Las mejores fotos de la naturaleza en Málaga a golpe de clic

Antonio Martínez se esconde en su 'hide' al amanecer, donde permanece más de 12 horas los sábados, para inmortalizar la fauna de la provincia

Pilar R. Quirós
PILAR R. QUIRÓSMálaga

Cuando se le dice que es un friki de la fotografía no se extraña. Más bien se ríe. Lo asume jocoso porque no le queda otra. Antonio Martínez, más conocido como Antonio Red Bull porque es el delegado de Málaga de esta bebida energética, tiene un hobby escondido. Tan escondido como cuando se camufla los sábados a las cinco de la mañana, antes de que amanezca en los parajes y sierras de Málaga. «Hay que llegar de noche. Durante la semana he estado avistando los sitios mejores con los prismáticos, una hora y media cada día después del trabajo;y cuando llego la madrugada del sábado sólo me toca montar el ‘hide’ con sigilo y meterme dentro», cuenta con desparpajo. El ‘hide’ –no nos tachen de anglófilos– no tiene traducción al español porque así lo han querido los fotógrafos que se dedican a la naturaleza. Es un artilugio que se monta ex profeso en algún punto estratégico en el campo para hacer fotos de animales. Su objetivo es estar lo mejor escondido posible para que los ‘bichos’, como los llaman cariñosamente los que se dedican a esto, no se aperciban de su visita.

Hay tres modalidades básicas para esconderse con una cámara a hacer fotos, como cuenta Antonio. Está el ‘hide’ sentado, que viene a ser como una pequeñísima tienda de campaña llena de maleza y ramas por encima para disimular como si fuese un promontorio del terreno. Luego, está el ‘hide’ tumbado, que viene a ser como un tubo alargado, donde hay una colchoneta interior. Este es especialmente incómodo porque supone estar muchas horas tumbado boca abajo y se usa para especies que recelan muchísimo de cualquier movimiento humano. «Ten en cuenta que hay rapaces que me miran cuando le doy al click de la cámara; yo sé que lo han escuchado y por eso es muy difícil mantener la posición en un sitio sin ser descubierto». Ypor último, le queda el ‘hidrohide’, que es una media luna de corcho camuflada con la que hay que entrar en un lago o río, que cubre el cuerpo en las extremidades superiores y, en las inferiores llevan aletas para ir nadando por el agua. Lo monta con ahínco para no ser descubierto, a sabiendas que una vez que esté dentro no puede salir hasta las seis de la tarde. Para nada, imagínense, para absolutamente nada. Así que son más de 12 horas ahí dentro, y el refugio debe ser lo más confortable posible, según los medios y el propio espacio donde se ubique.

Antonio Martínez.

En esa jornada no podrá hacer ruido y sus movimientos serán sigilosos. Cuando decide estratégicamente la situación, donde pone el ojo pone el click de la cámara. Por eso, nunca jamás, da una ubicación sobre una ejemplar en concreto, para que nadie ponga la bala. Es un pacto no escrito que tienen todos los que aman a los animales y los inmortalizan. Por eso, para Antonio el ‘hide’ en esos días, los sábados, es su mejor amigo. Mientras que sus compañeros de trabajo o sus colegas se van a jugar al fútbol, al pádel o a comer con la familia, él está absorto en su mundo interior, en una sierra de cuyo nombre no quiere acordarse, al menos de cara a la galería. Su boca está sellada.

Antes de que haya un solo haz de luz, este fotógrafo cordobés de nacimiento, pero malagueño de adopción, está dentro de su guarida. Como los topos. «La luz del amanecer y la del atardecer son las mejores. Es matizada, oblicua, no cae directamente sobre el animal a fotografiar quemando la instantánea o haciéndole sombras;las mejores imágenes están hechas a esas horas», subraya.

