Diario Sur

Antonio Gálvez, en un momento de la entrevista, en la delegación de SUR en Marbella. :: Josele-Lanza
Antonio Gálvez, en un momento de la entrevista, en la delegación de SUR en Marbella. :: Josele-Lanza

«He trabajado procurando ser un hombre cabal, nunca le he cogido un duro a nadie»

  • A sus 82 años y con 54 de ejercicio profesional, el más veterano de los abogados de Marbella sigue recibiendo homenajes. El último, el de sus compañeros

  • Antonio Gálvez Abogado

Junto a los títulos de las cuatro carreras universitarias que fue capaz de sacar para adelante figura el que le llena de mayor satisfacción, el que le acredita como el abogado de mayor edad de Marbella, «y el cuarto o el quinto de toda Málaga», se apresura a apuntar. Guarda la sabiduría de los años y de una carrera profesional incansable e intachable. No se acostumbra a no tener a diario el ajetreo de los juzgados.

-(Acude a la entrevista solo unos días después del homenaje brindado por sus compañeros de la delegación del Colegio de Abogados de Málaga en Marbella. En la solapa de su chaqueta luce la medalla de San Raimundo de Peñafort que el Ministro Catalá le impuso el pasado mes de julio). No para de recibir homenajes, ¿Cómo le sienta?

-Es una alegría para uno mismo y para la familia también. Estoy muy contento, no me puedo quejar. Tiene mucho valor que sean los compañeros quienes te reconozcan. En el homenaje del otro día había más de 100 personas.

-Alguno de ellos recordaba que Antonio Gálvez ha sido un abogado del que nunca nadie ha hecho un comentario adverso. Debe ser complicado en una profesión como la suya.

-He trabajado mucho y siempre procurando ser un hombre cabal. Ha habido otros que se hicieron ricos, yo llevo con orgullo poder decir que nunca le he cogido un duro a nadie. Empecé sin nada y ahora, cuando veo donde estoy, me provoca mucha satisfacción.

-En sus discursos nunca se olvida ni de su mujer y sus hijos, ni de sus orígenes humildes.

-Mi mujer y mis hijos son maravillosos, lo mejor que tengo. No puedo olvidarme de que mi padre era mancebo de botica y los esfuerzos que hizo para que estudiara. Luego me costó empezar, sobre todo en el Seminario. Pasé mucho tiempo que no tenía ni para desayunar. Hoy día, cuando no desayuno, mi mujer me riñe, y yo le digo que es la costumbre (ríe).

-Cuenta que estudió Magisterio, Derecho, Filosofía y para secretario de Ayuntamiento. Y todo ello después de nueve años en el Seminario. ¿Qué le llevó a decantarse por la abogacía?

-La abogacía y la enseñanza son lo que más me ha gustado desde siempre. Como secretario de ayuntamiento estuve muy poco porque no podía seguir tanto tiempo con todo. Me tuve que marchar a Vélez Málaga para hacer el Bachiller porque en Marbella no había, y de ahí me fui al Seminario, donde estuve nueve años. De vuelta a Marbella, ya como abogado, muchos bromeaban preguntándome si era cura. Después me fui a Granada, aunque las cuatro carreras las hice en Salamanca.

-Por si fuera poco llegó a ser concejal del Ayuntamiento de Marbella.

-Sí, fue con Paco Cantos como alcalde. Yo era un disidente de Paco Cantos. Nunca llegué a ser teniente de alcalde. Supongo que porque el alcalde ya tenía bastante con que yo una vez al mes me opusiera a él, y no quería que lo hiciera una vez por semana (ríe).

-¿Cómo ve el panorama político actual?

-El nacional, mal, muy mal. No me lo explico.

-¿Y el local?

-Va bien. Parece que Marbella se ha librado al fin de la mala imagen que dieron los casos como 'Malaya'.

-A usted le tocó defender a alguno de los implicados en 'Malaya' y en 'Ballena Blanca'.

-En 'Malaya' defendí a una concejala, la única que no pisó Alhaurín, aunque después tuve que dejar el caso porque mi estado de salud ya no me permitía estar viajando a Málaga tres veces por semana. En 'Ballena Blanca' mi defendida salió absuelta.

-¿Cree que fue justa la sentencia de 'Malaya'?

-Creo que sí. Quienes se llevaron el dinero están en la cárcel, otra cosa es que la ciudad haya recuperado su dinero. Por ejemplo, a Roca, todo lo que le intervinieron debería pasar a Marbella.

-Fue el primer delegado del Colegio de Abogados de Málaga en Marbella y le tocó vivir una etapa complicada.

-Muy complicada, fue muy duro. Vivimos mucho y teníamos que hacer todo tipo de funciones.

-¿Qué cree que le ha aportado esa etapa?

-La satisfacción de dedicarme a la profesión que más he querido, junto a la docencia, que he ejercido en la Escuela de Práctica Jurídica que abrimos en Marbella. Y luego, haber conocido a personas que han sido grandes amigos, como Antonio Alcalá. Ahora reconozco que echo mucho de menos andar por los juzgados, cruzarme con los amigos, con los compañeros, los funcionarios...

-¿Ve muy cambiada la profesión en estos 50 años?

-En principio sigue igual. No creo que haya cambiado la profesión, han cambiado las leyes y muchos de los asuntos que ahora se tratan y que antes no veíamos, como los que se están discutiendo ahora en el congreso de la abogacía que se está celebrando en Torremolinos.

-Más de medio siglo de profesión dan para mucho. Dígame, ¿recuerda algún caso que le marcara especialmente?

-Sí, el de 'Musculito'. Es el nombre que le puse a un cliente que tuve. Un chaval que se dedicaba al cobro de morosos y que daba unas grandes palizas a quienes no pagaban. Nos hicimos muy amigos. Murió en un accidente de tráfico. Cuando me enteré no me lo podía creer, lloraba como si hubiera sido un hijo mío.

-No me resisto a terminar esta entrevista sin preguntarle por la mítica anécdota de la silla que suele contar en sus reuniones de amigos. ¿Cómo fue aquello?

-Cuando terminé la carrera me fui a Málaga a ver a los abogados más prestigiosos para trabajar de pasante con ellos. Todos me decían: estamos muy contentos de que vengas a vernos pero no hay sitio para ti. Así fue hasta que fui a ver a Alberto Peláez, a quien tengo que decir que llegué a querer como a un padre. Le conté lo que me habían dicho sus colegas. Él me respondió: aquí no hay sitio, pero tráete tú una silla de tu casa y mañana empiezas con nosotros. Lógicamente no me la llevé, y sí tuve un sitio. Son anécdotas de unos inicios que uno siempre recuerda.