ACONFESIONALIDAD

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

POR supuesto, según la Academia, no es sino la cualidad de aconfesional y aconfesional es el que no pertenece ni está adscrito a ninguna confesión religiosa. España es un estado de esta clase y la Constitución, en su artículo 16.3, con mejorable redacción así lo proclama: «Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones.» Representó un cambio importante en nuestra historia ya que hasta entonces, con el breve paréntesis de la República, una religión había sido la oficial. No se llegó a establecer una laicidad estricta , pura o negativa, como ha aludido a ella el denostado Tribunal Constitucional, siempre sospechoso de ser parcial, ya que no se elimina, como en otros países cualquier mención a esta cuestión sino que se establecen condiciones de igualdad proporcional y colaboración. Me imagino que será uno de los temas que se alterarán en la anunciada modificación de la carta magna.

No se si seré muy suspicaz pero en estos días me han sucedido una serie de pequeños e insignificantes acontecimientos que me han hecho reflexionar. Uno, muy positivo. Nunca, creo, había recibido más tarjetas de Navidad. Otro montón de mensajes electrónicos también me han llegado sin contar con los abominables grupos de WhatsApp que de manera indiscriminada te pellizcan allí donde portes el teléfono móvil y que son absolutamente insinceros y formales ya que los sentimientos y deseos no pueden ser parejos. Otro, de sorpresa. En una Junta General a la que asistí, alguien comenzó su intervención, contraria a la propuesta que hacía la mesa, manifestando que era ateo. No tiene nada de malo padecer así, el pensamiento es libre, pero, que recuerde, es la primera vez que en público oigo esa peculiar y contundente afirmación. Tengo muy presente el ateísmo porque estoy familiarizado con el matemático y profesor Hardy que se preciaba de esa condición y ni siquiera Ramanujan fue capaz de convencerle de que estaba equivocado. Según el indio, claro. Una tercera es que fui cordialmente regañado por un buen amigo a quien le remití un mensaje deseándole paz, salud y prosperidad, algo así como salud, dinero y amor. Reprochaba a la humanidad, a propósito de mi envío, de que ya nadie incluye en sus votos, una mención expresa al nacimiento del Niño Dios. Se anticipó al papa.

Esto me ha hecho pensar. Hace tiempo que alguien con autoridad me dijo que el saludo especial que hacemos a conocidos y amigos por la calle en estos días, complementando el buenos días o el ¡hola! no debía rezar «felices fiestas» sino Feliz Navidad, así, con todas sus letras. He procurado seguir esa admonición lo que me plantea qué decir después del 25 porque, de seguir con la hermosa expresión parecería que me estoy refiriendo a la del 2018 para la que queda un rato. Tampoco el socorrido Feliz Año es muy oportuno porque por mucho que nos esforcemos aún no habría llegado hasta el 1 de enero y también podría algún mal pensado, de esos que no tienen sentido del humor, que es un poco tarde para formular buenos deseos por una anualidad a la que no le quedan más que unas horas. Cuando cambia el calendario se soluciona el problema. Por eso, me refugio en el neutro «felicidades» para que nadie pueda sentirse ofendido ni aludido. Mi amigo Antonio lleva una estadística sobre quién te dice qué y, creo que según él, ganan los agnósticos, los de las felices fiestas.

En todo caso, la palabra que más escucho es «igualmente» un adverbio que me contestan los tímidos, los olvidadizos, los despistados o simplemente aquellos, deben ser los más, que les importa un comino si lo paso bien o mal en estas festividades o si el próximo año me será venturoso, propicio o indiferente. Me conformo que no sea peor que el que se nos ha ido. Si es mejor, miel sobre hojuelas.

Y, para el que haya tenido la paciencia de leer hasta aquí no sólo le doy las gracias como cada semana sino que le deseo muchas felicidades. Un lector es un tesoro.

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