La protección y atención a los menores, gran reto en la lucha contra la violencia de género

La protección y atención a los menores, gran reto en la lucha contra la violencia de género
Salvador Salas
Día contra la violencia de género

Los hijos de maltratadas son considerados víctimas desde 2015, y sólo en el 10% de los casos los jueces impiden el contacto con el maltratador durante la investigación del caso

Ana Pérez-Bryan
ANA PÉREZ-BRYAN

En los dibujos de Elena y Lucía, de 8 y 6 años, nunca ha habido escenas de familia, ni campos con flores, ni papás cogidos de las manos. Las pequeñas son hermanas, viven en Málaga y aunque sus nombres son otros para protegerlas, el resto de su historia está esculpida en un negro atroz que no pudieron elegir. Elena pinta a su padre en un ataúd. Lucía, con un traje a rayas como el de los presos.

El peso que llevaban ambas sobre sus hombros era tal que cuando su madre, María –que también elige nombre pero no vida–, decidió dar el paso y separarse de aquel animal las dos dijeron en el cole que su padre había muerto en un accidente para que no les preguntaran más. «Imagina cómo fue la cosa que hasta una madre de la clase de Elena me llamó para darme el pésame», cuenta María, cuyas hijas son el ejemplo palpable de las secuelas que arrastran los menores víctimas de maltrato y que constituyen el gran reto que afronta la lucha integral contra la violencia machista para que ellos también sean asistidos y protegidos al igual que se hace con sus madres.

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María recuerda todos y cada uno de los golpes y de las humillaciones desde que a los 18 años empezara la relación con el padre de sus hijas, y a pesar de que está a punto de soplar las 40 velas le viene a la mente como si fuera ayer el momento aquél en que vio que su hija mayor «ya no podía más». No dormía, tenía ataques frecuentes de ansiedad y cuando veía a su padre se hacía pipí y caca encima. Llegó a meterse incluso en medio de los dos para que los golpes no se los llevara más su madre. Aquello fue el principio del fin para María y sus hijas. O el principio del principio, de la nueva vida, porque fue entonces cuando vinieron la separación, la denuncia, la terapia y el trabajo a destajo para recomponer los pedazos rotos.

Arriba, el equipo (Maite Pérez-Caballero y Margarita Díaz). Debajo, Pérez muestra el detalle de algunos de los dibujos de los niños / Salvador Salas

Tres años necesitaron las pequeñas para encajarlo todo. «Cuando llegaron aquí venían hasta medicadas con diazepan». Con el ‘aquí’, María se refiere a la asociación Deméter, en cuya sala de juegos y de terapia sus hijas lograron exorcizar todos esos demonios. Con ellas, otros 1.200 niños desde que son bebés hasta los 17 años han seguido un camino similar en los últimos diez años gracias a esta organización pionera con sede en Málaga que se dedica específicamente al tratamiento de las secuelas que arrastran los hijos de las mujeres maltratadas. De ellos podría decirse que han tenido la suerte de que Maite Pérez-Caballero (presidenta de la asociación y psicopedagoga) y Margarita Díaz (psicóloga) se hayan cruzado en sus caminos, porque la realidad es que a día de hoy el tratamiento y la búsqueda del bienestar de los menores no va a la velocidad necesaria.

Atienden niños de toda España

De hecho, Deméter es aún, casi diez años después de su constitución en 2008, una de las pocas asociaciones –si no la única– en el territorio nacional que trabaja en exclusiva por la atención psicosocial y psicoeducativa de los menores. A sus terapias llegan niños de toda España que son atendidos con la única condición «de que sus madres hayan roto el vínculo con el maltratador».

La necesidad de poner el foco sobre los más pequeños de la casa puede medirse en detalles nada menores: la mayoría de programas que a día de hoy atienden a las mujeres maltratadas abordan el problema de los hijos no de un modo específico sino transversal e integrado en la terapia de las mujeres, hasta 2013 no comenzaron a contabilizarse en la estadística de violencia de género a los menores que habían sido asesinados por sus padres o las parejas de sus madres y, en fin, hasta 2015, con la entrada en vigor de la Ley de la Infancia y la Adolescencia, no se le concedió a los niños el estatus de víctima de violencia de género, con todo lo que eso implica.

Lejos del perfil pasivo, algunos menores asumen un rol protector hacia su madre o sus hermanos

«Con ellos queda muchísimo por hacer». La reflexión la pone sobre la mesa Maite Pérez-Caballero, que no tiene que irse muy atrás en el calendario para encontrar otras voces autorizadas que coinciden con la suya. El pasado lunes, una comisión de expertos en la materia compareció junto con el Defensor del Pueblo, Francisco Fernández Marugán, para denunciar la cifra «absolutamente insoportable» de niños asesinados en España en los últimos cinco años por sus padres o las parejas de sus madres. 23 en total. Ocho en lo que llevamos de 2017, la última, la pequeña de dos años degollada por su padre en Alzira (Valencia). Sumen a eso los 22 huérfanos que se han quedado sin sus madres, también asesinadas. Algunos de ellos han visto el crimen en directo. Y los que no, también arrastran las secuelas de por vida. En este escenario dantesco, los expertos reclamaron al Gobierno que implante con urgencia las reformas legales y las inversiones comprometidas en el Pacto de Estado contra la Violencia de Género, aprobado por el Congreso el pasado mes de septiembre y que entrará en vigor el próximo 1 de enero con una partida de 1.000 millones de euros, a razón de 200 al año.

