La ballena: suma y sigue

Ballena azul: El juego incluye 50 pruebas como hacerse cortes, subirse a un tejado o ver películas de terror extremo durante 24 horas sin parar.
Ballena azul: El juego incluye 50 pruebas como hacerse cortes, subirse a un tejado o ver películas de terror extremo durante 24 horas sin parar. / SUR
  • Prenderse fuego por diversión, hacer surf sobre coches en marcha o tragar una cucharada de canela en polvo, otros retos sin final feliz

El fenómeno de los retos que se convierten en virales gracias a las redes sociales es relativamente reciente y tuvo su origen como fenómeno de masas –seguro que más de uno lo recuerda porque lo ha hecho– en la prueba aquélla que consistía en echarse por encima un cubo de agua helada e invitar a otros amigos virtuales a seguir con la cadena. Aquel gesto amable y hasta cierto punto divertido tenía como objetivo luchar contra una enfermedad degenerativa (la ELA) y hoy, más de dos años después de aquella campaña sin precedentes, puede decirse que aquel reto cumplió con creces: se recaudaron cien millones de dólares que se han invertido en investigación y que han permitido aislar un nuevo gen relacionado con la enfermedad.

Pero no todo ha sido tan altruista en las redes sociales a la hora de hablar de retos. Los juegos extremos son la ‘cara B’ de esta tendencia al alza, sobre todo entre los adolescentes, y pueden provocar la muerte. La ‘Ballena Azul’ es sólo la punta del iceberg, aunque lo llamativo de este reto extremo importado desde Rusia es la manipulación de los protagonistas hasta llevarlos al suicidio mientras que en la mayoría de los otros casos las muertes se producen por ‘accidente’ y por no medir las consecuencias de la prueba que están dispuestos a ejecutar.

Eso fue precisamente lo que le ocurrió en 2014 al joven estadounidense James Shores, de 15 años, que agonizó en directo ante sus seguidores de redes sociales después de prenderse fuego por diversión y grabarlo con el hastag #FireChallenge. La víctima no pudo sobrevivir a las gravísimas quemaduras que le provocaron las llamas, alimentadas además gracias al líquido inflamable que el joven se había rociado por el torso.

Pero el caso de Shores no es el único en este macabro rosario de retos con final infeliz. A veces incluso la víctima es el involuntario protagonista de la prueba: es el caso del ‘Knockout’, también llamado ‘golpe traicionero’, que consiste en escoger a un transeúnte al azar y dejarlo inconsciente de un puñetazo. La práctica ha dejado decenas de heridos y varios muertos a causa de la extrema dureza del golpe.

También el reto del ‘planking’ tiene el dudoso honor de contar con más de una víctima en su ránking. La prueba anima a los jugadores a recostarse boca abajo en cualquier superficie (muchas veces en equilibrio) y a colgar una imagen en redes sociales. Cuanto más extremo y peligroso es el lugar más ‘likes’ obtiene el protagonista, que a veces no calcula bien el riesgo. Entre las víctimas de este reto, un joven australiano de 20 años que ‘plankeó’ en un balcón de un séptimo piso y cayó al vacío. Tampoco es difícil imaginarse lo expuestos que quedan los jóvenes que se arriesgan a sumarse a la moda del ‘car surfing’, o lo que es lo mismo: surfear sobre coches en marcha en carreteras transitadas, con la posibilidad de caer del vehículo y morir arrollado.

Estas consecuencias son fácilmente predecibles, pero ¿alguna vez se ha planteado el peligro que representa tomarse una cucharada de canela en polvo de golpe y sin beber agua ni ningún otro líquido que ayude a tragarla? Pues los riesgos son enormes, y las redes sociales (y los hospitales) han dado buena cuenta de ello desde que empezó a popularizarse este reto: la ingesta de canela en este estado afecta a los pulmones y puede provocar asfixia, dificultades para respirar, irritación en la garganta o colapso pulmonar irreversible.

La gravedad de esta práctica es similar a la de una de las últimas en incorporarse a esta lista infame: el reto del ‘Hielo y la sal’, que consiste en poner sal sobre la piel y apretar contra ella un cubito de hielo. El efecto, además de doloroso, es devastador y puede llegar a provocar quemaduras de segundo grado e ingreso seguro en el hospital.

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