Diario Sur

Un oasis para ser niño

Un grupo de niños en el colegio Prácticas Número 1 durante una clase de refuerzo escolar de Málaga Acoge.
Un grupo de niños en el colegio Prácticas Número 1 durante una clase de refuerzo escolar de Málaga Acoge. / Ñito Salas
  • Cientos de menores de la capital consiguen no perder su infancia gracias a las actividades de diversas ONG que trabajan para romper el círculo de la pobreza y exclusión

  • A través de apoyo escolar y psicológico, ocio y deporte, asociaciones como Arrabal, Cruz Roja, Nuevo Futuro, Málaga Acoge o Nena Paine les dan herramientas para labrarse un futuro

Su hijo sólo tiene un año, pero Isabel Pineda se encarga de recordarle cada día la suerte que tiene por haber nacido en una familia que puede garantizarle un bienestar económico, educativo y personal. Porque esta malagueña de 34 años, en los ocho que lleva en Málaga Acoge, primero como voluntaria y ahora como responsable del programa CaixaProinfancia, ha visto pasar por la ONG niños con todo tipo de necesidades que no pueden disfrutar de una infancia plena. Menores de familias sin recursos y en riesgo de exclusión social a los que los problemas económicos y los conflictos familiares les hacen crecer demasiado rápido, condicionando su futuro, que a priori puede adivinarse bastante oscuro.

Y son precisamente Málaga Acoge y otras muchas asociaciones malagueñas las que, gracias a sus programas específicos para estos niños, a través de diversas actividades educativas y de ocio y del trabajo de psicólogos, logopedas y pedagogos, consiguen que estos críos estudien, jueguen y rían como debería hacer cualquier niño de su edad y les dan las herramientas para labrarse un futuro y romper así el círculo de la pobreza y la exclusión hereditarias.

Ángel es uno de los cientos de menores que atienden estos colectivos en Málaga. A sus siete años, este escolar ha vivido en sus carnes un desahucio y una agresión racista. Cuando apenas tenía cuatro años, el propietario les echó por impago del piso en el que ambos vivían en la capital. En mitad del curso tuvieron que irse a un pueblo de Málaga, donde un tío les acogió. Allí no fue muy bien recibido. «Le pegaron porque decían que no querían negros», recuerda Mari Carmen, que señala que su hijo «lo pasó realmente mal». En cuanto pudo, volvió a la capital, donde tuvo que resignarse a vivir con el niño en una habitación en un piso compartido. Después en otra. Hasta que encontró un empleo que le permitió alquilar la vivienda en la que viven ahora. El dinero que percibe por una discapacidad y la Renta Básica de Inserción y los escasos ingresos de su pareja actual no le dan para mucho. «Ayer se nos acabó la bombona y ahora mismo no puedo comprar otra, menos mal que había hecho un puchero el día antes», dice esta malagueña, que afirma que lo que más le preocupa es «que se me acabe la leche que me ha dado una vecina para mi hijo».

A pesar de todas las calamidades, Mari Carmen respira aliviada porque en su camino de espinas se cruzó con la asociación Arrabal AID, donde su hijo acude a clases de refuerzo escolar y a actividades de ocio que han conseguido que mejore su rendimiento académico y que ese niño antes retraído aprenda estrategias para relacionarse con otros pequeños. Su madre reconoce que si no fuera por esta ONG y el programa CaixaProinfancia de la Obra Social La Caixa su hijo estaría abocado al fracaso escolar: «A él le cuesta mucho, y yo no tengo nivel para ayudarle ni puedo pagar clases extraescolares». Ahora está convencida de que su hijo podrá ser de mayor lo que él quiera: «Siempre ha querido ser veterinario, aunque ahora le tira eso de ‘youtuber’», dice entre risas.

Problemas con el idioma

En el caso de los hijos de inmigrantes que atienden este tipo de colectivos, la situación normalmente es más complicada porque a la falta de recursos económicos se une la dificultad del idioma y las condiciones habitacionales, ya que muchas familias viven en pisos compartidos y los niños no tienen un espacio adecuado para estudiar. Y sus padres, normalmente, no saben leer ni escribir en español. Para ellos es fundamental el refuerzo educativo, una de las actividades principales del programa CaixaProinfancia, al que están adheridas 28 asociaciones en la capital y el área metropolitana que sólo en 2015 atendieron a 7.528 niños de más de 4.600 familias que también reciben ayuda económica a través de talonarios para equipamiento escolar. En total, se destinaron a este programa en Málaga 5,78 millones de euros. También la Fundación Unicaja dedicó una cantidad importante en el último año a colaborar con programas para niños de familias sin recursos de los que se beneficiaron cerca de 11.000 personas en asociaciones como Amfremar (Amigos Malagueños de Familias de Rehabilitados y Marginados) –donde la Fundación colaboró con la puesta en marcha de un servicio de comidas a menores de 12 años–, Nuevo Futuro, la asociación Maynagua –que promueve actividades culturales y deportivas entre niños y jóvenes de barrios con medios económicos limitados– o Cruz Roja, que en lo que va de año ha atendido en Málaga, dentro de su programa de inclusión social, a 1.177 niños de extrema vulnerabilidad.

