La vida en el muelle

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Gabarras amarradas en paralelo y troncos cercan el tinglado ya repleto e insuficiente, rodeado de trabajadores. En la lejanía, un mercante fondeado señala las diferentes calidades del comercio portuario. / (E. Gálvez, h. 1900)

  • Durante el siglo XIX el puerto de Málaga era el segundo más comercial de España, sólo superado por el de Barcelona. La paralización de las obras de ampliación de la zona coincidió con el auge de la exportación de vinos de los montes y frutos secos, así como al establecimiento de nuevas industrias, como la ferrería de Heredia o la Industria Malagueña. Así era la actividad en el puerto malagueño

A lo largo del siglo XIX, la capacidad del puerto de Málaga demostró ser insuficiente en relación con el aumento del comercio marítimo de la ciudad. Desde 1833 hasta 1876 puede decirse que no se hicieron obras en la zona portuaria por falta de recursos económicos. A lo más que se atendía era a dragar el puerto al objeto de conservar el calado necesario para que las barcazas pudiesen desembarcar las mercancías en el Muelle Nuevo.

La situación llegó a tal extremo que la Junta de Comercio pidió permiso para construir un nuevo tinglado en el Muelle Nuevo, ya que los pequeños que había estaban inservibles. Los doce mil pesos que costó este tinglado, inaugurado en 1847, fueron pagados por acciones suscritas por los comerciantes, quienes se reembolsaron los gastos con las tarifas de almacenaje.

Por otro lado, la paralización de las obras de ampliación del puerto coincidió con un momento en que Málaga tuvo un auge comercial extraordinario, debido principalmente al aumento de la exportación de vinos de los montes y frutos secos, así como al establecimiento de nuevas industrias, como la ferrería de Heredia o la Industria Malagueña. Este comercio atrajo a multitud de entidades comerciales extranjeras que se estable¬cieron en la ciudad para la exportación de vinos y frutos; la flota mercante de don Manuel Agustín Heredia llegó a ser de las primeras compañías navieras del país.

Al coincidir este auge comercial con el estancamiento de las obras del puerto, se generó un malestar que culminaría en una protesta formal por parte de la Junta de Comercio ante el abandono del puerto y los per¬juicios que el aterramiento creaba al tráfico marítimo.

Dique de Poniente

Estos aterramientos provenían, casi exclusivamente, de los temporales del sureste, ya que las corrientes litorales y las arenas del Guadalmedina tenían una importancia menor. Por tanto, para corregir los aterra¬mientos era imprescindible prolongar el dique de Levante hasta una profundidad que impidiese el depósito de arenas. También se creyó conveniente instalar un dique de Poniente que contuviera las arenas del Guadalmedina; estas arenas no llegaban a las dársenas del Muelle Nuevo, pero se depositaban en las playas de Pescadería, donde se unían a las transportadas por los temporales de Levante. Al estar estos depósitos conteni¬dos entre el muro del Muelle Nuevo y el de la Batería de San Gabriel habían formado rápidamente el relleno a partir de la Puerta del Mar, dando lugar a los terrenos en los que se había construido el Paseo de la Alameda.

En vísperas de la definitiva ampliación del puerto, que tuvo lugar entre 1876 y 1898, la situación de los muelles era lamentable. Todo el tráfico se hacía en noventa y seis metros del Muelle Nuevo, pues el resto de este muelle no podía utilizarse por su propio calado; tampoco podía utilizarse el dique de Levante por tener muy poca anchura. Aún así, en la zona del muelle habilitada para el comercio el calado máximo que podía con¬seguirse era sólo de dos metros, por lo que todo el tráfico se hacía con barcazas. Las únicas instalaciones que existían en el puerto estaban en este muelle y eran cuatro grúas y el tinglado que, como vimos, había sido sufra¬gado por los comerciantes malagueños.

A pesar de estas dificultades, el tráfico portuario fue en 1876 de 79.044.593 pesetas, lo que colocaba al puerto de Málaga en el segundo lugar de los de España, sólo superado por el de Barcelona.

