Diario Sur

«Un pozo en Burkina no es sólo agua. Es comida para todos e infancia para los niños»

Alfonso Artacho, en la playa de Pedregalejo.
Alfonso Artacho, en la playa de Pedregalejo. / Álvaro Cabrera
  • Alfonso Artacho, el hombre sobre el terreno de Pozos sin Fronteras

  • Los proyectos para mejorar la vida de aldeas de África se la han cambiado a este aparejador malagueño con un largo historial al frente de constructoras en países en vías de desarrollo

Hace una semana que volvió de uno de sus cinco viajes (Málaga-Casablanca-Uagadugú) al año a Burkina Faso, el pequeño país sobre el que gira ahora su vida como profesional de la cooperación, aunque su móvil lo tienen también en el ‘pull’ de emergencias de Médicos sin Fronteras. El hombre sobre el terreno de la ONG malagueña viene eufórico del resultado de un año de trabajo. Los proyectos en Burkina han cambiado la vida a más de ocho mil personas, enfocadas ahora a una nueva relación con el agua para tener alimentos todo el año, gestionar excedentes de las cosechas y para que la gente –«los niños, sobre todo»– pueda invertir en su futuro el tiempo que ya no tendrán que dedicar a buscar agua a diario a varios kilómetros. Pozos sin Fronteras ha empleado ya ese primer plan de 180.000 euros de la Agencia Andaluza de Cooperación, que le ha aprobado nuevos proyectos por 300.000 euros. La Caixa, en junio, les ha comprometido 120.000 euros.

–Burkina, Marruecos, Bolivia... ¿Cómo se deciden los proyectos de PSF?

–En el inicio, hace unos 12 años, estábamos centrados en hacer pozos en la zona norte de Marruecos. El presidente, Coco San Emeterio, viajaba allí con frecuencia y veía la necesidad de agua potable para paliar muchas necesidades. Era el proyecto de una serie de amigos y cada vez que tenían recursos se apoyaban en una ONG local, de las hermanas de la Caridad, para hacer un pozo, y se hacían uno o dos al año. Por casualidades de la vida, conocí a Coco, aunque ya sabía de su inquietud por montar una ONG en torno al tema del agua, un tema prioritario en la cooperación para el desarrollo, pero para el que no tenía tiempo ni capacidad suficiente…

–¿Estaba usted en esa etapa inicial de la ONG?

–No. Entonces trabajaba con Médicos sin Fronteras.

–¿Y qué hacía un aparejador ahí?

–Venía del sector privado. He sido director general de grandes empresas de construcción en Polonia, en Colombia... También lo fui en Metrovacesa en Andalucía. Antes de la cooperación ejercía mi profesión de arquitecto técnico, y luego de manera intermitente hasta que tuve que volver a ella durante tres años hará unos diez, aunque mi intención era dedicarme a la cooperación.

Artacho, en una aldea de Burkina Faso.

Artacho, en una aldea de Burkina Faso. / SUR

–Y hacerlo profesionalmente, entiendo.

–Sí, pero es algo vocacional. Cuando estaba en el sector privado trabajaba mucho. Mi perfil de países no han sido Francia o Alemania, sino Tibet, Marruecos, India… He respirado la necesidad extrema. Mi vocación nace de ver con claridad lo privilegiados que somos, y el corazón me pidió equilibrar esa balanza. Nosotros tenemos de todo y hay gente que no tiene absolutamente de nada. Pensé en dedicar mi empuje, mi energía y mi capacidad técnica a ayudar a los demás. Además, en el tema de agua y pozos me he formado bastante.

–¿Se siente un MacGyver de alto nivel en esos poblados perdidos?

–No. Creo que tengo sobre todo empuje. Lo que no sé lo estudio. Te metes en Internet y ahora no es como hace 30 años. Tengo motivación y energía, que creo que es lo principal para la cooperación y la ayuda humanitaria.

–¿Y en MSF en qué se concretaba su papel?

–Sigo en el ‘pull’ de emergencia de la ONG en Andalucía y cuando hay una necesidad me llaman, pero saben que cuentan conmigo siempre que tenga disponibilidad y no esté ocupado con Pozos. Este año he estado con MSF en Yemen. También antes en Sierra Leona y Mali con el ébola, y en Sur Sudán. Ellos quisieran contar conmigo de forman continua, pero tengo un compromiso con Pozos. El año pasado participé en tres misiones.

–Al pasar de la empresa privada al mundo de la cooperación, haría sus cuentas.

–Si, bueno. Mi primer intento me obligó a volver al sector privado. Digamos que consumí mis ahorros. Volví y estuve tres años en una empresa de ingeniería y construcción en Colombia. Creo que ahora estoy en el paso definitivo, este segundo intento. Al menos, eso espero

–¿Y la familia está por la labor?

