Francisco Javier Santana: «Esto es una especie de Gran Hermano pero sin tanta cámara»

  • Dejó trabajo fijo y familia en Marbella para probar suerte en la capital de Catar, donde vive desde abril. Con 31 años y un amplio currículum ejerce de fisioterapeuta personal de familias

Un mensaje de una amiga con una oferta de trabajo que no iba dirigida a él precisamente le terminó llevando a más de 6.000 kilómetros de distancia de su Marbella natal. A sus 31 años, Francisco Javier Santana, diplomado en Fisioterapia y con una amplia experiencia profesional, vio en aquel anuncio que reclutaba a fisioterapeutas y entrenadores personales privados para familias de Catar una nueva oportunidad para su carrera. «Esta amiga de Valladolid sabía que mi situación laboral era estable y su mensaje no iba para mi, sino para que yo lo trasladase a quien pudiera interesarle. Y mira donde estoy. Como se suele decir, la curiosidad mató al gato».

En abril de este año hizo las maletas y puso rumbo a Doha. Atrás dejaba su trabajo en la Unidad de Fisioterapia y Recuperación Funcional del Hospital Quirón Marbella, donde llevaba ya cuatro años. De momento, y salvo por el ‘pequeño’ inconveniente de que no podrá estar con los suyos en Navidad, no se arrepiente del paso que ha dado. Se aloja en un «enclave privilegiado», junto a algunos de los mayores atractivos de la capital catarí: Souq Waqif y el Museo de Arte Islámico. Trabaja para una empresa de ‘hospitality’, formando parte de un equipo de fisioterapeutas que presta servicios a familias pudientes. Con el idioma, asegura, no ha encontrado barreras. Maneja el inglés a la perfección, el francés (trabajó durante un año en los alpes franceses) y un poco de alemán (idioma que estaba estudiando hasta el momento de marcharse). «Estando aquí vas poco a poco cogiendo expresiones en árabe y las incluyes en el inglés, y así te mimetizas un poco con ellos», asegura.

Reconoce que la multiculturalidad es lo que más ha llamado su atención de un país en el que, asegura, le ha pasado «casi de todo». «Esto es una especie de Gran Hermano pero sin tanta cámara. Está siendo toda una experiencia». No le ha costado integrarse y a día de hoy cuenta con un grupo de amigos que le ayudan a mitigar la morriña marbellí. No obstante, el país y sus costumbres siguen sorprendiéndole cada día. Tanto, que desde que puso pie en suelo catarí narra sus vivencias en un blog. ‘A qatar, boquerón’ se ha convertido en una ventana a la que sus amigos y familiares se asoman para conocer su nueva vida. Su primera toma de contacto con la catar real tuvo lugar cuando fue a sacarse el permiso de conducir. «Era junio, hacía mucho calor y llevaba pantalón corto y camiseta de manga corta. Estaba en la cola cuando se me acercó un guardia de seguridad para decirme que por mi seguridad e integridad física debía abandonar el edificio porque si cualquier catarí consideraba mi vestimenta no apropiada para un edificio oficial podría tener problemas. Me fui al ‘parking’ y me puse los pantalones de una amiga. Esta segunda vez no hubo problemas». Aprendió la lección: «en instalaciones oficiales ni hombros ni rodillas al aire».

Dos características destaca de los cataríes. «Se hacen notar en todos los sentidos pese a que son una minoría en su país. Tienen una manera muy peculiar de conducir que puede llegar a resultar bastante peligrosa. Por otro lado, son muy serviciales».

A lo que no termina de adaptarse es a las condiciones de trabajo de los más desfavorecidos. «Escuchas historias que te ponen la piel de gallina, y algunos, a pesar de todo, no dejan de sonreír».

Una experiencia que, asegura, ha dado un giro de 180 grados a su vida en un país de contrastes. «Está occidentalizado. Te puedes tomar una pinta de cerveza de un bar (siempre dentro de los hoteles y a precio de oro) pero, eso sí, hay que mantener las costumbres. No es un país tan restrictivo como pueda ser Arabia Saudí, pero no dejas de tener que adaptarte a su cultura».