Cuando terminaron las obras del puerto, la situación había cambiado por completo. El nuevo puerto no contaba sólo con amplias y modernas instalaciones, sino que dejaba libre una gran franja de terreno ganado al mar. La idea era vender los solares de este terreno para sufragar los gastos de construcción del puerto, pero para entonces la economía malagueña estaba en plena crisis y no era fácil encontrar compradores. Don Antonio Cánovas del Castillo resolvió la situación prorrogando la subvención concedida por el gobierno para la cons-trucción del puerto; como contrapartida, exigía la cesión de los terrenos ganados al mar adosados al Muelle de Guadiaro, terrenos en los que se habría de instalar el futuro Parque de Málaga.

El ambiente de los muelles malagueños a finales del ochocientos era muy abigarrado y colorista, pues a las reducidas dimensiones del espacio habilitado para el tráfico comercial había que añadir un variopinto censo de personajes que pululaban por la zona. Uno de los más significativos era el porteador o transportista.

El transporte rodado de mercancías tenía su sede principal en la explanada del Muelle. Martínez Barrionuevo, en El Patfre Eterno, enumera los ruidos del amanecer en esta zona: El rodar de los carros, el galo¬pe de las bestias, el crujir de la tralla y los gritos de los carreros. Y se detiene en la descripción de los trans¬portistas a la espera de algún porte: "Estaban allí los conductores, sentados en las traseras de los lechos, abierta la blusa con adornos de trencilla y cerrada por abajo con un nudo en los picos; las piernas colgando, los pies cubiertos de alpargatas, sucio el calcetín de hilo de tres cabos, averiado el sombrerete y el látigo colgandero".

Una actividad directamente relacionada con el comercio en el puerto de Málaga era la tradicional ven¬deja. La temporada de recolección de frutos y su embarque recibía el nombre de vendeja y duraba desde mediados de agosto hasta muy entrado el mes de noviembre. Durante este tiempo aumentaba extraordinaria¬mente el tráfico en la ciudad: Entrada diaria de carretas, caballerías y carros cargados de los frutos, ir y venir de vehículos que portaban estos frutos ya convenientemente envasados para ser descargados en el Muelle Nuevo y conducidos, desde allí, a los barcos que esperaban en el puerto.

A lo largo de la temporada de ven¬deja se desarrollaba el trabajo de las fae¬neras. Estas mujeres tenían un trabajo eventual que dependía de las faenas agrí¬colas, pues su labor, o faena, era un com¬plemento de las mismas. Lo mismo empa¬pelaban limones que trituraban almendras o ponían lechos de pasas. Esta última labor era la más característica y en la que mejor demostraban su habilidad: Encajillos de papel blanco ornaban los ángulos del cajoncito, y en el fondo de éste colocaban el fruto simétricamente, formando hileras casi perfectas.

La importancia de la vendeja para la actividad de las faeneras era esencial, pues el resto del año tenían que colocarse como criadas o en las fábricas de hilados o de cerillas. Estas mujeres solían trabajar en medio de un calor sofocante, por lo que iban ligeras de ropa; tenían cierta fama de orgullosas y camorristas, como las ciga¬rreras de Sevilla.

El lugar conocido como Pescadería, la lonja de Málaga, se encontraba situado tradicionalmente en las playas cercanas al puerto. Cuando en 1888 la Compañía de los Ferrocarriles Andaluces pretende desalojar a los pescadores de la playa que ocupan cerca del recinto portuario, se producen numerosas protestas. Sin embargo, en agosto de ese mismo año las playas son desalojadas; la acción se lleva a cabo tras numerosos incidentes con la gente del lugar, como el intento de desalojar de su caseta a un paralítico, que casi provoca un motín.

En este emplazamiento tradicional se confundían hombres, barcos, mujeres, chiquillos y artefactos de la pesquería: Tinas de agua hedionda, grandes cajones de sal y mujeres que la cogían para echarla en los capa¬chos de palma, llenos hasta la boca de boquerones, sardinas, merluza y otros peces. Junto a los capachos de la salazón se organizaba la "gran cenachería" de los pescadores callejeros, cada uno de los cuales arreglaba su mercancía para pasearla por la ciudad.

