Diario Sur

Su Nobel, gracias

Bob Dylan.
Bob Dylan. / SUR

Casi como si hubiera sido diseñado como una ficción, la concesión del Premio Nobel de Literatura al cantautor norteamericano Bob Dylan ha traído consigo un reguero de opiniones más o menos alucinadas y un delicioso contexto de pasividad por parte del galardonado. En definitiva, desde que como cada año el primer jueves de octubre la Academia Sueca ofreciera su veredicto, hemos sido testigos de otra pequeña batalla entre la cultura de élite y la popular. Para colmo, la Academia ha reconocido que ya ha desistido después de múltiples intentos de contactar con él, y en un concierto después del anuncio, no dijo ni una sola palabra del premio. Como buen colofón del primer acto, por supuesto en una trama todavía sin resolver, basta imaginarnos a Bob Dylan insertado en un chiste de Gila, respondiendo con excusas a la última y desesperada llamada telefónica de la Academia.

Desde el anuncio y básicamente porque Dylan es famoso, hemos visto en la prensa nacional e internacional opiniones para todos los gustos, como si la concesión del premio literario más relevante del mundo fuera, efectivamente, una cuestión de escrutinio apasionado. A estas alturas, ya creíamos superado el debate, bastante cansino por cierto, de si las letras de las canciones merecen o no acceder a la intrigante categoría de 'lo literario', y mientras tanto hay una parte del establishment que ha reaccionado como si le hubieran dado el Nobel de Literatura a las Spice Girls. A los defensores de la supuesta solemnidad de la literatura no se les oyó queja el año pasado, cuando a la archi desconocida autora bielorrusa, Svetlana Aleksiévich, se hizo con el premio con una bibliografía basada en entrevistas. El mismo premio que obtuvo Winston Churchill 'por su brillante oratoria'.

Los que no somos muy fans de su música debemos reconocerlo: todo lo que rodea a Bob Dylan da un poco de pereza. Su discografía es difícil de abarcar: 36 discos de estudio, diez álbumes en directo y cerca de sesenta sencillos, todo ello publicado por su discográfica de toda la vida, Columbia. Hasta algunas de sus partes más accesibles, como el muy recomendable documental que hizo sobre él Martin Scorsese, ya duran más de tres horas. Eso no quita que seamos capaces de valorar su talento, disfrutando quizá alguno de sus discos míticos en la historia de la música como el 'Blonde on blonde' o simplemente tarareando canciones irrenunciables en las mejores páginas de la historia de la música. Si encima nos paramos a leer o tratar de entender sus letras, algo de lo que muchos de los que lo han criticado no se han tomado siquiera la molestia, resulta innegable que ha sido el primer gran trovador del rock, inundando el folk norteamericano de algo que, hoy sí, nos vamos a permitir llamar poesía.

Leonard también se lo merece

Totalmente adelantado a estos debates pedestres, el siempre poético Leonard Cohen dijo que era el Nobel a Dylan era «como premiar al Everest por ser la montaña más alta». Como en una divina coincidencia, el otro gran escritor de canciones Leonard Cohen ha sacado 'You want it darker', su álbum número 14 y que bien podría ser el último de su carrera. Un disco corto, de nueve canciones y 36 minutos, como los de antaño. Cohen, que ya vistió el rock con traje de gala cuando recogió el Príncipe de Asturias de las Letras con uno de los discursos de agradecimiento más bellos jamás pronunciados, cumplió 82 años el 21 de septiembre, una fecha que tenemos apuntada en el calendario porque siempre suele deleitarnos con algún lanzamiento. Él mismo ha reconocido que sus problemas de salud le han dificultado mucho poder terminar el disco. De hecho, en las notas se incluye un agradecimiento a su hijo por haber tomado las riendas de la grabación, que en algunos casos tuvo que realizar sentado en una silla ortopédica por sus problemas de espalda. En una histórica entrevista publicada en The New Yorker, Cohen afirmó que ya estaba preparado para morir. «Quizás exageré», bromeó luego. Por todas estas cosas y por sus propias letras, este probable último disco supone un réquiem cargado de tonos oscuros, la despedida -quizá definitiva- de un hombre que ha hecho cosas preciosas y que se va en absoluta paz con el mundo.