Sandra Fernández: «En Bélgica todo el mundo sueña con jubilarse en la Costa del Sol»

A Sandra le gusta pasear con sus perros por los parques de Bruselas.
A Sandra le gusta pasear con sus perros por los parques de Bruselas. / SUR
  • Llegó a Bruselas con su coche y sus «dos perros». Ahora trabaja como maestra de educación especial y como terapeuta en un centro de shiatsu, su gran pasión

Asegura que ha convertido sus dos pasiones, la educación y el shiatsu, en su modo de vida. Aunque nació en Torremolinos y se siente «andaluza en todo el sentido de la palabra», Sandra Fernández vive en Bruselas, donde trabaja como profesora de educación especial para jóvenes de entre 12 y 21 años. Esta malagueña de 36 años tuvo su primer contacto con el shiatsu, la práctica de la medicina tradicional japonesa consistente en presionar con los dedos determinados puntos del cuerpo humano para aliviar dolores, hace más de una década. Pronto se convirtió en algo más que una mera afición y decidió matricularse en la escuela Zen de Alhaurín de la Torre. Tras licenciarse en esta disciplina, Sandra hizo las maletas y se marchó «a ampliar mis horizontes y vivir experiencias nuevas».

Una entrevista de trabajo fue el comienzo de su vida en Bélgica. Ahora alterna su empleo de maestra con su labor terapeuta en un centro médico, aunque ha trabajado como recepcionista, dependienta y asistenta en una clínica dental. A Bruselas llegó «con mi coche y mis dos perros» y le sorprendió que se tratara «de una ciudad con cierto aire de pueblo pero una vocación sumamente europea y cosmopolita». Pasó por varios empleos eventuales a la espera de que le homologaran su licenciatura universitaria para ejercer como profesora, pero no le costó adaptarse a sus nuevas circunstancias: «Me siento cómoda en cualquier sitio y me tomo cualquier dificultad como un reto que superar».

La principal dificultad fue gastronómica. «Daría mi reino por un salmorejo, unas coquinas, un espeto y una ensalada de pimientos con un tinto de verano», confiesa, aunque asegura haberle cogido gusto «a las patatas fritas belgas, las mejores del mundo, y a la cerveza». También el chocolate, el queso y el café belgas tienen «merecida fama» internacional. «Aunque yo me quedo con la comida de mi tierra… ¡y de mi madre!».

Sandra comienza su jornada laboral a las nueve de la mañana y da clases hasta las cuatro de la tarde. Por las tardes recibe a sus pacientes: «Aunque parezca mucho ajetreo, me organizo para tener tiempo libre y pasear con mis perros por los maravillosos bosques de la ciudad, y también me gusta ir a conciertos y exposiciones». La crisis no fue un factor decisivo para salir de España, aunque reconoce que las ventajas fiscales «son un motivo de migración bastante visible».

Sandra explica que en Bélgica «todo el mundo sueña con jubilarse en la Costa del Sol» y a menudo tiene que responder a una pregunta convertida para ella en todo un clásico: ¿Por qué cambiaste Andalucía por Bruselas? «Les parece extraño, porque relacionan España con sol, playa y fiesta, aunque también con crisis». Esta torremolinense asegura que los belgas, por lo general, «son muy amigables».

El peor momento de la estancia de Sandra en Bruselas ocurrió en marzo, cuando varios ataques terroristas dejaron 35 muertos y más de 300 heridos. «Todo el mundo estaba conmocionado. La ciudad es pequeña y a casi todos nos tocó de cerca. Yo conocía a una de las personas que estaban en el aeropuerto aquel día. Los belgas llevaban sin sufrir atentados desde los años sesenta, se notaba una pesadumbre muy grande en las calles», relata.

Por el momento, aunque echa de menos a su familia y amigos, Sandra no tiene pensado volver a Torremolinos: «Soy feliz aquí, pero sé que regresaré algún día».