Tras las huellas del panda rojo y el gigante

Figueirido, con réplicas de cráneos del panda gigante y el rojo.
Figueirido, con réplicas de cráneos del panda gigante y el rojo. / J. J. Buiza
  • La investigación de un grupo de científicos liderados por el profesor de la Universidad de Málaga Borja Figueirido Castillo ha arrojado nuevas claves para entender la coexistencia entre estos dos animales

La coexistencia del panda rojo y del panda gigante es una cuestión que históricamente ha traído grandes quebraderos de cabeza a los científicos. Tanto por sus similitudes como por sus diferencias. Entre las primeras está el hecho de que ambas especies son capaces de vivir en los mismos ecosistemas (la provincia de Sichuan, en China) alimentándose en ambos casos de plantas de bambú. Sin embargo, sus diferencias físicas son evidentes. Mientras que el panda rojo está más emparentado con los mapaches y tiene unos cinco kilos de peso, el panda gigante se encuentra dentro de la familia de los osos actuales y puede llegar a pesar hasta unos cien kilos de media.

Recientemente, la investigación de un grupo de científicos liderados por el profesor de la Universidad de Málaga Borja Figueirido Castillo ha arrojado nuevas claves para entender esa coexistencia entre dos animales del orden de los carnívoros, pero que se han especializado en el consumo de bambú, una dieta peculiar dentro de los mamíferos. Y ello teniendo en cuenta además que están separados por 40 millones de años de evolución.

«Lo importante de este trabajo es que hemos conseguido encontrar aspectos de la biomecánica craneal que reflejan las diferencias de alimentación entre las dos especies y que, por tanto, permite su coexistencia, algo que se venía buscando desde hace mucho tiempo» explica Figueirido, biólogo especializado en paleontología y que desde 2012 es profesor en la UMA, donde compagina sus proyectos de investigación con las clases a alumnos de la carrera de Biología. La prestigiosa revista Biology Letters publicó los últimos descubrimientos relacionados con los dos pandas, donde han colaborado científicos de la Universidad malagueña, en colaboración con el Museo Anatómico de la Universidad de Valladolid y con el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York.

Mediante el uso de técnicas pioneras de simulación biomecánica basadas en la tomografía axial computerizada, el equipo de Borja Figueirido ha localizado diferencias estructurales en los cráneos de estas dos especies relacionadas con la forma de masticar. Tales diferencias reflejan las distintas partes de la planta de bambú consumidas por ambas especies. El panda rojo, por un lado, se alimenta de las partes más blandas de la planta, como son brotes tiernos y hojas, y el panda gigante, por otro, busca los troncos y tallos más duros.

«Desde un punto de vista evolutivo, el estudio de los pandas es apasionante, ya que son dos especies que se han adaptado a una dieta totalmente diferente a la que poseían sus ancestros», comenta este joven paleobiólogo, que con 36 años ya ha trabajado con destacados maestros de la especialidad. «Además, puesto que se trata de especies amenazadas, el estudio de su evolución puede aportar claves importantes para formular medidas urgentes de conservación», añade.

La investigación puede servir para ahondar en las respuestas de cómo el panda rojo y el panda gigante, a pesar de pertenecer a familias diferentes, comparten tantas similitudes, tras un proceso de selección natural. Otros autores del citado artículo son Francisco J. Serrano Alarcón y Alberto Martín-Serra (Universidad de Málaga); Francisco J. Pastor (Universidad de Valladolid) y Z. J. Tseng (Museo de Historia Natural de Nueva York).

Tigre de Tasmania

El proyecto ha tenido una importante repercusión en el ámbito de la paleontología. Más eco si cabe tuvo otro trabajo de Borja Figueirido en 2011, centrado en esta ocasión en el tigre de Tasmania, extinto desde los años 30. La conclusión de aquel estudio fue que el también conocido como lobo marsupial o tilacino no cazaba como los carnívoros actuales persiguiendo a las presas a la carrera, sino en emboscadas. «El animal no podía cazar como un perro o como un lobo, ya que mantenía su condición ancestral, como los felinos», apunta el profesor.

Aquel proyecto, que realizó junto con la catedrática de Biología Evolutiva de la Universidad de Brown (Estados Unidos), Christine Manis (toda una institución en paleontología), se centró en analizar la articulación del codo, y vino a arrojar dudas sobre la tesis que mantenía hasta entonces que esta especie se extinguió en parte por la introducción de los dingos –perros asilvestrados– en el continente austral.