A Antonio, como buen fotógrafo de naturaleza, le apasionan las rapaces. Captarlas en una imagen única requiere muchos días, muchas horas de seguimiento. Y en este trabajo, que en realidad para él es un modo de relacionarse con el medio ambiente, colabora de forma altruista con profesores de la Universidad de Málaga y otros proyectos verdes que lo requieren. De hecho, en diciembre de 2015 fue parte de un loable plan:el seguimiento de un águila perdicera nacida en ese año, que formaba parte del proyecto Life Bonelli, en Álava. En realidad eran dos pollos, que fueron reintroducidos en la naturaleza por la técnica del ‘hacking’. Cuando las rapaces pierden sus progenitores, quedan dos opciones:o ‘troquelarlos’ siendo criados por humanos, lo que significa que nunca más podrán volver a volar libres porque no serán capaces de acechar los peligros, y los humanos lo somos;o criarlos y devolverlos a la naturaleza por técnicas como la citada del ‘hacking’. Se elige un cortado, se fabrica el nido como lo haría la pareja de águilas perdiceras y se sitúa un gran tubo de PVC desde una zona superior, que es por donde se le irá dispensando la comida. El quid está en que las crías no vean nunca a los humanos, y así crezcan siendo temerosas del hombre. Así están las cosas.

El ‘hide’ tumbado, que es éste, se realiza en el suelo y se tapa con ramas. El fotógrafo trabaja dentro

Aprenden a volar solas, y si consiguen salir adelante, las rapaces del año suelen dispersarse por el territorio hasta que vuelven, o no, a su lugar de nacimiento. «Salen adelante si en este proceso de cría no ha venido un búho real o similar y se los ha comido cuando no están sus padres para defenderlos», como cuenta Antonio. Pues bien, estas dos crías de águila perdicera superaron la barrera y se dispersaron por España. Una de ellas se fue a Portugal, y otra vino a parar a Málaga. Era Antonio precisamente el encargado de inmortalizarla. Y lo hizo en el río Guadalhorce. Sería tristemente la última imagen de Oteo 145. Acabó muerto electrocutado en la barriada del Peñón de Zapata, en Alhaurín de la Torre. «Por desgracia aún mueren muchísimas aves electrocutadas en cables de telefonía, por cebos envenenados o incluso disparos de cazadores furtivos, por eso nunca, nunca, jamás se da la ubicación de ninguna pareja», explica.

Su amor por la fotografía empezó cuando nació su hija Aitana hace ocho años. Como cualquier padre, cuenta, quería tener imágenes de ella para toda la vida. Esta afición que nació se sumó a su amor al campo, al que iba frecuentemente a ver a las aves, sobre todo, pero sólo dotado de prismáticos. Yasí lleva años siguiendo a las mismas parejas, años en los que nació su segundo hijo Daniel, que ahora tiene cinco. Como los ‘bichos’ parecen formar casi parte de su familia, hay una pareja de rapaces que le gusta especialmente. Se le nota. Tiene de ellas hasta sus pollos (que pueden apreciarse en la imagen superior derecha). Se trata de un ‘matrimonio’ de águilas calzadas, una hembra morfoclara y un macho oscuro, poco frecuente, como cuenta. Como él dice muy propio es una pareja ‘residente’ en Málaga. Vamos, lo que viene siendo sedentaria. En octubre, esta especie realiza su particular paso del Estrecho, pero esta pareja se queda acantonada en Málaga. Son malagueños de pedigrí. Donde están, ya saben, es un secreto. Pero llevan juntos toda una vida. La pasada primavera, la hembra tuvo tres crías, también una rareza.

Las rapaces y otras especies de aves son fieles toda la vida;y eso se puede observar

Dos machos morfoclaros y una hembra grande y oscura. Lleva tres años viéndolos juntos, como otras muchas parejas de la naturaleza, sobre todo aves, que son fieles o leales toda una vida. Los cuervos también lo son. Y la mayoría de las rapaces. Sólo cambian de pareja si ha muerto la original. Porque su finalidad, no lo olviden, es aparearse año tras año. La llamada de la naturaleza.

Dentro del ‘hide’ no vale hacer ruido, las aves pueden oír hasta el click del disparo de la cámara

Pues bien, las dos crías de esta peculiar pareja de águilas calzadas se encontraba en el río. «Uy, se bañan al menos una vez al día, en verano, incluso dos», subraya. Y es el pollo macho el que le chilla con descaro a la hembra, que se adentra en el agua. Pero, ¿por qué? «Verás, ellos están uno al lado del otro cuando son crías, están juntos pero no revueltos. Si el macho está en el agua, no quiere que su hermana se acerque más de la cuenta. Son territoriales desde que nacen», explica con soltura, la misma que le da haber dedicado casi una década de su vida a observarles. Casi la edad de su propia hija Aitana, la única que se adentra con él de su familia a observar a los ‘bichos’. Con ella nació lo que al principio era una afición, y ahora es casi una forma de vida.

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