–Totalmente. Tengo mujer y tres hijos. El mérito es de ella. Se encarga de todo lo que supone llevar una familia numerosa. Me conoce y sabe como nadie dónde apuntaban mis intenciones. Si no tuviera ese apoyo sería imposible estar varios meses fuera de casa.

–¿Aunque les pille a usted y a su compañero Pepe Albújar un golpe de Estado como el de Burkina el otoño pasado?

–No fue lo más preocupante para mi familia porque he vivido situaciones mucho más complicadas. En Angola, por ejemplo, con enfrentamientos armados. Fue una de mis primeras misiones. Un enfrentamiento armado entre dos aldeas y nos pilló en el hospital en medio. La cosa se puso complicada. En Yemen, el año pasado, nos bombardeaban al lado. Hace dos semanas lo hicieron contra el hospital que hicimos. Con el ébola, también muy complicado. Me dediqué a construir centros de tratamiento con los higienistas. Burkina es verdad que implica cierto riesgo porque Al Qaeda ha atacado recientemente un hotel para que se sepa que tienen presencia allí. También en una de las aldeas ha habido revuelta a raíz de la transición actual. No hay que olvidar que la cooperación se hace en contextos poco estables normalmente.

–¿Y cómo les mira el Daesh a los ‘infieles’ cooperantes ?

–Pues... la ventaja en el caso de Burkina es que es un país olvidado, sin apenas recursos y que no tiene intereses importantes. En Mali, que es frontera, sí están es una situación complicada. Antes era al norte, junto Argelia, Mauritania, en Tombuctú, pero ahora la presencia también se ha desplazado al sur y están en Burkina. Estamos lejos de la capital, somos una ONG discreta, en los desplazamientos vamos dos o tres. Vamos en moto. Somos bastante austeros.

–Y en resultados, ¿qué cifras manejan del último programa?

–Pues se han beneficiado unas 8.000 personas con el proyecto de la Agencia Andaluza de Cooperación que hemos terminado, en diez comunidades muy dispersas. El proyecto es agua potable, pero también aprendizaje de huerto, riego por goteo, rotación de cultivos. Hemos puesto una hectárea en cultivo, y en mi última visita, ahora, ya iban por la segunda parcela. El efecto es impresionante. Contamos ya con una flotilla de motos pequeñas para las reparaciones con personal local. Cuando llegamos el panorama eran niños harapientos, con las barriguitas hinchadas, mujeres desnutridas… ¡El nuestro es un proyecto tan claro enfocado a la cooperación! Les estamos proporcionando agua, comida y, muy importante, tiempo, sobre todo el de esos niños que tienen derecho a una infancia y no estar caminando horas para conseguir agua. En los poblados, la producción que no se consume, pueden llevarla al mercado, y con los ingresos pueden agrandar el campo. Si la comunidad gestiona adecuadamente todo...

Producir todo el año

–¿Esa conciencia de cooperación es la parte débil?

–Sí, pero les enseñamos formación para el ahorro, también los microcréditos. Tenga en cuenta que en Burkina hay tres meses de lluvia pero el resto es un desierto. Los hombres se marchan de los poblados. A las familias les cuesta alimentarse. Nuestro proyecto les hace posible producir todo el año y pensar en avanzar en otras cosas.

–¿Nadie hace lo que ustedes allí?

–No exactamente. Puede haber una ONG que hagan pozos pero la idea de gestión cooperativa del agua no la aportan, de manera que si hay una pequeña avería, ese pozo queda inutilizado por mucho tiempo. Nosotros hemos formado a técnicos locales para el mantenimiento. Es algo importante porque se rehabilitan pozos de otra forma seguirían inutilizados. El país está lleno de ellos. Tiene un nivel freático no de buena calidad más superficial y otro entre 30 y 60 metros, muy estable. En la mayoría de ellos, el agua se saca con bombas manuales: de volanta, de pedal, de émbolo...Si se rompía cualquier pieza, ahí tienes a la comunidad volviendo a hacer diez kilómetros. La necesidad ya la detectamos en el primer viaje a Burkina. Pensamos que no tenía sentido gastar 6.000 euros en perforar nuevos pozos y que era más lógico reparar, crear un comité del agua que se encarga entre otras cosas de una caja para que la gente pague una mínima cantidad para costear maestros reparadores. En algunos hemos metido dinamo con energía solar para suplir la tracción humana. Ideas entre todos que funcionan. En estos países hay que ir a la simplicidad, aunque te tiente ir a tecnologías más avanzadas porque luego no son sostenibles. Ahora queremos meter bombas sumergidas, duran más de 10 años, pero antes queremos formarlos en ellas.

–¿En quiénes se apoyan para sus proyectos a nivel local?

–Está GEIS, un grupo del agua e ingeniería social. Son gente con formación técnica. Esta asociación la conocimos gracias a empresas españolas que habían estado allí. Sin un socio local no son posibles estos proyectos. Ellos son nuestros ojos allí. Conocen la idiosincrasia local. Nuestra contraparte local en Burkina es excelente. Allí ves mucha gente feliz. No pretendemos que vivan como nosotros, que creo que nos hemos pasado en consumismo, pero los niños deben tener derecho a la infancia, y allí no la tienen cuando el agua es el problema. Trabajan como bestias desde que tienen cuatro años. Lo que aportamos permite también acceso a salud y condiciones de vida.