Las mujeres de Pescadería eran compañeras de los pescadores o de los cenacheros, ayudaban a estos últi¬mos en su labor y prácticamente vivían en las playas. Su aspecto era descuidado: Ropaje tosco, cerca de los jirones; un arrugado pañolillo que les cubría el busto; caras como el carbón de negras y legañosos los ojos, el pelo en maraña.

Se distingue a la derecha tras la pequeña grúa la minúscula capilla del Muelle Viejo, construida en el siglo XVII y destianada al culto de los marineros. Detrás de ella, se alza la Plaza de Toros, mientras la hilera de casas de la Coracha compone con el conjunto de Alcazaba y Gibralfaro una pinza / (Garzón, h. 1890-900)

A finales de siglo, se organizó en el puerto un nuevo espacio para Pescadería, lugar que llegará a ser conocido como La Muñeca y que estaba formado por edificios de madera casi todos y pintarrajeados de los más vivos colores. Arturo Reyes describe las actividades cotidianas del nuevo lugar, con mozos que llenaban los serones de pescado, colocado entre verdes hojas de palma, o bien bañaban en tinte de pino las larguísimas redes; mientras tanto, los pescadores más viejos y menos ágiles hacían las mallas; por su parte, los cenacheros se agrupaban alrededor de los grandes depósitos de madera rebosante de sardinas para hacer postura (pujar) en la subasta de pescado.

El charrán es un mozo de catorce a veinte años al que podría clasificarse como un pilluelo de las playas de Málaga. Además, el charrán está muy vinculado al ambiente de Pescadería y de los muelles de Málaga. En estas playas, el charrán anda "en traje de Adán desde que nace hasta que conoce la necesidad de la hoja de parra".

Una de las actividades del charrán consiste en arrojarse desnudo a las aguas del puerto para recoger del fondo del mar el redoso de los muelles, los pedazos de carbón y otros efectos que caen de las cargadas barcas de transporte; con posterioridad, vende estos productos de contrabando. El protagonista de El Padre Eterno, de Martínez Barrionuevo, es un charrán que vive entre las barcazas del puerto y los escalones de las casas de la Alameda; se dedica a recoger carbón de los muelles y también roba pescado; precisamente el robo de un baca¬lao le enfrenta a otro compinche y, tras una reyerta, es encarcelado.

La explanada del muelle es el teatro ordinario de las hazañas de estos mozalbetes. En este lugar sacan su porcentaje sobre las variadas mercancías que se desembarcan del mar: Por ejemplo, un bacalao que introducen diestramente bajo la camisa, una enorme cebolla, un melón, o algunas batatas.

El ambiente de los muelles, entre marineros, trabajadores del puerto y gente de pescadería, facilita tam¬bién la existencia de garitos dedicados al juego. En algunas ocasiones, el tahúr se sitúa incluso en la misma playa o bajo los árboles del paseo, rodeado por marinos, soldados y numerosos charranes. Y a menudo se acer¬ca al lugar un hombre robusto y bien empatillado (con patillas), vestido con pantalón corto, faja marrón y la chaqueta al hombro: Es el baratero, que viene a cobrar el barato, es decir, a exigir a los jugadores un peque¬ño tributo. El baratero aporta su propia baraja de cartas como contraprestación al impuesto exigido. La misión de estos barateros consiste en hacerse visibles de pronto en tal o cual casa de juego, interrumpir la partida e imponerse "por su renombre de valiente y de mala sangre"; cobrar un impuesto a los que juegan, porque sí, por¬que no hay otro recurso. Y si alguno no se ajusta a este yugo ominoso de un hombre sobre todos los demás, interviene sin remedio "la vara de la justicia del matón, que es su largo y reluciente cuchillo".

