Alvaro Banderas: "Me he ido a Camboya buscando una nueva vida y la felicidad"

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    Una cena en el conocido como Russian Market en Phnom Phenh.
    • Se dio cuenta que la vida que llevaba no era lo que quería y se decidió a cambiarla. Este malagueño de 38 años, licenciado en LADE en la UMA, trabaja actualmente como profesor de inglés y español en este país del sudeste asiático

    No le motivaba su trabajo y no tenía ataduras que le imposibilitasen pensar en una nueva vida. Enemigo declarado del consumismo, buscó un oasis para evitar por todos medios este sistema. Su objetivo: encontrar la felicidad interior y ayudar a los demás. Su medio de vida: las clases de inglés en un instituto y de español para los empleados de una agencia de viajes, 'Camboya increíble', que lleva un malagueño, Salvador Fernández. No se confiesa seguidor de ninguna religión, aunque comparte algo de la filosofía del budismo. Tras poco más de un año en Camboya no tiene cerrado un horizonte temporal de estancia, pero sí que si la rutina vuelve a envolver su vida, será ése el momento de volver a emprender la marcha. Y no cree que tarde mucho.

    Así relata su experiencia viajera Álvaro Banderas, economista de 38 años, que un día cogió la mochila rumbo a Camboya para trabajar como voluntario en una ONG.

    -Además de dar clases de idiomas, hace pinitos en el coaching personal para ayudar a la gente a encontrar la felicidad. ¿Eso obedece a algún tipo de creencia?

    -No no es eso. Creo que la religión de Occidente dejó de ser el cristianismo para convertirse en el consumismo. Para mi era una contradicción muy grande la vida que yo tenía: trabajar para pagar facturas; trabajar y consumir. Me gusta la filosofía budista, pero no la religión. Mi filosofía seria encontrarme primero a mi mismo y luego estar bien para poder ayudar a la gente. Es muy gratificante compartir mis experiencia con la gente, con los jóvenes camboyanos o extranjeros y ver que tu trabajo tiene impacto.

    -No debe ser fácil ir a Camboya a trabajar

    -Me fui sin un trabajo cerrado. Entré como turista, pero antes de marcharme contacté con una ONG para irme a dar clases de inglés porque me gustaba. Tengo el certificado de inglés avanzado de Cambridge y el curso CELTA que me faculta para dar clases de inglés. De hecho, muy poca gente que no es nativa lo hace. Hice el curso en Vietnam tras una primera etapa en Camboya fue un curso durísimo y todos los que lo hacían era gente que tenía el inglés como lengua materna: americanos, británicos, australianos...Yo era el único no nativo. Ya en Camboya, con la experiencia en el curso, el titulo de economista y el hecho de tener la acreditación para dar clases, ya no tuve problema. Contacté con un instituto y conseguí trabajo. Es un instituto privado, Beltei, que tiene profesores extranjeros y camboyanos, pero los alumnos son todos camboyanos. A partir de ahí, como cada vez había más gente que conocía, me ofrecieron dar clases de español en una agencia de viajes.

    -¿Cómo es su vida diaria?

    -Me he impuesto no trabajar mucho. Entre 15 y 20 horas lo considero suficiente. Y lo que gano me da para vivir bien allí e incluso para viajar. El resto del tempo lo dedico a hacer deporte y al crecimiento personal: meditación coaching, deporte... Tener tiempo libre no supone estar tumbado a la bartola. Recuerdo que en España mi vida se limitaba muchos días a ir de casa al trabajo y del trabajo a casa.

    -¿Y la situación del país?

    -Es un país en vías de desarrollo. Y, de hecho, es el hermano pobre del sudeste asiático. Dentro del propio país hay mucha diferencia entre lo que es la capital y el resto. Lo demás está escasamente civilizado. Pero lo que más me gusta es la gente. Tengo la sensación de que se vive como en España hace sesenta años. Hablo permanentemente con mi madre y muchas de las cosas que le cuento coinciden con las que ella me narraba cuando yo era pequeño. Cinco personas en una moto, las familias viven juntas, los abuelos son una parte importante de las familias. Allí no se concibe que haya asilo para ancianos. En mi caso, cuando salgo de mi casa, no paro de saludar a la gente. Es como si viviese en un pueblo donde todo el mundo se conoce. No pasa como aquí, donde, a veces, ni saludas al vecino de tu bloque.

    El tráfico es un caos absoluto. A los extranjeros nos suelen parar y empiezan a pedirte miles de papeles. Te amenazan con ponerte una multa, les das dos dólares y ya no te la ponen. Aún es algo habitual.

    Es un país en semidesarrollo, hay pobreza pero tampoco se puede decir que todo el muno se esté muriendo de hambre. En absoluto.

    -¿Y la situación política?

    Allí lleva el mismo presidente como 30 años. En teoría es una democracia. Ahora está emergiendo un líder opositor e incluso hay algunas manifestaciones de protesta. Yo personalmente no defiendo a ninguno porque no sé si los que viniesen podrían hacerlo mejor que los que están. No hay ninguna especie de conmoción ni confrotación política permanente.

    -¿Y es un país peligroso tanto turísticamente hablando como para los que viven allí?