–¿Es usted de los que miran la etiqueta del pantalón por si sospecha explotación infantil en el país de fabricación?

–No de una forma radical, pero intento ser consecuente con mi forma de pensar. El mensaje fundamental es transmitir lo privilegiados que somos por nacer donde hemos nacido… todos con nuestros problemas, claro.

–¿Sus hijos le dicen que es un pesado?

–Sí, pero tampoco los atosigo. Tienen el ejemplo que trato de darles. Algún día florecerá. Ven en qué trabaja su padre. Han visto mi transición porque yo he vivido en la sociedad de consumo, con salarios de director general, así que conozco los dos mundos. En su día se preguntarán por qué su padre renunció a determinadas cosas.

–¿Se sigue sintiendo un privilegiado?

–Claro. Tremendamente. Es más. Uno de los motivos de hacer lo que hago es devolver un poquito de lo que se me está dando. Soy afortunado en el terreno familiar, profesional, en mi estado de salud. Me parece justo devolver una parte. Hay gente que no ha recibido tanto.

–¿Su principal cualidad?

–El empuje. Me sirve en cooperación y en ayuda humanitaria. Llego y hago. Analizó y actúo rápido, asumiendo el riesgo de equivocarme. Muchas veces, y más en ayuda que en cooperación al desarrollo, cuatro horas de indecisión pueden ser cuarenta personas muertas: epidemias de cólera, contextos de guerra. No me da miedo el trabajo relativamente cómodo.

«Necesita profesionales»

–¿Cuál es la salud de las ONG en general? Hay quien no colabora porque duda de que el dinero se emplee bien.

–Eso es una excusa de la gente que no quiere colaborar porque la gran parte de los recursos llegan al beneficiario. Pero es inevitable destinar recursos también al profesional, a los medios necesarios, cosa que a las grandes organizaciones les supone mucho dinero. En el fondo una ONG es una empresa, sin ánimo de lucro cuyo fin es ayudar al prójimo, paliar el sufrimiento de otros. Y como toda empresa necesita mantener una estructura. La época de llevar una cajita con un panecito, eso no sirve para nada. Necesita profesionales.

–Imagine que alguien duda de lo que hacen ustedes en Burkina...

–Uy. Los controles son tremendos. Ahora contamos con los recursos de la Agencia Andaluza, de la obra social de la Caixa, de Provitas, de los ayuntamientos de Casares y de Málaga... Nos entran unos recursos y todos los financiadores tienen sus procedimientos de fiscalización, en el ecuador del proyecto y al final: facturas, contabilidad, auditoría, métodos muy bien paridos por cada financiador. Estafadores los hay en todos los ámbitos, pero en la cooperación es difícil. Lo tienen pero que muy complicado. Ahora me esperan meses de trabajo junto a mi compañero Pepe para la acreditación del proyecto que acabamos de ejecutar de 179.000 euros, pero vengo con el alma pletórica de ver lo que se ha podido hacer con ese dinero en solo un año. El nuevo proyecto que está empezando son casi 300.000 también en Burkina. También La Caixa va a colaborar. En Marruecos hemos hecho un paréntesis y esperamos empezar en Bolivia.

–¿Están en la zona alta de ONG receptoras de fondos de la Agencia Andaluza de Cooperación?

–No. Piense en las grandes: Oxfam Intermón, Médicos, Acnur... todos tienen presencia en Andalucía y presentan proyectos. Pozos somos una ONG pequeña camino de convertirse en una mediana. Éramos una pyme y vimos un punto de inflexión hace siete años, cuando me incorporé. Ya había un profesional para materializar proyectos y fue cuando decidimos ir a Burkina con recursos propios. Había recursos pero sin profesionales. Los recursos crecieron y vimos que profesionalizando podíamos ir mucho más lejos.

–¿Es usted un poco el ‘profeta’ del valor añadido de los pozos?

–En ver ese efecto multiplicador para la agricultura y en general la vida de los poblados hemos sido Pepe y yo. Vimos que se podían hacer más cosas. Ahora estamos en seguridad alimentaria. Con el proyecto de la Caixa vamos a introducir ganadería de aves, cocinas mejoradas y avanzar en el desarrollo de la comunidad, para que nadie tenga que meterse en una patera. Ese proyecto es una mejora importante.

–¿Cuánto cuesta Pozos al año y cuantos recursos moviliza?

–Al año necesitamos 80.000 euros, pero con ellos movilizamos proyectos de más de 600.000 euros, y beneficiarios pueden ser entre 30 o 40.000 personas. Un euro lo estiramos de una manera increíble... Somos pequeños pero un gran engranaje.

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