«El paro que azota en España a jóvenes investigadores frena mi regreso»

Patricia Villarrubia, a la entrada de la Universidad de Estocolmo, en el campus Frescati.
Patricia Villarrubia, a la entrada de la Universidad de Estocolmo, en el campus Frescati. / Sur
  • Patricia Villarrubia, investigadora en la Universidad de Estocolmo

  • La marbellí, que estudia el impacto de la contaminación de plásticos en el océano, ha encontrado en Suecia el entorno propicio para desarrollar su trabajo y continuar su formación

El despertador suena cada mañana a las 6.30 horas. Con las primeras luces, Patricia Villarrubia pone rumbo al centro de investigación ambiental ubicado en la Universidad de Estocolmo, donde desarrolla el proyecto de tesis de su máster en torno a la contaminación de plásticos en los océanos. No es el único trabajo en el que esta marbellí de 27 años se deja la piel. Para poder costear el alto nivel de vida de la capital sueca compagina su estudio con dos empleos. Uno de ellos en SIANI (Swedish International Agricultural Network Initiative) –una organización que sirve como plataforma y red de contactos y de conocimiento a nivel internacional para tratar temas relacionados con la seguridad alimentaria o la disminución de la pobreza en países en desarrollo–. Gracias a este trabajo percibe una beca del Gobierno sueco que le permite, junto a la ayuda familiar y las horas que echa en un restaurante de alta cocina especializado en bodas y eventos, guardarse las espaldas.

Este próximo miércoles se cumplirán tres años exactos desde que Patricia se mudó desde Marbella a Estocolmo para seguir desarrollando sus capacidades en el campo de las Ciencias Ambientales, disciplina en la que se licenció por la Universidad de Granada. Afirma que su campo de estudio está bastante restringido y que la «situación de desempleo» que azota a los jóvenes investigadores frena su regreso a España. «No me cierro puertas –asegura–, pero no tiene sentido para mí volver en estos momentos».

Al margen de las posibilidades laborales que ha encontrado fuera de casa, Suecia ha conquistado a Patricia en muchos otros aspectos. «Mi primera impresión cuando llegué fue que en este país se vive muy bien, por supuesto es caro, pero se vive muy bien. Y con el tiempo mi impresión en este aspecto ha cambiado a mejor», confiesa la marbellí. Entre las virtudes pone como ejemplo la gratuidad de las carreras universitarias y másters para residentes suecos y de la UE y la extensión de las becas del Estado y los préstamos para estudiantes (los residentes europeos tienen que cumplir ciertos requisitos, como es trabajar un mínimo de 40 h/mes).

Personalmente se muestra encantada con el alto grado de concienciación que la sociedad atesora en temas medioambientales y valores feministas e igualitarios. Otro punto a favor de su país de acogida es la gran cantidad de amistades forjadas, pese a lo distante que a priori le resultó la personalidad norteña. «Son más fríos que nosotros y hacer amistades con suecos es generalmente difícil. No obstante, cuando te haces amigo de un/una suec@ sabes que esa amistad es leal y para siempre, o esa ha sido mi experiencia hasta el momento», sostiene la joven.

Estocolmo es una ciudad grande, donde los desplazamientos llevan su tiempo, pero dice sentirse como pez en el agua en una capital acogedora, nada masificada y rodeada de zonas verdes y agua. Patricia añora la primavera y el verano sueco, estaciones en las que el tiempo invita a hacer barbacoas en cualquier sitio «con la impresión de que estás en el campo», y todo gracias a esa percepción de que «la naturaleza se funde con la arquitectura de la ciudad».

Alquileres por las nubes

La máxima preocupación de la marbellí hasta ahora ha sido encontrar un techo para vivir. «Dar con un alquiler en Estocolmo por una duración mayor a dos ó tres meses es misión imposible, sin hablar del precio que tienen», explica la investigadora, que durante su primer año y medio allí tuvo que mudarse ocho veces. Por fortuna ahora comparte piso con una de sus mejores amigas.

Patricia confiesa que desde niña tuvo inquietud por vivir en el extranjero, pero la puntilla que le empujó a tomar la decisión definitiva tiene poco romanticismo. «Con la situación laboral que había en aquel momento y que sigue habiendo ahora en España sabía que no iba a encontrar trabajo de lo mío», se lamenta. Así apostó por Suecia, país que ya conocía gracias a una beca Erasmus. La partida resultó difícil, pero en la actualidad las reglas de juego le gustan y, por el momento, la jugada le está dando la victoria.