar al Norte de África en las naves facilitadas por los Reyes. Los que se quedaron, acaso los menos, se marcharon a los pueblos del interior sin otra expectativa que la de ser acogidos por parientes y amigos para iniciar una nueva andadura.

De forma pausada pero constante se van aclarando enigmas de un pasado andalusí del que apenas si nos queda como fiel testigo parte de su toponimia, materia en la que el doctor Martínez Enamorado es un experto. Su afán por desvelar secretos que han permanecido ocultos durante tantos años, nos adentra cada vez más en un tiempo ignoto, porque como él mismo afirma, «los historiadores estamos obligados a reconstruir al-Andalus de la mejor manera posible».

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