Diario Sur

La primera campaña en el mar

En 1985, siendo profesor en el instituto ICET, estuvo embarcado durante un mes.
En 1985, siendo profesor en el instituto ICET, estuvo embarcado durante un mes.
  • Jorge Baro, director del Instituto Oceanográfico, realizó su primer viaje de estudio en 1985 en Alemania, una experiencia que le confirmó dónde quería trabajar

Cuando uno piense en un instituto oceanográfico, lo primero que tiene que tener claro es que no se trata de un lugar con grandes peceras y con tiburones vivos pasando por encima de nuestras cabezas. El director de esta institución en la provincia, Jorge Baro, entiende que mucha gente le pregunte lo mismo cuando desconoce absolutamente labor que realiza. En realidad, el Centro Oceanográfico de Málaga es uno de los nueve Centros Costeros que el Instituto Español de Oceanografía tiene repartidos por el litoral peninsular e insular español. Se dedica en exclusiva al estudio multidisciplinar del mar y especialmente a los problemas derivados de la explotación de los recursos y de la contaminación. En este sentido, el Instituto procura orientar sus investigaciones de tal forma que sus resultados sirvan de apoyo a la función de asesoramiento. Precisamente por esta razón, el área de trabajo de las campañas que se realizan no se circunscriben solamente a la zona geográfica en la que esté el centro.

Fue precisamente durante un verano, el del año 1985, cuando en la primera campaña que realizó tuvo claro del todo a lo que quería dedicarse. «Yo por aquel entonces era profesor en el instituto ICET, en El Palo, estaba con la tesis y surgió la posibilidad de estar unos meses fuera, en el mar, estudiando el medio marino. Estuve un mes y medio y Alemania y algo más de un mes en Irlanda», explica este biólogo.

En el primero de los países, su salida desde Málaga le llevó a Hamburgo. «Allí embarcamos durante aproximadamente un mes, en el que recorrimos el Mar del Norte. Aunque lo llevé bien, lo cierto es que hasta ese momento nunca había estado embarcado tanto tiempo; a lo sumo un día y en barcos pequeños», explica, aunque reconoce que el tiempo en el mar no fue lo más difícil a lo que acostumbrarse. «Lo peor fueron los mareos, e incluso la comida. En el primer desayuno, que se tomaba en un comedor para científicos, ofrecían ‘tartar’. Entre mi nulo alemán y mi cuestionable inglés, no terminé de captar de qué se trataba, además de que todo el mundo parecía estar contento con el menú. Cuando vi que era carne cruda, con un huevo crudo... Lo cierto es que al tercer bocado me tuve que disculpar e irme de allí. Entre los mareos y el recuerdo del steak tartar lo pasé mal unos cuantos días, pero me fui haciendo al barco», relata con cierta nostalgia de aquel viaje.

En el año 1985 no era habitual que un biólogo español pudiera realizar este tipo de estudios. «En aquel momento, con 26 años recién cumplidos, yo me consideraba –y era– un privilegiado. Ir a estudiar al extranjero, varias semanas en un barco... era algo que no todo el mundo podía realizar. Además, yo no contaba con ninguna ayuda de España, tan solo un subvención del Instituto de Investigaciones Pesqueras de Alemania, homólogo del Centro Oceanográfico», cuenta.

Pero, si era tan difícil, ¿cómo consiguió esa posibilidad? «Yo hice mi tesina sobre el estudio de las rayas», señala el director del Instituto, «y encontré dos ejemplares que no podía identificar. Ese motivo me hizo mandarlas a Alemania, a uno de los mayores expertos en la materia. «Me contestó y me dijo que se trataban de unas especies nuevas, y dado el descubrimiento nos mantuvimos en contacto y me surgió la posibilidad de ir a este viaje».

Del museo, a Irlanda

Una vez que hubo pasado ese primer mes de verano en el Mar del Norte (con mucho frío pero al fin y al cabo en los meses estivales), Baro tuvo la segunda experiencia importante de su viaje. «Cuando desembarcamos estuve casi otro mes entero trabajando en el Museo de Hamburgo. Después de estar un mes en alta mar recogiendo y estudiando muestras, tener la oportunidad de seguir con la segunda de las labores en un museo como el de la ciudad alemana fue algo que enriqueció mucho el viaje», apunta.

La tercera y última etapa de este verano de 1985 fue la que llevó a Irlanda. «Tras el mes en el Mar del Norte y el mes en el museo, tomé un avión a Cork, donde volví a subirme al mismo barco que la primera vez. Era un buque alemán enorme, de unos 90 metros de eslora, y muy famoso en cuanto a la investigación pesquera en Alemania», recuerda el biólogo. «Allí estuvimos otros 20 días largos, estudiando el medio marino de la zona», hasta que finalmente tocó volver a Málaga y al instituto al que daba clase.

«Yo no creo que el viaje me abriera puertas como tal, y lo cierto es que yo ya estaba orientado... pero sí que me abrió los ojos para entender dónde quería trabajar», sentencia Jorge Baro. Sea como fuere, tan solo un año y medio después, con 27, Baro entró a formar parte de la plantilla del Centro Oceanográfico de Málaga, cuya sede está aún en Fuengirola. Desde el año 2008, este biólogo nacido en la capital de la Costa del Sol, y que él mismo se considera un «privilegiado» por su primera campaña en Alemania, dirige esta importante institución.