BARQUITO DE PAPEL

MIRANDO AL MAR JOSÉ MANUEL BERMUDO

LA época digital que estamos viviendo avanza inexorablemente y nos ofrece de manera continua nuevas formas de utilización de dispositivos. Se supone que todos los avances técnicos están hechos para facilitarnos la vida, para ahorrar tiempo y gastos y también para acercarnos el conocimiento. Después cada uno hace el uso que mejor le viene y que, en muchas ocasiones, no suele ser para alimentar una formación humanista y colaborar en difundirla, sino todo lo contrario, para participar en la propagación de los bulos y mentiras que tanta satisfacción parece darles, asunto que debería ser objeto de estudios sociológicos y en algunos casos psicológicos, para intentar averiguar dónde queremos situarnos. En todo caso, no podemos olvidar que son herramientas.

Estos medios de los que hoy disponemos han permitido facilitar el estudio y la investigación, el acceso a documentos antes inaccesibles, la comparación y confirmación de datos y hasta la resolución de problemas científicos. En la otra parte, ha simplificado las formas, ha dado una velocidad vertiginosa a la exposición de noticias, que tal como llegan se van muchas veces, y hasta hay quien ha olvidado el análisis riguroso para dejarse llevar por la avalancha que le invade.

Es complicado vivir sin las nuevas tecnologías, pero no son pocos los que se resisten a que lo invadan todo y sea incompatible con otras formas y modos que siempre han formado parte de nuestras vidas. Por ejemplo, la utilización del papel. Existe un mundo amplio en el que, sin dejar de observar internet o dejar de mirar diariamente las redes sociales, se resiste a mover con deleite las hojas de un libro, del que hasta le llega el olor a tinta. Manejar un ejemplar sin tener que cargarlo con un cable, navegar por sus páginas haciendo anotaciones y reservarlo después en una librería, siempre a la vista, puede ser una forma antigua de funcionar o un enorme placer, dependiendo de quién lo haga, que hay gente para todo.

Es curioso que mientras avanzan las tecnologías también se resisten más aquellos que quieren expresar sus trabajos por escrito y dejar constancia de ellos tal como se ha hecho siempre, manejando entre sus manos un ejemplar y disponiendo de algunos más para regalárselo a sus allegados. Ni que decir tiene la satisfacción de saber que su obra se ha vendido.

En Marbella, por ejemplo, estamos asistiendo últimamente a una proliferación de publicaciones de las más variadas: libros de todo tipo, muchos de ellos centrados en la historia de la ciudad, como el presentado recientemente por la historiadora local Ana María Rubio, «El primer franquismo en Marbella (1937-1959)», que es una obra de intenso trabajo. O diversas novelas de autores jóvenes que intentan encontrar un hueco que dé salida a sus obras al margen de las redes sociales. También las revistas se hacen visibles con mucho esfuerzo, como lo hacía recientemente Cilniana, con sus magníficos estudios históricos y arqueológicos, y en los últimos días «La Garbía», con ciento cuarenta páginas en las que han tenido cabida cincuenta artículos de diferentes autores que han abordado el arte, la literatura, la filosofía, la historia y toda clase de pensamientos que se salen de las lineas comerciales y se agrupan en torno a una intención común de reflexionar seriamente y compartirlo. No hay un fondo económico en estos trabajos. Al contrario, se lucha por mantener la misma linea sin tener que aportar, además, fondos propios. Gracias a una manita de la Fundación Banús en unas ocasiones, y de alguna aislada firma comercial en otras, se consigue cubrir gastos (creo) y los objetivos de difusión. En la tierra del turismo de lujo y del «glamour» también hay inquietudes que buscan un resquicio por el que se aúnen esfuerzos culturales, un barquito de papel que se sostiene frágilmente en medio de un océano de ofertas facilonas. Y resiste.

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