«En Uzbekistán las mujeres no llevan velo aunque la mayoría sean musulmanas»

Mariví Bombarelli, en un 'selfie' en la ciudad de Samarkanda.
Mariví Bombarelli, en un 'selfie' en la ciudad de Samarkanda. / Sur
  • Mariví Bombarelli Marín, profesora de español en el Liceo Francés de Tashkent

  • Esta nerjeña diplomada en Empresariales vive desde hace seis años en el país asiático, a donde trasladaron a su marido, un ingeniero de Granada, junto a sus dos hijos

Entre 2000 y 2009, Mariví Bombarelli Marín (Nerja, 1974) vivió en Ghana y Moscú. Desde hace seis años reside junto a su marido, Manuel, y sus dos hijos, Víctor y Antonio, de 11 años y 7 años, respectivamente, en Tashkent, la capital de Uzbekistán. «Salí de España por amor. Conocí a Manuel en Nerja, él es de Granada, pero su trabajo lo llevó al extranjero con una empresa de ingeniería, y tras pensármelo un tiempo, me decidí a acompañarle, sin pensar nunca que esta aventura se alargaría tanto en el tiempo», dice.

La ex república soviética, independiente desde 1991, está a 8.000 kilómetros de su pueblo natal. Conocido por formar parte de la legendaria ruta de la seda, Bombarelli confiesa que desde que llegó «sabía que me iba a gustar vivir aquí». «Me encantan los países exóticos, aunque he encontrado muchas similitudes con Andalucía», dice.

Nada más aterrizar tuvo que aprender el idioma oficial, el ruso, que junto con el uzbeko son las dos lenguas del país asiático. «Me ha abierto muchas puertas. Los idiomas te dan la oportunidad de conocer más a fondo una cultura, sus gentes, si no hablase el ruso, me moriría, me encanta estar en contacto con la gente», dice.

No obstante, Bombarelli admite que en Uzbekistán no hay muchos españoles, «pero a los uzbekos les encanta España». «Los que no han podido visitarla siempre sonríen al escucharme cuando les digo que soy de ‘Spaniya’, como se pronuncia en uzbeko. Les encanta el fútbol, y son fanáticos del Real Madrid y del Barcelona», añade.

Lo que más destaca de Uzbekistán es «la tranquilidad con la que se vive en todos los sentidos». «Es el país más seguro de los que he conocido, los niños van por las calles solos, sin ese miedo con el que ahora tenemos que convivir en Europa, es un país muy seguro, no se respira ningún temor, la gente es muy pacífica, son en su mayoría musulmanes, pero sin llegar a ser para nada extremistas», cuenta para añadir: «Aquí no van las mujeres con velos, y se respetan mucho las otras religiones, al ser una ex república soviética, aún viven muchos rusos que son ortodoxos, y no hay conflictos entre religiones».

Aunque estudió Empresariales, trabaja dando clases de español en el Liceo Francés de Tashkent y como diseñadora de muebles. «Tienes que empezar de cero, montar una casa, hay que echarle coraje, y ver que se puede te da una fuerza y una seguridad que pocas cosas me las han dado en mi vida. No es fácil, pero es la necesidad la que te mueve, y en cuestión de unos meses, ves que te sientes cada vez mejor, y en unos años, ya sientes que aquí está, de momento, tu hogar», dice.

Echa de menos el pescaíto

Bombarelli admite que desde que vive fuera se siente malagueña «por los cuatro costados». «Como la tierra de uno no hay nada, pero también me engancha vivir así, ciudadana del mundo, es una sensación de libertad, de poder vivir otras vidas, de llenarte de experiencias».

En Uzbekistán ha descubierto un país «muy hospitalario». «Les gusta celebrar alrededor de una buena mesa, con amigos, buena comida, música y bailes. Tienen una cultura muy rica. Me llama también mucho la atención el respeto a las personas mayores, en cada familia los abuelos son las figuras a las que hay que obedecer, ellos tienen a menudo la última palabra», dice.

Eso sí, echa de menos «el mar Mediterráneo, el pescaíto frito, el arte de la gente de mi tierra, y a mi familia, pero intento ir a España a menudo, sobre todo para que mis hijos sientan sus raíces». «Prácticamente viven fuera desde que nacieron, aunque nuestras costumbres aquí intentamos que sean 100% españolas», concluye.