Entre sus 213 medidas, muchas están llamadas a proteger a los menores víctimas de violencia de género: entre ellas destaca que los menores se incorporen también a las valoraciones de riesgos que hacen Policía y Guardia Civil y que luego el juez tiene en cuenta para dictar las medidas cautelares, o que haya equipos de valoración forense en todos los juzgados. Precisamente el ámbito judicial es uno de los llamados a sumarse con más insistencia a este cambio, porque las cifras en este capítulo no están a la altura de la realidad social y porque la falta de medios hace que muchos jueces no cuenten con esos informes específicos sobre la situación psicosocial del menor para tomar decisiones.

Sea como fuere, según el Consejo General del Poder Judicial, en 2016 los jueces impidieron el contacto del presunto maltratador con sus hijos sólo en el 10% de los casos durante el proceso de investigación del maltrato, pese a que la ley les autoriza siempre que lo vean justificado. Además, en los procedimientos en los que se dictaron órdenes de protección para las mujeres sólo se acordó de manera paralela la suspensión de las visitas de los niños al denunciado en el 5,7% de los casos; en un 8,7% retiraron provisionalmente la custodia al maltratador y en un 0,7% se les quitó cautelarmente la patria potestad.

«Los jueces dictan órdenes de alejamiento para las madres, pero ¿qué pasa con los hijos?», se pregunta la psicóloga de Deméter, Margarita Díaz, quien tiene que enfrentarse a diario a niños que se niegan en rotundo a ver a sus padres «porque le han hecho a sus madres e incluso a ellos». Y lo peor de todo, a convencerlos de que tiene-que-ser-así. A partir de una determinada edad –normalmente desde los 14 pero también antes dependiendo de la madurez del niño–, los jueces los escuchan y pueden llegar a tener en cuenta sus opiniones, pero los más pequeños no tienen opción. Así que no es extraño que, en estos casos, la terapia avance en varios frentes: por un lado el tratamiento de las secuelas profundas que el maltrato ha dejado en los niños y, de otro, el «volver a andar de nuevo sobre los mismos pasos cuando el menor vuelve aquí después de haber pasado los 15 días de vacaciones con el padre o el fin de semana que le toca».

Las historias del horror

Que la ley es la ley es algo que nadie discute, pero Maite y Margarita se enfrentan a diario con otra realidad tan tozuda como ésa: ahí está la realidad de Pablo, que tiene 14 años y la ‘suerte’ de que a él sí lo escuchó un juez y que no tiene que ver al hombre que le rompió la infancia, pero que tiene dos hermanos más pequeños sin esa posibilidad y por los que ha decidido sacrificarse: así consigue, al menos, que cuando están con su padre las humillaciones y hasta los golpes vayan a él y no a ellos.

O la de Paula y Sergio, 8 y 6 años, que llegaron un día a Deméter contando horrorizados que su papá los había llevado a un centro comercial y les había enseñado un enorme arcón congelador y una sierra eléctrica: hacía poco tiempo entonces de que José Bretón había asesinado a sus hijos, y aquel padre le había dicho a los suyos que terminarían igual que Ruth y José. «La mayor nos trajo diseñado incluso un plan de fuga: cuando él los cogiera ella le daría una patada muy fuerte al padre para que su hermano pequeño huyera. Le pidió que en ese caso no mirara atrás porque era consciente de que ella quizás no conseguiría escapar». O, en fin, la historia de Lidia, que a sus 11 años prefiere pasar el fin de semana con su padre porque sabe que así no se acercará y hostigará a su madre al menos durante esos dos días.

Las visitas a los progenitores que están inmersos en un proceso judicial por maltrato no sólo representa una fuente de estrés máximo para los niños: también, y según constatan los expertos, es durante este ‘impasse’ que media entre que se interpone la denuncia y que se celebra el juicio donde hay más riesgo para la integridad física y emocional de los menores: una vez que hay sentencia firme se puede retirar el régimen de visitas si se confirma el delito de violencia de género, pero el proceso se puede dilatar meses y no son excepcionales los casos de padres que buscan vengarse de sus exparejas a través de los hijos.

Cuando el maltratador deja el hogar, muchos niños reproducen esa violencia con sus madres

Los niños llegan a terapia con cuadros de estrés, ansiedad, ‘bullying’, incontinencia o rabia

En estos perfiles de niños víctimas de violencia de género se da otra circunstancia que puede parecer contradictoria pero que sólo se explica cuando se profundiza en sus historias: los menores sufren en primera persona ese infierno doméstico, pero muchos de ellos en lugar de asumir un rol pasivo se convierten, hasta donde pueden, en los protectores de sus madres o sus hermanos pequeños. Esa circunstancia genera en ellos unos cuadros físicos y psicológicos cuyas consecuencias son demoledoras: cuando llegan a Deméter, la mayoría arrastra problemas de insomnio, incontinencia, pesadillas, problemas académicos –muchos de ellos caen en el ‘bullying’ y asumen tanto el papel de víctima como el de acosador–, estrés, agresividad, falta de empatía... y sobre todo tristeza. «Esos ojos tristes. Eso no se olvida», admite Maite arrastrando mucho las palabras por esos ojos tristes.

