De goles y noches en el morro

La liguilla de Citesa el verano de 1987. Francisco Daniel (tercero por la izquierda) jugó en el equipo que entrenaba su padre (a la derecha).
La liguilla de Citesa el verano de 1987. Francisco Daniel (tercero por la izquierda) jugó en el equipo que entrenaba su padre (a la derecha). / Sur
  • El autor malagueño Francisco D. Medina mataba el tiempo de las calurosas noches estivales pescando en el muelle de levante, mientras era el goleador del equipo de su calle

Hubo una época en la que las noches de verano de Francisco Daniel Medina tuvieron como escenario el morro, el dique de Levante de la capital. «Olían a salitre, restos de pescado y esa mezcla entre alquitrán y combustible de los barcos», recuerda el autor malagueño. En los ochenta nadie se imaginaba un Muelle Uno ni un Palmeral lleno de sorpresas. «Los que recordamos aquel morro nos damos cuenta que, ya entonces, era una construcción de otro siglo, pero era el muelle de mi infancia. En mi recuerdo, menos ‘cool’ y menos sofisticado, pero mucho más humano y romántico».

Un puerto de Málaga que servía de punto de encuentro para los malagueños, como hoy, pero de otra forma. Acudían allí para correr un rato, nadar o simplemente pasar el rato en las calurosas noches estivales. «También era el lugar al que iban las parejas con sus coches para tener un poco de intimidad», recuerda un cómplice Francisco Daniel. «Las historias y los secretos que se ha llevado consigo el antiguo morro darían para escribir al menos un centenar de libros», continúa. A él, que publicaba en abril su tercera novela, ‘La extravagancia’ (Siníndice), le sirvieron sus vivencias de esos veranos para enmarcar sus dos primeras obras. «Siempre que me pongo a escribir, aparecen esos pasajes de forma inconsciente: ‘Un mundo sin cuentos’ y ‘Cuando las luces de la ciudad se apaguen’ lo prueban».

Francisco Daniel y Paco, su padre, iban bien temprano y conversaban con los pescadores. «Yo acostumbraba a mirar en los cubos para ver si habían tenido buena suerte. Luego comprendí que lo importante era estar allí, matando horas en aquel lugar que para ellos se asemejaba a pedirle un tiempo muerto a sus rutinarias vidas». Pero lo mejor eran las noches. La obligada visita a la tienda de pesca para comprar la carnada, generalmente gusanas, y cumplir el ritual de conservarlas en la nevera. «Me encantaba la parafernalia y la utilería que rodeaba al arte de la pesca: carretes, hilos, anzuelos...». Eran sus noches. Pasar horas contemplando el agua color cobalto, esperando a que los peces picasen. Si acaso, subir con su hermana Isa y su madre, Ana, a por una hamburguesa a la plaza. Y luego, la paz. «Resultaba excitante. Pescar en silencio. El hombre, el mar y las estrellas (en aquella época las había)».

Aquel muelle de los ochenta fue el escenario nocturno. De día, estaba dándole patadas a un balón. «jugábamos partidos en plena calle cuando era aún el hábitat normal de los niños». Sin árbitro ni césped ni porterías, tampoco tenían en cuenta el reloj. «El primer tiempo bien podía durar toda la mañana mientras que el segundo se disputaba a lo largo de toda la tarde», recuerda con una sonrisa. Se le debió dar bien eso de darle patadas al balón porque, de nuevo su padre, un gran aficionado, se percató pronto de un talento innato. «Siendo él menor de edad, recibió una oferta para jugar en un equipo de segunda pero mi abuelo se negó. En su época, el fútbol no estaba tan bien visto como ahora».

Muy pronto Francisco Faniel dejó de jugar en la calle para entrenar con El Mortadelo. «Un día se me acercó un hombre vinculado al club y me dijo que quería hablar con mis padres». Fue cuando empezó su periplo por equipos algo más serios y cuando empezó a jugar «con chicos que no conocía». ¿Dónde quedaron los amigos del barrio? «Debo decir que, en mi caso, ése fue el principio del fin», sentencia. Ayudó también un entrenador que recogía a los chicos del equipo en una furgoneta y los llevaba a la playa «a correr y a pegarle puntapiés a un balón de reglamento descalzos, de manera que el pie terminaba rojo».

Su idilio con el deporte rey se rompía definitivamente un verano de 1987 en el que su padre organizó la liguilla de los hijos de trabajadores de la mítica Citesa. «Me quería mucho; pero, como es lógico, se tomaba el fútbol demasiado en serio». Para colmo era su entrenador y deseaba con toda su alma que el equipo se llevase la liga. «Y desde el banquillo me veía comportarme de forma rara, sin meter la pierna, dejando pasar balones». A Francisco Daniel le pudo la presión. Y su padre acabó colocándolo de portero. No era el incentivo que necesitaba. «Yo en el barrio siempre jugaba de delantero y mi héroe no era ‘Zubi’ sino el ‘Buitre’, y lo que a mí me ponía era meter goles». De manera que, cuando Francisco Daniel se despidió del resto del equipo el último día del torneo, tras un sofocante partido una tarde de agosto, también dijo adiós al fútbol.

«Aquella era mi infancia, vinculada a las pasiones de mi padre. Recuerdo de aquel puerto los oxidados noráis a los que se ataban las cuerdas que mantenían a los barcos sujetos en la noche». Su vida se mantiene también amarrada a aquel pasado: «Me ayudan a no olvidarme del lugar de donde provengo». El agua del mar salpica su prosa y sus versos, también como vocalista del grupo Modo Bélica. «La moraleja es que mi padre me inculcó sus pasiones y yo las he convertido en literatura». Así se ha hecho el Francisco Daniel Medina poeta, novelista y músico, quizá gracias a que un verano decidió colgar las botas.