Diario Sur

De nuevo las castañas

La cola de espera para recoger las castañas genera una complicidad agradable.
La cola de espera para recoger las castañas genera una complicidad agradable. / Ñito Salas
  • La lluvia no ha salvado la temporada pero nos ha situado en el tiempo y, de la playa, nos ha mandado a la bruma londinense

  • Duele la sequía y la cosecha es pobre. Las castañas les cuestan más a quienes las asan, pero las venden al mismo precio que el año pasado

No llovía desde mayo y otoño no existía. Las playas estaban casi vacías, pero estaban. Menos gente y el agua limpia. La temperatura, perfecta. En octubre. La lluvia ha sido insuficiente pero ha sido. La lluvia no ha salvado la temporada de castañas pero nos ha situado en el tiempo y, de la playa, nos ha mandado a la bruma londinense de las plazas malagueñas. Bajan los grados justos para que no sepamos qué ponernos, cómo gestionar esto que llamamos frío, y nos acercamos contentos a la costumbre de siempre, el puesto de castañas. Nos acordamos de nuestro padre y de nuestra madre y de nosotros cuando éramos chicos y sostenemos otro año más una hoja de papel de estraza que nos calienta las manos. Quema el cartucho de papel relleno de tres euros de castañas. La cola de espera genera una complicidad agradable, una seña de identidad: esto es lo que somos. Es lo que éramos y nos gusta que algo siga siendo. La dulzura leve de las castañas, la dureza poco densa, el fácil pelado de las castañas bien asadas.

Un hombre levanta una olla de las que ya no se ven y un grupo de cuatro niños pregunta si queda mucho y el hombre, que un minuto, y al momento los niños vuelven a preguntar. Juan, en su puesto de Fuenteolletas sacude la olla como si se tratase de la coctelera más basta del mundo. La devuelve al fuego y sabe que ya casi están y nosotros sabemos que él sabe. Vuelca el contenido de la olla en la mesa cubierta con hojas del periódico del martes, este mismo periódico que servirá el lunes. Las castañas caen sobre una foto que muestra a Donald Trump y tal vez sea esta la señal clarificadora del castañazo final del candidato republicano. Eva, la mujer de Juan, los dedos llenos de cortes del cuchillo, prepara más. Juan las calibra con las manos. Elige seis más una de regalo. Los niños se acercan y el primero saca una enseguida. Quema, murmura, y se pierde al otro lado de la niebla olorosa.

Antonio, en el puesto de la Plaza de Capuchinos, dice que él tose por el humo, y su mujer dice que es por el tabaco, y Juan explica que ese humo es bueno porque no lo provoca el carbón sino la sal.

–Otro euro–, pide un hombre que se acaba de levantar de un banco próximo donde se ha comido ya un cartucho.

Vuelve a sentarse y un joven con aspecto de ejecutivo pide seis euros.

Es octubre y nuestro río no nos avisa. Nuestro río no lleva agua, vaya río. Pero tenemos las castañas: estamos en otoño. Entran ganas de pasar la tarde en una casa antigua. El suelo de loza, la mesa camilla, el brasero. El futuro será algo así, la mezcla. Una casa inteligente y un cartucho de castañas. Si lloviese más. Uno de los paisajes más espectaculares es un bosque de castaños. Un paseo por el valle del Genal nos llevará al origen y a la belleza. La gama de dorados nos dificultará asimilar tanta belleza.

Los castaños protegen con púas las castañas. Los campesinos protegen los campos de castaños de los furtivos. El campo está lleno de enemigos. Y la lluvia. ¿Por qué no llueve excepto cuando llueve? Desde mayo no caía una gota. Duele la sequía y la cosecha es pobre. Las castañas les cuestan más a quienes las asan pero las venden al mismo precio que el año pasado.

–Ganamos menos, claro. Y las horas que pasamos aquí durante dos meses y medio... Desde el 1 de octubre hasta final de diciembre, aunque las castañas se acaban antes.

–Y la gente busca ya los mantecados–, nos dijo antes Antonio, el de la plaza.

–Y los dos tipos de carbón, que hay que comprarlo –continúa Juan–. Y la sal. Es un trabajo duro –y sonríe–.

Explica que su abuela ya tuvo un puesto. A Antonio también le viene de antiguo. Nació un mes de julio y en septiembre de ese mismo año ya lo pusieron en un cajón de castañas. Juan muestra el horno que él ha fabricado y sonríe orgulloso. Es culto y amable.

El río no tiene agua pero arden nuestras esquinas y buscamos el humo. Alguna saldrá con gusano y a lo mejor lo descubrimos cuando sólo quede medio. En algún lugar del mundo se comerán gusanos tostados como nosotros nos comemos las castañas. Qué bien que nos haya tocado el rincón de las castañas. Aunque a lo mejor están buenos los gusanos tostados.

Teníamos el mar y la lluvia y el humo y las castañas nos recuerdan que tenemos mucho más. Esta riqueza. Hay tradiciones que nos reconcilian con el pasado y nos sumen en el recuerdo futuro. Nos recordaremos llegando a la casa con un cartucho de castañas y sabemos que así seremos recordados. La lluvia ha cumplido de manera insuficiente su función, qué le vamos a hacer. Nos quedan las castañas.