«Cuando a mí me pasó, ayudé a mi madre a salir de su maltrato»

Sara y Ainhoa han superado sus historias. /Fernando González
Sara y Ainhoa han superado sus historias. / Fernando González
Día contra la violencia de género

Ainhoa creyó que era «normal» que su novio la humillara hasta que llegó a terapia: allí arrastró a su madre para que ella también saliera

Ana Pérez-Bryan
ANA PÉREZ-BRYAN

Ainhoa (nombre figurado) tenía 16 años cuando empezó a salir con Pedro: él era su vecino y desde el principio le impuso una férrea disciplina para que no se separara de él más de lo necesario, pero su juventud y la falta de experiencia de amigas cercanas, unida a una situación similar en casa con sus padres, terminaron por convencerla de que «aquello era lo normal». La joven se embarcó en aquella relación destructiva con la mochila llena de ejemplos nocivos: su padre era «un alcohólico y un ludópata» que no paraba de hostigar a su madre, así que el intenso maltrato psicológico al que la sometió su chico durante cuatro años le pilló sin apenas información de que aquello –lo suyo pero también lo de su madre– estaba lejos de ser una relación sana.

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«Los insultos llegaron desde el principio; si me dejaba un vaso de agua en el salón me decía que era una guarra porque en ese vaso había dejado mis mocos», cuenta Ainhoa, cuya rutina en ese tiempo se limitaba a subirse a casa de su chico «a adorarlo mientras él jugaba a la ‘play’, comía o fumaba». Él incluso llegó a cambiarse a su colegio para tenerla más controlada. Las escenas de humillaciones eran constantes, pero cuando Pedro dejó los estudios y ella comenzó a darse cuenta de que la realidad iba por otro lado decidió dejarlo. El acoso a través de redes sociales y una amenaza que terminó en una llamada al 016 terminaron en algo mucho más grave: cuando él la llamó para que volviera a casa a recoger sus cosas la estaba esperando «con una pistola». «Me apuntó al pecho y yo pensé que moría», recuerda Ainhoa.

Luego vinieron la denuncia y la terapia, donde poco a poco fue abriendo los ojos y dándose cuenta no sólo de que aquello había sido violencia de género, sino que su madre aún estaba pasando por lo mismo. «Cuando a mí me ocurrió aquello y tomé conciencia de la situación ayudé a mi madre a que ella también hiciera lo mismo: llegó un momento en que le pedí que eligiera entre él o yo», afirma la joven, que compartió con ella casi todo el proceso porque tras la correspondiente denuncia la derivaron al mismo servicio de Violencia de Género del Ayuntamiento de Málaga pero en terapias paralelas. «Había que trabajar con las dos por separado, pero Ainhoa nos ayudó mucho porque su madre llegó bastante cerrada», recuerda la jefa del negociado, Angélica Cuenca.

La joven compartió con su madre casi todo el proceso, aunque en terapias paralelas

Hoy, cuatro años después, Ainhoa es un pilar fundamental para su madre, pero también para compañeras como Sara, que la acompaña en la entrevista y le consulta ‘sus cosas’ «porque ella lo tiene ahora todo muy claro». Para Sara, que compartió terapia con su amiga, los malos tratos psicológicos, pero también los físicos, llegaron recién cumplidos los 16 y duraron un año: «Estaba tan anulada que ni siquiera recuerdo el primer golpe», admite la joven, que aguantó que su chico la humillara, la aislara de sus amigos e incluso la forzara hasta que llegó la amenaza de que la esperaría en la puerta del instituto para darle una paliza de muerte. Allí Sara abrió los ojos y denunció; y la terapia terminó por abrir un nuevo capítulo en su vida.

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