Como en todas las zonas donde abundan los trabajadores, en la zona de los muelles no pueden faltar las tabernas. La imagen más representativa del tiempo libre de la gente del pueblo la ofrece el espacio de la taberna. En 1877 una revista malagueña, La Luz, denuncia que en muchas tabernas se expende "veneno en vez de vino y lava en vez de aguardiente", a la vez que se hace eco del infinito número de tabernas con que cuenta la población. Y Ramón Urbano llega a afirmar en uno de sus relatos que el número de tabernas de la ciudad ronda las cinco mil.

La vida en la taberna

Las tabernas están sometidas a una serie de normas, pero resulta evidente que no se cumplen a rajatabla. Así, por ejemplo, deben cerrar a las once de la noche desde el uno de mayo hasta el treinta de septiembre y a las diez de la noche desde el uno de octu¬bre hasta el treinta de abril. En todos estos locales está prohibido que, una vez cerrados, haya en ellos persona alguna que no sea de la casa, así como la expedición de vinos y licores por las ventanillas. En las tabernas debe haber la suficiente luz desde el anoche¬cer hasta que se cierren, cuidando sus dueños que no se promuevan escándalos, y no permitiéndose juego de ninguna clase. Todo ello bajo pena de multa de cinco a cin¬cuenta pesetas. Aunque las ordenanzas municipales recogen una y otra vez estas nor¬mas, el grado de cumplimiento deja mucho que desear.

El papel social de la taberna es difícil de evaluar, ya que los prejuicios son fre¬cuentes. Algunos autores, defensores del orden social y moral, consideran la taberna como el antro donde se fraguan todas las conspiraciones; los militantes obreros la con¬ciben como un lugar de alienación donde los trabajadores derrochan sus energías. Pero todos se ponen de acuerdo al reconocer la muchedumbre que las ocupa los fines de semana y el vacío de los días de trabajo, lo que nos indica claramente la procedencia social de sus clientes.

Una taberna malagueña del ochocientos puede responder al modelo descrito por Arturo Reyes en Cielo azul: Los propietarios son un matrimonio de mediana edad; el hombre sirve en la barra mientras la mujer condimenta y sazona los platos. Una puerta, situa¬da entre dos grandes carteles anunciadores de taurómacas lides, pone en comunicación el establecimiento con las habitaciones interiores; dos hileras de renegridas cuarterolas flanquean el amplio local, cuyo centro aparece invadido por una docena de mesas y tres o cuatro de sillas. En los espacios que dejan libre los anaqueles, bien repletos de botellas reservadas a los bebedores de más alta jerarquía, se ven algunos anuncios.

A la taberna se va, por tanto, a beber y charlar con los amigos, a jugar una partida de cartas, descansar de las fatigas del trabajo, o huir de las estrecheces y miseria de la vida familiar. Además de beber en la taberna, también se puede comer y, a menudo, el cante penetra también en la taberna. La discusión política no llega a encen¬derse tanto como en los cafés, salvo en circunstancias excepcionales. La taberna es, por tanto, un espacio de transgresión; cuando la vio¬lencia verbal se desborda, la riña suele trasladarse a la calle.

Los Fornos de finales de siglo

Algunas tabernas son frecuentadas por mujeres que practican una prostitución encubierta. Este aspecto nos lleva al polémico asunto de los Fornos en la Málaga de los años ochenta. Los llamados fornos eran tabernuchas donde, por lo regular, una mujer de más o menos influencias, se establecía. El negocio era, sin duda, productivo, pues se comerciaba a un mismo tiempo con Baco y con Venus: "Venus atrae. Baco trastorna. Y el atraído y el trastornado se deja allí el dinero que lleva". Los fornos constaban habitualmente de un portalillo con gabinetes reservados, un aparador con varias botellas, llenas de vino, un mostrador tras el que figura la dueña o encargada y varias jóvenes "que no deben tener mucho que despachar, porque casi siempre están a la puerta".

En definitiva, a lo largo del proceso de relleno y ampliación del puerto, la explanada del muelle y su entorno se convierte en un crisol de actividades diversas, productivas algunas, delictivas otras. Estibadores, transportistas, marinos, faeneras, charranes, barateros, taberneros y pescadores configuran la variopinta fauna de un lugar, el muelle, que recoge fielmente el pulso de la ciudad.