Málaga Acoge es una de las entidades que forma parte de la red de CaixaProinfancia. Unos 20 menores extranjeros acuden dos días a la semana a clases de apoyo en el colegio Prácticas Número 1. Tawfik es uno de ellos, usuario del programa junto a otros dos hermanos. Entró con cuatro años y ya tiene doce y dice convencido que le gusta hacer los deberes. Tal vez porque se encuentra en un ambiente relajado, ajeno por unas horas a las preocupaciones que pueda haber en su hogar. «En casa no los haría», dice este niño, que quiere ser abogado. Mientras él repasa lengua, su madre, Fadila, que vive sola en Málaga con sus tres hijos, asiste en un aula cercana a un taller en el que enseñan a varias mujeres técnicas de estudio para ayudar a sus hijos. Y también hablan de sexo, de resolución de conflictos con los hijos… una forma de aprender y desahogarse mientras meriendan. «Es muy importante que alguien se ocupe de mis hijos, porque son lo que más quiero», señala esta marroquí.

Pero no todo es estudiar. En estas asociaciones también hay tiempo para el ocio, el deporte y la diversión. Talleres de cómic, cocina, manualidades, huerto urbano o excursiones y visitas a la playa, parques acuáticos, museos o al fútbol forman parte de los programas de estas ONG, así como las colonias urbanas durante las vacaciones escolares. También en estas actividades, sin darse cuenta, los menores –unos 80 en Málaga Acoge y casi 300 en Arrabal– están trabajando para construirse un futuro más esperanzador. «Siempre intentamos enseñarles algo a través del juego», explica Pineda, de Málaga Acoge. Asimismo, conocen las costumbres de las diferentes culturas, favoreciendo la tolerancia y la integración.

Autoestima y motivación

La autonomía, la motivación y la autoestima son otros de los aspectos en los que se hace hincapié porque suelen ser niños que están muy afectados por las situaciones difíciles que viven en casa o en el colegio –problemas económicos, abusos, malos tratos, bullying...–, y llegan a sentirse culpables y a creer que no existen otras alternativas. «Nos llegan niños con roles aprendidos como que el jefe de la tribu es el que va a la cárcel y eso se convierte en su aspiración», señala Ángela Fontana, presidenta de la asociación Nuevo Futuro, que da acogida en ocho pisos a 48 menores en riesgo de exclusión social procedentes de familias desestructuradas que tutela la Junta de Andalucía. Desde 1972 se dedican a proporcionarles «un ambiente familiar» y conseguir que se reintegren en la sociedad facilitándoles apoyo escolar y atención psicológica. «Nuestro máximo objetivo es romper el círculo de la exclusión social y que creen su propia familia asentada», afirma Fontana.

Un círculo que, según la responsable de CaixaProinfancia en Málaga Acoge, es difícil de romper si los niños, «las mayores víctimas de la pobreza», se preocupan de cosas que no le corresponden. «Están dejando de ser niños y no están creciendo como adultos con las habilidades y herramientas necesarias para salir de esa situación», explica, aunque afirma que, no obstante, los críos, en general, no suelen estar tristes. «Disfrutan con cualquier cosa y valoran y comparten más», señala.

Normalmente se amoldan a lo que tienen «porque no han visto otra realidad», como señala Mercedes García Paine, presidenta de la asociación Nena Paine, que cuenta con un programa específico para dar apoyo escolar a medio centenar de niños de familias sin recursos de Ciudad Jardín, de la promoción de viviendas sociales conocida como ‘la Ford’. Allí, de cuatro a ocho de la tarde, hacen los deberes y meriendan cada día, además de realizar actividades lúdicas y deportivas. Además, también se les ayuda con ropa y lotes de comida. «Si nosotros no existiéramos, tal vez la mitad no saldrían adelante y muchos estarían condenados al fracaso escolar», afirma.

Cuando el colegio todavía les queda muy lejos, en el Biberódromo ya ayudan a menores de familias sin recursos. Lo hacen con pañales, potitos, cereales y leche para unos 200 bebés de hasta 24 meses a los que el presidente del colectivo, Manuel Montes, siente como de su familia. «Los niños no tienen culpa de nada», dice.