De la culpa a la rabia

Todos ellos llegan a la terapia sabiendo el lugar al que van, aunque con los mensajes adaptados a cada edad. Luego viene el trabajo una hora por semana; los reproches, los secretos, la culpa, la indiferencia, la desconfianza y sobre todo la rabia. De hecho, este último sentimiento es tan complejo de gestionar que Maite aporta otro de esos datos que invitan a la desesperanza, sobre todo por la dificultad de romper el círculo de la violencia desde dentro: «Una vez que el maltratador abandona el hogar y los hijos se quedan solos con la madre suelen reproducir hacia ella las actitudes violentas que vieron en su padre e incluso la culpan a ella de esa situación. Ven en el ataque a la madre algo habitual». Y ojo: «En estos perfiles, las chicas suelen ser mucho más crueles que los chicos».

Por eso es tan importante que existan recursos individualizados y específicos para los menores. La comunicación con ellos no siempre es fácil: algunos tardan en abrirse y «marcan muy claramente dónde no van a entrar», otros trasladan esa rabia desde el hogar a la sala de terapia –«a mí me han llegado a escupir en la cara y una vez casi me tuve que poner entre Maite y un niño de siete años para que no le pegara», admite Margarita– y algunos son tan pequeñitos que la conexión, aunque necesaria, no es tan fluida como cuando pueden hablar. En este punto del relato, las especialistas de Deméter coinciden en uno de esos casos que no se olvidan: «La bebé tenía nueve meses, lógicamente no podía hablar pero era evidente que había que ayudarla. No soportaba que la tocaran, ni aguantaba el tono alto de voz; había dejado de comer... necesitamos muchos meses para encajar todas las piezas. La madre se quejaba entre otras cosas de que la niña entraba en pánico cuando había que peinarla, hasta que descubrimos que su padre, que nunca la quiso porque en realidad hubiera preferido a un niño, le arrancaba uno a uno los mechones de pelo para que no le creciera y así no pareciera una niña». La intervención física y psicológica sobre la pequeña tardó meses en dar sus frutos, pero hoy Maite y Margarita celebran aquel caso como uno de los superados con éxito para la niña.

Porque ahí está la buena noticia: con la atención necesaria muchos de los menores son recuperables, y hasta el 60% reciben el alta terapéutica después de un tratamiento que en unos casos dura meses pero que en otros se prolonga durante años. «De aquí se van, además, con un trabajo importante en prevención para que no repitan conductas, ni como víctimas ni como maltratadores», sostiene la presidenta de Deméter, quien establece una diferencia de peso en las secuelas que quedan en los niños dependiendo de si el maltratador es el padre natural o, sin embargo, una pareja de la madre: «Es mucho más fácil para un niño superar el maltrato hacia su madre si la persona responsable no es su padre, porque una vez que se corta el vínculo con él, el menor ya no lo tiene que ver más. En el caso de que el maltratador sea el padre sí es más complicado».

Del resto de los menores tratados, una parte importante abandona el programa por iniciativa propia –en el caso de los adolescentes– o a causa de las propias madres: «Algunas piensan que como ya no hay gritos ni golpes en casa porque el maltratador se ha ido no es necesario ese trabajo, o cambian de pareja y creen que la nueva rutina será suficiente; o incluso hay algún problema en su economía y tienen problemas para desplazarse hasta Málaga». Y es en la primera de las causas donde con más insistencia trabajan las profesionales de Deméter: «Las madres no deben caer en la tentación de minimizar lo que ha ocurrido para proteger a sus hijos del trauma, porque los niños lo ven y lo escuchan absolutamente todo. Ha habido casos de mujeres que pensaban que sus hijos dormían o jugaban mientras ellas recibían los golpes y luego ellos lo cuentan todo aquí con el más mínimo detalle».

Y María, que felizmente dejó todo aquello atrás, lo confirma: «La pequeña no se daba mucha cuenta, y a la mayor intentaba decirle que no se preocupara, que lo que realmente había visto no era así». Hoy, seis años después, madre e hija han recuperado sus vidas y hablan con normalidad de ‘lo que pasó’ como parte de una terapia cotidiana que ya sólo se libra en un hogar seguro, pero Elena se acuerda de todo con puntos y comas. María incluso se ha atrevido a preguntarle a su hija qué haría si volviera a cruzarse con su padre, al que no ve desde hace años, por la calle: «Y me dice que meterse en una tienda y pedir ayuda porque a ese hombre no lo conoce». Como si estuviera muerto. Igual que en sus dibujos de niña.

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