    -Para nada. Es muy seguro. Los turistas y extranjeros están muy valorados y no quieen que sufran daño. Los camboyanos tratan muy bien a los extranjeros.

    ¿Está ya el turismo normalizado allí o es algo excepcional?

    -La mayoría de los turistas van a los tempos de Angkor (Angkor Wat), que están como a seis horas en autobús desde Phom Phem. Y suelen ser viajes organizados. Muy poca gente va de turismo a la capital. Los que paran allí suelen estar de paso.

    -¿A usted qué es lo que más le gusta?

    -La gente, la comida, el clima... el cariño. Son muchas cosas.

    -¿La comida? ¿Me pone algunos ejemplos?

    -Como arroz a todas horas. Y me encanta. Toda la comida es como arroz. €s como el pan. Ya te acostumbras y lo necesitas. Entre las cosas raras que he comido están los insectos. Pero fue algo para probarlo, no para comerlo todos los días. Lo que sí como son muchas sopas con muchas especias, una tortilla de pescado riquisíma. Estoy muy metido en la cultura camboyana y lo que más me gusta es la fruta. El 'durian', 'la fruta del dragón', son frutos tropicales excelentes. Todos los días como fruta.

    -¿Y qué es lo que más se echa de menos?

    -Además de a la familia, amigos... Echo en falta infraestructura deportiva. Yo aquí hacía triatlón y allí es muy complicado. Por ejemplo, no puedo salir de mi casa, ponerme unas zapatillas y empezar a correr. No hay ni aceras. Tengo que ir al estado olímpico...tampoco hay infraestructura para ir en bici.. Nadar lo hago en una piscina... También he hecho alguna prueba allí, que incluso he ganado.

    -¿Y algo que no le guste de los camboyanos?

    -El tráfico es horrible, un caos, pero ya me río. Es como estar metido en una película. Eso te desespera si tienes que ir deprisa a algún sitio. Lo que menos me gusta es el ruido. Allí no se concibe como contaminación y no hay leyes que prohiban que a las seis de la mañana se puedan hacer obras o que las bodas se hagan en la calle durante tres días con música, cánticos... etc...

    -Suele hacer meditación y retiros en monasterios...

    -Sí, suelo ir a templos budistas, pero no lo soy. Me gusta su filosofía y meditar. Una de las cosas que más he aprendido de la filosofía budista es la compasión. Creo que funciona porque te hace ver la parte buena de la gente. Te hace ser consciente de que realmente todos los seres humanos son buenos por naturaleza. Incluso los políticos. Ahora he aprendido a no criticar, ya no lo hago. Veo a los políticos como parte de un sistema en el que quieren ascender. Estoy seguro que en su fondo son buenas personas, pero están metidas en la misma rueda del consumismo, por ascender. También doy charlas sobre liderazgo y felicidad. Es importante que estas personas son carne de cañón del consumismo y pueden ser que caigan. Yo doy charlas de que el consumismo va a llegar y que hay otros valores como los que ellos tienen en práctica. Hemos visto que el consumismo te lleva a la infelicidad porque siempre te hacen ver que te faltan más y más cosas... Allí no lo han probado, pero por nuestra experiencia aquí podemos decirles que no les va a conducir a la felicidad.

    -Pero habrá quien le rebata esa idea y le diga que se puede ser muy feliz en Estados Unidos estando inmerso en el consumismo...

    -Por supuesto. Pero para mí la felicidad no tiene nada que ver con acumula bienes materiales, sino en el crecimiento personal y la riqueza interior.

    -¿Y quiénes reciben su 'coaching' en Camboya?

    -Lo hago con extranjeros. Es difícil que un camboyano se pueda gastar un dólar en eso porque suelen tener otras necesidades. También en la universidad. Son extranjeros que viven allí, expatriados...

    -¿Y esto que usted defiende de la felicidad sin el consumismo, bebe del budismo con algo más? ¿Obedece a algún tipo de ideología de izquierdas con algo más...? ¿Es una creación personal?

    -No, esto no tienen nada que ver con el comunismo, ni nada de eso. El budismo es una de mis fuentes, también del budismo zen, que viene de Japón, pero lo que sí tengo claro, lo que no quiero, lo que no es, es consumismo. Donde más cómodo me encuentro es en el budismo, no lo comparto todo, pero, me sirve bastante...

    -Pues usted trae un ordenador...

    -Sí y camisa...(Risas). De hecho fui a dar una charla con un polo con una marca y tuve que aclarar que me lo había comprado en Tailandia por cuatro euros y que lo llevaba desde hacía cuatro años.

    -¿Por qué recomienda usted ir a Camboya?

    -Recomiendo ir a Camboya e intentar a la vez vez otro países para poder comparar y ver el contraste tan grande. Si pueden acercarse a Singapur, mejor. Es un viaje al futuro. Camboya, un viaje al pasado. En avión en una hora y con 40 euros estás.

    -¿Recomendaciones además de los templos de Angkor?

    -Recomendaría un sitio precioso bucólico en el puedes encontrar la paz es la ciudad de Kampot. Está a dos horas y media en autobús y es uno de mis sitios favoritos. También Battambang y algunos poblados flotantes estupendos. Recomiendo consultar con Camboya increíble que, como he dicho, es también de un malagueño.

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