El viaje en el que Rubén Olóriz Natoli aprendió a bucear

Profesor del IES Los Montecillos de Coín, descubrió el mundo del submarinismo en 2007, cuando colaboró con una ONG dedicada a salvar tortugas en Costa Rica

AMANDA SALAZARMálaga

El verano en el que Rubén Olóriz conoció la que hoy es su gran pasión, el buceo, fue precisamente el verano en el que menos pudo bañarse en el mar. Y no porque no lo tuviera a mano. Este malagueño de 36 años, profesor de Biología y Geología en el IES Los Montecillos (Coín) pasó las vacaciones estivales de 2007 a orillas del Mar Caribe, en el Parque Natural de Tortuguero (Costa Rica). Pero darse un chapuzón era una de las cosas tenía prohibidas por su propia seguridad por parte de la ONG para la que trabajaba. «Era una zona peligrosa para el baño, siempre había una resaca muy fuerte», señala Olóriz.

Ese año, consiguió un trabajo de asistente de investigación de tres meses con la asociación estadounidense Caribbean Conservation Corporation (CCC). Este licenciado en Biología por la Universidad de Málaga de 36 años, que se declara «más malagueño que los espetos», dejó temporalmente su empleo como monitor en Principia, donde llevaba dos años acercando la ciencia a los más pequeños. «Necesitaba un cambio; unos amigos me hablaron del trabajo que se estaba haciendo en Costa Rica y no lo dudé», dice.

«Les digo a mis alumnos que estar debajo del agua es lo más parecido a estar en otro planeta»

Ya había realizado labores de voluntario con anterioridad. Pero lo de Costa Rica era diferente, era un empleo de asistente de investigación no remunerado, pero aquella experiencia le dejó marcado. Vio especies que sólo había conocido por los documentales. Las duras condiciones de trabajo le hicieron poner a prueba su resistencia física y mental. Volvió con 20 kilos menos: «Hacía guardias de noche, en condiciones muy complicadas –con mucho calor o con una lluvia incesante– y bajo una nube de mosquitos casi siempre; llegabas con arena hasta por dentro de los párpados y estábamos en plena selva, así podías encontrarte con serpientes o arañas venenosas. Yo digo que es la mili que nunca tuve».

Pero mereció la pena. «Patrullábamos ocho kilómetros de playa durante el día documentando los rastros que dejaban las tortugas; por la noche, buscábamos las que estuvieran terminando de anidar para poder marcarlas con una placa y controlarlas para su conservación», señala. Ver de cerca a estos animales era «espectacular». «Son bichos muy grandes, fuertes y se me ha quedado grabado el olor que tenían», dice. Casi todas eran tortugas verdes, aunque llegó a ver tortugas bobas y de carey –«las que tienen el caparazón más bonito»–. Y en una ocasión llegó a ver una tortuga baula o de laúd, que solo de caparazón tenía una longitud de 1,70 metros. «Era como un dinosaurio, su respiración impresionaba», asegura. Otra de sus labores era la excavación de nidos cuando eclosionaban. Ahí la experiencia era «a veces preciosa porque podía encontrarse con tortuguitas que aún no habían salido al mar, o desagradable porque también podías abrir un nido podrido, lleno de gusanos y cadáveres de tortugas».

En detalle

Este malagueño de 36 años criado en la barriada de la Palma y apasionado de la naturaleza se enamoró de la docencia al trabajar de monitor en el Centro Principia y ver «la cara de sorpresa» de los niños al realizar un experimento. Ha viajado a mares de todo el mundo para bucear y se ha convertido en un defensor de los tiburones y un aficionado a la fotografía subacuática

Uno de los riesgos que corrían en sus patrullas nocturnas era toparse con los furtivos. «En la ONG nos decían que si veíamos cazadores teníamos que pasar de largo», señala. Es complicado convencerles de que cambien sus hábitos cuando durante siglos ellos han visto a las tortugas como una fuente de alimento, señala, pero la ONG ha hecho una labor de concienciación muy importante en la zona y ha conseguido que los autóctonos vean más valor en la tortuga viva –como atractivo turístico– que muerta, y han conseguido implicar a los habitantes en su conservación.

Precisamente durante su estancia, gracias a la insistencia de una compañera de la ONG, Rubén realizó un curso inicial de buceo en unos días de descanso en Panamá, y se engachó para siempre. Al volver a Málaga, regresó a su trabajo de monitor en Principia «con la cabeza muy cambiada». «Me decanté por la enseñanza; nunca pensé que acabaría de profesor, porque de pequeño he sido muy tímido, pero la experiencia en Principia de ver la cara de sorpresa de los niños cuando descubren algo y poderles mostrar la naturaleza es algo que te enamora», explica. Así que en dos años se sacó las oposiciones de Secundaria. Lleva ya ocho años enseñando, los dos primeros como interino y seis con su plaza en Coín.

Cuando consiguió un empleo estable, retomó el buceo. «No es una afición cara, pero tampoco barata», dice. Y desde entonces, lo ha convertido en su modo de vida, comenta este docente criado en la barriada de La Palma y menor de dos hermanos. Ahora, viaja por el mundo para poder bucear y ver distintas especies. Sobre todo de tiburones, de los que es un gran defensor. De hecho, hace solo unas semanas realizó una charla en Principia sobre estos animales. «Se les asocia con el peligro pero la cifra de ataques a humanos es ridícula, y sin embargo tienen muy mala fama», defiende. Ha buceado en el Mar Rojo, en Sudáfrica –en Durban para ver al tiburón de punta negra y en Ciudad del Cabo para ver el tiburón blanco–, en Filipinas y en las Islas Maldivas.

Su experiencia, tanto con el buceo como de los meses que pasó en Costa Rica, le sirve ahora para motivar a sus alumnos. «Les animo a que se acerquen al voluntariado y a que viajen todo lo que puedan porque no se les van a olvidar en la vida», afirma. Además, les habla de las condiciones de vida en un país del tercer mundo. «Les cuento cómo era allí el ambulatorio o la escuela, todo muy humilde; pero nunca he visto gente más amable ni a niños más sonrientes», asegura. Sigue colaborando en Principia, contagiando a los niños de su pasión por la naturaleza y mostrando el mundo submarino, que es «como ir a otro planeta». Su reto ahora es viajar a las Islas Galápagos para bucear en la que es la meca de todo biólogo.

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